De tarde en tarde, los bonzos del monasterio de Kandy anuncian que el santo diente va á ser expuesto á los fieles, y con tal motivo llegan peregrinaciones de toda la isla y hasta de los países del Extremo Oriente fieles al budismo.

En esta festividad, los elefantes desempeñan un papel tan importante como los sacerdotes. Dos filas de dichos animales, cubiertos con gualdrapas de terciopelo rojo, una máscara de plata hasta la mitad de la trompa y un templete de cúpula dorada sobre los lomos, se extienden ante la puerta del monasterio.

Un elefante designado por los sacerdotes, el más precioso á causa de su color blanco, es el que goza el honor de llevar á cuestas la envoltura de la sagrada reliquia. De las diversas cajas que la defienden sólo quedan tres, y éstas son colocadas en el templete del elefante sagrado.

Cuando aparece éste, las dos filas de paquidermos doblan sus patas delanteras y el majestuoso portador del diente pasa ante sus compañeros arrodillados. Luego los elefantes se levantan para unirse á la procesión, y ésta se dirige á las afueras de Kandy, donde se ha elevado como templo provisional una tienda de campaña de más de ochenta metros cuadrados. Allí se abren las tres últimas arquillas y se expone sobre un altar el ramillete de oro con la reliquia de Buda. Las fiestas duran varios días y el santo recuerdo vuelve otra vez á su encierro, para no resurgir en mucho tiempo.

Antes de la dominación europea, dicha ceremonia se celebraba todos los años, siendo un motivo de gloria y de riqueza para Kandy. Ahora es menos frecuente, y los cingaleses que han pasado por la escuela inglesa y leen los periódicos del país hasta empiezan á dudar un poco de la autenticidad de este hueso.

Parece indiscutible que el primer diente de Buda fué destruido por los portugueses. El arzobispo de Goa no podía dormir tranquilo pensando que en Ceilán, posesión lusitana, los habitantes rendían honores divinos á una reliquia no católica. Esto ocurrió en el siglo XVI, cuando la Inquisición era más poderosa, así en Portugal como en España.

El diente de Buda fué arrebatado á viva fuerza por los soldados portugueses, obedeciendo las órdenes del mencionado arzobispo, á pesar de las súplicas y llantos de la muchedumbre. Luego lo quemaron en la plaza pública y lo machacaron á martillazos, aventando su polvo.

En aquellos tiempos, portugueses y españoles colonizaban así. Fué defecto de la época más que de los pueblos, pues las otras naciones de entonces no procedían con un espíritu de mayor libertad.

La existencia actual del diente de Buda y la continuación de su culto demuestran la poca eficacia de las medidas violentas en asuntos de fe. Cuando los portugueses fueron expulsados de Ceilán, un rey cingalés devolvió á Kandy el diente sagrado. Abundan las explicaciones de dicha restitución. Unos afirman que antes de la llegada de los comisarios del arzobispo habían ocultado el diente los bonzos, colocando en su lugar otro falso. Ciertos sacerdotes maliciosos insinúan que los nababs del país sobornaron al gobernador con una suma enorme para que fingiese la destrucción de la reliquia.

Una mayoría de cingaleses devotos ríen del arzobispo portugués como de un vencido, y repiten que el diente de Buda nunca pudo ser quemado, nunca pudo ser roto, á pesar de los esfuerzos de los inquisidores.