Se salvó milagrosamente, lo mismo que cuando se mantuvo oculto en el yunque, burlándose de los bracmanes, y así continuará existiendo por los siglos de los siglos en su monasterio de Kandy.
Los ingleses se marcharán algún día de la isla, como se marcharon los portugueses y los holandeses; y mientras tanto, la reliquia seguirá inmóvil y adorada dentro de sus siete pagoditas de oro superpuestas.
VI
LA OPULENTA BOMBAY
Los portugueses en la costa de Malabar.—Alburquerque y sus grandiosos proyectos.—Cómo los tesoros de la India entristecieron durante un siglo á los reyes de España, dueños de América.—La vieja ciudad de Goa y el cuerpo de San Francisco Javier.—Modo de hacer dinero usado por el gobernador de Goa.—Bombay vendido á los ingleses por diez libras al año, que nunca fueron pagadas.—Las castas de Bombay.—Los mercaderes opulentos de sus bazares.—El gran «krac» del algodón.—Las epidemias.—El «Mercado de los ladrones».—Mujeres en jaulas y mahometanas que se afeitan.—Un cónsul que acaba por ceder su casa á una inquilina más antigua instalada en el jardín.
Navegamos por el mar de Ornar, ante las costas occidentales de la India, que hace cuatro siglos sirvieron de escenario á una de las empresas más audaces de la historia humana. Aquí desarrolló el pueblo portugués su epopeya, cantada luego por Camoens en versos inmortales, gesta ultramarina que únicamente puede compararse con los descubrimientos y hazañas de los españoles en las Indias Occidentales.
Vemos en el horizonte montañas esfumadas que parecen neblinas, y estas alturas evocan en nuestra memoria los lugares más célebres de la conquista portuguesa. Pasamos ante Calicut, la metrópoli de la costa llamada de Malabar, primer país indo descubierto por Vasco de Gama.
Los navegantes y soldados de Portugal tuvieron que luchar con pueblos de vieja civilización. Algunos de los reyes indostánicos poseían marina fuerte y ejércitos disciplinados. Además, los mareantes árabes, temiendo perder sus mercados en la India con la llegada de los portugueses, prestaron valiosa ayuda á los soberanos del país. Y sin embargo, salieron vencedores aquéllos de los más desiguales combates, acabando por sojuzgar una gran parte de la península indostánica. Sus galeones se batieron solos muchas veces contra toda una flota de buques indos y árabes; sus reducidas tropas de desembarco hicieron frente á ejércitos de majestad teatral, con lorigas doradas y cascos incrustados de piedras preciosas. Vencieron á rajás que iban á la guerra con aparato de dioses, lanzando sobre el invasor jaurías de tigres desencadenados, manadas arrolladoras de elefantes.
Esta epopeya lusitana tuvo un héroe, el famoso Alburquerque, grande por sus condiciones de capitán y por las virtudes de su carácter. En nuestra historia, únicamente Hernán Cortés puede ser comparado con él. Su mirada certera supo desentrañar el porvenir con tres siglos de anticipación. Se apoderó de Malaca, adivinando en ella la puerta del Extremo Oriente, presintiendo la importancia del actual Singapore.
Tuvo en sus proyectos la audacia desconcertante del genio. Los soldanes de Egipto, monopolizadores del tráfico por tierra con la India, se irritaron al ver que los portugueses, siguiendo el contorno del continente africano, habían encontrado una nueva ruta para ir en busca de la especiería asiática. Por esto apoyaron á los príncipes indos en su resistencia, enviando flotas contra los lusitanos.
Alburquerque las desbarató, entrando después con sus naves en el mar Rojo, que era entonces un camino sin salida, para hacer la guerra á los soldanes en sus propios dominios. Ningún caudillo célebre, desde Alejandro á Napoleón, ha osado imaginar un proyecto como el de Alburquerque. Quiso desembarcar en la costa del Sudán, y avanzando hasta donde existe ahora Kartum, torcer, de acuerdo con el emperador de Abisinia, la corriente del Nilo, para que se perdiese en el mar Rojo. Este intento, horriblemente audaz, pensado después por otros guerreros, representaba la muerte instantánea del Egipto, la sequía absoluta, el aniquilamiento de un país que sólo vive de las dos fajas de aluvión que el río bienhechor refresca con sus sangrías. Su segundo propósito era hacer un desembarco en la orilla opuesta del mar Rojo, frente á la Meca y Medina, incendiar las dos ciudades santas, destruir la famosa Caaba y llevarse el cadáver de Mahoma para pasearlo por Europa, con lo cual infligiría un tremendo golpe al fanatismo musulmán, tan temible en aquellos tiempos.