En lo más alto del camino, un elefante asustadizo nos pone en peligro de morir. Todas las bestias de su especie que hemos encontrado estaban habituadas al automóvil, y pasaron junto á nosotros con cierta alarma, pero sin alterar su marcha, obedeciendo al cornac montado en su testuz. De un campo recién arado sale un elefante, que parece joven y menos dócil que los otros. Lleva su conductor sobre la cabeza y le van siguiendo varios labriegos bronceados, con un harapo blanco en las vergüenzas. Como el automóvil tiene que vencer la última parte de una áspera cuesta, jadea angustiosamente, y su ruido asusta al animal. El terror le hace darse vuelta para ocultar su cara, y nos presenta la grupa, reculando sobre nosotros, que estamos al borde de un precipicio.
Yergue su trompa, dando resoplidos de miedo, y al mismo tiempo la emoción le hace levantar la cola, bufando igualmente por debajo de ella. Al peligro de vernos despeñados por su retroceso se une algo cómico y repugnante. Su emoción gaseosa ha pasado á ser sólida, y como su grupa está casi encima de nosotros, tenemos que echarnos al otro lado del vehículo y poner un codo ante la cara, precaviéndonos así de la lluvia con que nos amenaza su terror. Al fin, los gritos de su cornac y los esfuerzos de los otros cingaleses, que se agarran á su trompa y acarician sus patas, consiguen que se decida á pasar lentamente junto al automóvil, continuando su marcha cuesta abajo.
Este animal, que ayuda al cingalés en sus labores, fué su mejor arma de guerra en otro tiempo, antes de que llegasen los portugueses con sus arcabuces. Los reyes de la isla se consideraban poderosos según el número de elefantes, con torres y flecheros, que podían agregar á sus tropas. El primer gobernador portugués de Colombo tuvo que hacer frente á una confederación de monarcas del país, que le atacaron con numerosa tropa de elefantes. Dejó aproximarse el hábil capitán su fila arrolladora, y cuando los tuvo cerca, hizo que los lusitanos disparasen á un tiempo sus armas de fuego, lo que bastó para que se desbandasen, atropellando á las huestes cingalesas que marchaban detrás.
Su miedo al ruido los hizo finalmente inutilizables para la guerra. En las batallas entre príncipes de la India, los guerreros del país acabaron por descubrir que el gruñido del cerdo no puede soportarlo con tranquilidad el elefante, y cuando un monarca hacía avanzar, como si fuese su artillería gruesa, las varias filas de estos animales, llevando el testuz acorazado de bronce y dos enormes cuchillas atadas á sus colmillos, los contrarios lanzaban á su encuentro una piara de cerdos embadurnados de azufre, luego de prenderles fuego, y sus chillidos desesperados bastaban para desordenar á los temibles paquidermos.
Antes de Kandy echamos pie á tierra para pasear por las calles de árboles que forman el Jardín Botánico de Peradenya. Todos describen á Ceilán como una selva que surge del mar, siendo tan densa su vegetación que no deja ver el suelo; pero no obstante la riqueza general de esta flora, los jardines de Peradenya resultan algo aparte, por su exuberancia y su belleza. Se entra en ellos por una avenida de árboles de caucho que ascienden á más de treinta metros. Numerosos colibrís y otros pájaros-joyas aletean en torno á las innumerables variedades de la arborescencia tropical. Los macizos de bambúes llegan á inauditas alturas, y tal es el grueso de estas cañas, que en otro país serían consideradas como árboles respetables. El Dendro-calamus, árbol de la isla, alcanza á 40 metros, y los que lo han estudiado afirman que en cierta época del año llega á crecer 90 centímetros en veinticuatro horas.
Llegamos á Kandy, viendo inmediatamente la laguna que existe en el centro de la ciudad y tanto admiran los habitantes de Colombo cuando viven aquí en verano. Un paseo orla sus orillas, y á través de las aguas algo amarillentas vemos pasar, como una procesión de sombras chinescas, grandes bandadas de peces. Más de una vez, á las siluetas ovales y de inquieto coleo se unen largas cintas que flotan como algas. Son culebras acuáticas, que llegan á un desarrollo extraordinario. En la India, el reptil es tan inevitable en la tierra y en el agua como el cuervo en el aire.
Deseamos visitar en seguida el famoso Dalada Maligawa, ó sea el templo del Diente de Buda. Este monasterio tiene más pinturas que esculturas, lo que resulta poco frecuente en los monumentos budistas. Debieron existir en Kandy familias de pintores dedicados al arte religioso, que interpretaron las concepciones sobradamente materiales del budismo en decadencia, con su cielo, su infierno, sus milagros y sus reglas supersticiosas, tan alejado todo ello de las primitivas y elevadas doctrinas del fundador. En uno de los claustros enseñan los bonzos una sucesión de frescos tremebundos representando los múltiples castigos de los pecadores en el infierno. Estas pinturas ingenuas nos hacen recordar las del Camposanto de Pisa, con la diferencia enorme que existe entre la obra de arte y los balbuceos de una concepción tosca y confusa. Pero en ambas se encuentra la misma emoción religiosa, igual deseo de expresar el más allá de la muerte.
Dentro de un arca que tiene forma de pagoda guardan los bonzos el famoso diente de Buda. En realidad, para llegar hasta él hay que abrir seis arquillas más existentes en su interior, y es en la última donde está el diente, erguido sobre un ramillete de oro.
Cuando el Buda murió en Benarés y su cadáver fué quemado, uno de sus discípulos recogió el diente entre las cenizas, llevándoselo al rey de su país. Son incalculables las aventuras por que pasó esta reliquia extraordinaria y las guerras á que dió motivo. El título de «extraordinaria» no puede ser más exacto, ya que el tal diente tiene una longitud de dos pulgadas y es algo curvo, como un colmillo de caimán. A juzgar por él, Buda debió ser hombre de cuatro ó cinco metros de estatura... Pero conviene olvidar la lógica cuando se trata de asuntos de fe.
Por odio al budismo, los brahmanistas se apoderaron de la reliquia, colocándola sobre un yunque para hacerla polvo. Pero al primer martillazo, en vez de romperse se hundió en el yunque, y sólo años después, cuando lo juzgó oportuno, saltó fuera de su encierro de metal. Una princesa llevó el diente á Ceilán oculto en su cabellera, y desde entonces es considerada la isla como uno de los lugares santos del budismo.