Sé lo que pasaría en tal caso; echaríamos á correr, muertos de miedo. Pero aun contando con el obstáculo que nos defiende, empezamos á encontrar un poco largo este mutuo cruzamiento de miradas.
Permanecemos solos en medio del camino, sin saber dónde están los otros automóviles que hacen el mismo viaje. El silencio de la selva nos envuelve en su calma profunda, repleta de latidos misteriosos. Nos vemos entre altas murallas de vegetación que sólo dejan filtrar redondeles de sol. A los perfumes pimentosos de la flora tropical ha sucedido un hedor de fiera. En el mismo plano que nosotros hay varios tigres. Unos son cachorros. Los demás, que pueden llamarse adolescentes, vienen con la insolencia ávida de la juventud á engañar sus uñas en el enrejado. Y encima el padre, el terrible patriarca, que debe haber comido hombre muchas veces, y nos contempla con un silencio peor que los rugidos, como si estuviese tramando algo detrás de su aparente calma. ¡Vámonos! No hay por qué seguir aquí.
Debe pensar lo mismo el chófer, y por esto pone su máquina en movimiento al mismo tiempo que le doy la orden.
A partir de aquí, nuestro camino empieza á ascender con rapidez. Es un continuo zigzag que escala las montañas, y muchas veces resulta invisible algunos metros más allá á causa de las apretadas filas de árboles que orlan sus flancos. Pasamos entre magnolieros y palmeras empavesadas con penachos rojos y amarillos. Vemos los árboles que producen el mango y la papaya, admirables frutas tropicales. Continuamos subiendo. El aire es más fresco, y flotan ahora en sus vivas ondas olores de musgo y de pequeñas flores de montaña: un perfume igual al de las cumbres de los Alpes.
Corre el agua bajo bóvedas de lianas. En los recovecos de los barrancos se aglomeran árboles gigantes disputándose el suelo y el aire. Los banianos multiplicadores alinean las columnatas de sus troncos, como edificios ruinosos invadidos en su parte alta por vegetaciones parásitas, y al amparo de ellos ondean los helechos sus plumas temblonas de jugoso verde. Hay árboles de ébano, y las orquídeas asoman sus colores entre las hojas como pájaros inmóviles.
Un entrecruzamiento de lianas y ramajes sólo deja visible el camino á corta distancia. De pronto una sucesión de árboles derribados abre espacios libres, radiantes de luz solar. Luego se restablece la penumbra verdosa, impregnada de olor de pimienta y otros perfumes calientes.
Los montañeses de Ceilán emplean el elefante para sus trabajos agrícolas. Lo vemos ir y venir por algunos campos talados en la selva, llevando sobre su testuz un hombre de carnes cobrizas y calzoncillo blanco, que guía sus movimientos. Unas cadenas penden de sus flancos, y á ellas se engancha el arado, que dirige otro indígena igualmente semidesnudo.
Encontramos hermosos mocetones de cabeza rapada, que no tienen el aspecto afeminado de los cingaleses de Colombo. Rezuma agua la montaña por todas sus oquedades. Las rocas parecen temblar á causa del chorreo sutil y claro que barniza incesantemente sus aristas y superficies. Algunos de estos montañeses se bañan junto al camino, hundiendo sus cubos en las fuentes y echándose el líquido por la cabeza. Las señoras que ocupan los automóviles vuelven su cara á otro lado y fingen distracción cuando, al pasar un recodo del camino, tropiezan sus ojos con la desnudez integral de estos Adanes.
Nuestro carruaje tiene que cortar su marcha bruscamente para no estrellarse contra varios elefantes que, terminada su labor, vuelven al establo. Son animales de color pizarra, con rojizas costras de suciedad; bestias de trabajo, con los colmillos cortados, sin el aspecto inteligente de sus congéneres que viven en las ciudades. Al pasar junto á nosotros me fijo en sus orejas, abiertas como abanicos, cuyo interior es de rosa pálido veteado por redes de venas negras.
Nos detenemos en plena subida, junto á la cabaña de un mocetón que debe ser musulmán. No quiere acercarse á su vivienda; nos habla de lejos, á causa de su desnudez. Está junto al tazón rocoso de una fuente, y sus carnes brillan como rojizo cristal debido á los continuos chaparrones que se echa por la cabeza. Dos niños nos ofrecen cocos recién arrancados de la plantación de su choza, y los agujerean con rápida habilidad para que bebamos como refresco el líquido frío y azucarado de su interior.