Vencido Alburquerque por los años y por la ingratitud de su rey, no pudo ejecutar estos magnos proyectos; pero aún tuvo Portugal en sus posesiones de la India otros capitanes gloriosos. A semejanza de los de la conquista española en América, parecen secundarios estos caudillos si se les compara con sus mayores, pero de haber actuado solos en otro país, su historia resultaría inaudita.
Los tesoros indostánicos fueron durante medio siglo un motivo de tristeza y celos para los reyes de España. Fondeaban en el río de Lisboa las naves llegadas de la India, con cargamentos de perlas, oro, marfil, sederías, especias, todo el esplendor de Oriente, tal como lo describían los libros santos al hablar de las flotas legendarias del rey Salomón. Aún no habían empezado las llamadas Indias Occidentales á dar el producto de sus minas. El oro de Méjico y el Perú se mantenía oculto en el misterio de la tierra, y los conquistadores españoles no habían encontrado otras riquezas que las del botín guerrero al apoderarse de los Imperios de aztecas é incas. Fué casi un siglo después cuando empezó normalmente la exportación de la minería americana. Durante el período de mayor florecimiento de Portugal, cuando toda flota llegada al Tajo parecía venir de un país fabuloso, España, poseedora de la mayor parte de América, sólo recibía magros productos de sus conquistas, despojándose en cambio de lo mejor de su raza para enviarlo al otro lado del mar.
No echó Portugal en la India las profundas raíces que España en América. Un siglo después de la gran conquista asiática, se vió arrebatar por los holandeses lo más rico de su dominio indostánico. Hoy, de todo el vasto Imperio descubierto por Vasco de Gama y dominado por Alburquerque y Almeida, sólo conserva la ciudad de Goa y dos pueblos costeros de vida lánguida.
Pasamos ante Goa, metrópoli católica, que sólo data de cuatrocientos años y tiene un ambiente de antigüedad semejante al de las capitales indostánicas que cuentan docenas de siglos. Para los católicos de la India, insignificantes en número si se les compara con brahmanistas y mahometanos, pero que de todos modos ascienden á algunos millones, Goa es la ciudad santa, como Benarés lo es para induístas y budistas y Delhi para los musulmanes.
De su pasado esplendor sólo guarda la importancia religiosa. El arzobispo de Goa es el primado de toda Asia, y en torno á su vieja catedral vegeta un clero de tez obscura, canónigos, beneficiados, seminaristas. Todos los naturales de la ciudad son fervorosos católicos y esparcen su fe por la India.
El indígena de Goa resulta superior por su aspecto y sus costumbres á los otros indostánicos de clase popular. Recibe en las escuelas una educación ceremoniosa y extremadamente amable, que recuerda la cortesía de los antiguos hidalgos portugueses. Se acostumbra desde niño á llevar zapatos, viste á la europea, y es preferido en Bombay y otras ciudades para ocupar empleos inferiores en las oficinas públicas ó para mayordomo de casa rica. En todos los grandes hoteles de Bombay y en los comedores de los trenes, los domésticos más importantes son mestizos de Goa, que se titulan «portugueses» con cierta vanidad. Todos ellos, al preguntarles por su país, hablan de San Francisco Javier. El cuerpo del célebre misionero es apreciado como lo más importante de la ciudad. Muerto en una isla portuguesa de la bahía de Hong-Kong, lo trajeron á Goa, y ocupa una de las capillas de su catedral.
Este templo, de mediocre arquitectura, se enorgullece de poseer la tumba del andariego evangelizador. La costeó un gran duque de Toscana y es un monumento de más riqueza que buen gusto.
Viven en la costa occidental de la India casi todos los católicos indostánicos, dedicados los más á la pesca y la navegación de cabotaje. El apóstol Francisco Javier es el santo más adorado é implorado por ellos. Un portugués, antiguo vecino de Goa, me cuenta que hasta hace poco tiempo se valían de él los gobernadores de la colonia para salir de apuros monetarios. Cuando les eran precisos nuevos ingresos para la vida de la ciudad, anunciaban que el cuerpo del misionero español iba á ser expuesto á la adoración de los fieles, y esto bastaba para que miles y miles de indostánicos, católicos á su modo, acudiesen en peregrinación de diversas ciudades de la costa, reanimándose los negocios de la capital durante los meses que permanecía visible el santo cadáver.
Bombay también fué fundada por los portugueses. Era una factoría establecida al Sur de la llamada isla de Salsette. Al recobrar Portugal su independencia separándose de España, en tiempos de Felipe IV, necesitaron sus gobernantes buscar alianzas poderosas que les defendiesen de una posible reconquista de los españoles, y para conseguirlo se valieron del matrimonio, casando á doña Catalina de Braganza con Carlos II, rey de Inglaterra.
Uno de los bienes que la portuguesa llevó en dote fué la naciente colonia de Bombay. Su regio marido entregó la ciudad á la Compañía de las Indias con la obligación de pagar todos los años un censo de diez libras, cantidad insignificante, consignada únicamente para perpetuar los derechos de doña Catalina sobre la isla. Inútil es decir que los ingleses se quedaron para siempre con Bombay y ni una sola vez pagaron las diez libras.