En toda la India es la población de mayor actividad mercantil y riquezas más enormes. Sólo cuenta Bombay cien mil habitantes menos que Calcuta, lo que la da categoría de tercera población del Imperio británico, y su prosperidad resulta superior á la de la capital de Bengala. Dominan en ella el mercader y el rico. Los príncipes indos que gobiernan aparentemente las provincias del interior y los nababs de extensas propiedades gustan de Bombay y tienen en ella sus palacios. Cansados del lujo indostánico de sus viviendas solariegas, se hacen construir en esta ciudad edificios que son copias de los de Londres, y llenan sus salones de muebles costosos con tal abundancia, que parecen de un mercader de antigüedades. Esta decoración exuberante es sólo para que la admiren las visitas. Los propietarios, cuando nadie puede sorprenderles, viven en la parte más modesta y oculta de su lujoso edificio.
Son más numerosos en el vecindario de Bombay los brahmanistas que los musulmanes, quedando comprendidos en aquéllos todos los devotos de las numerosas y opuestas sectas del llamado induísmo, que reconocen el sistema de castas y la supremacía de los bracmanes.
A pesar de la influencia inglesa, persiste aquí, más que en el resto de la India, la división en castas. Los bracmanes se mantienen separados de sus compatriotas, y marchan solos, con majestuosa altivez, vestidos de blanco y tocados con pesado turbante. Su alimento es estrictamente vegetal, y consideran un oprobio el uso del tabaco y el alcohol. Los purbus, casta inmediatamente inferior, ocupan por su actividad y su honradez todos los empleos en las aduanas y las oficinas administrativas, así como en los Bancos y demás establecimientos comerciales. Se les reconoce por su turbante de un abultamiento exagerado. Algunos de ellos llegaron á posiciones muy elevadas, reuniendo fortunas cuantiosas. Uno fué miembro del Consejo de gobierno y tiene estatua en Bombay. La casta de los kayeths, ó sea de los escribanos, viene después. Son pequeños de cuerpo, débiles, con los rasgos fisonómicos muy finos, y gozan reputación de inteligentes, astutos y tramposos, igual á la de los leguleyos de Occidente. En Bombay han sido repelidos por los purbus, que ocupan ahora sus empleos cerca de los ingleses, pero fuera de la ciudad y en gran parte de la India siguen gozando enorme influencia sobre el populacho, por su conocimiento de las leyes y porque saben leer y escribir en varios idiomas.
Entre los indígenas que pueblan la isla de Salsette, los más influyentes son los mercaderes, procedentes en su mayoría de Guzarate. Unidos á todas horas por la solidaridad de sus intereses, forman una corporación omnipotente. Se encuentran entre ellos los especuladores de algodones y tejidos indostánicos, materias que han dado al comercio de Bombay enorme importancia.
Los bazares revelan en seguida su opulencia á un observador atento. Las tiendas, repletas de toda especie de géneros asiáticos, no son distintas de las que existen en otros bazares de Oriente. Sólo se nota en ellas mayor abundancia de géneros. Lo extraordinario de los bazares de Bombay se encuentra en ciertas calles que no tienen almacenes y más bien parecen galerías de un vasto café. Ante la puerta de todas sus casas hay un tabladillo cubierto de tapices, y sobre dicho estrado tres divanes con forros color de perla, siempre limpios. Gran número de mercaderes, obesos los más de ellos, con turbante y larga túnica, ó vestidos de blanco, á la europea, con guerrera de botones de oro y en la cabeza un gorrito negro, hablan, fuman, beben refrescos perfumados con flores, mientras otros circulan, de tertulia en tertulia, comunicando noticias.
Aquí está el alto comercio de Bombay, el mercado indígena, en perpetuo contacto con la Cité de Londres. Muchos de estos negociantes, que tienen su tabladillo en el bazar, como los mercaderes de los cuentos árabes, reciben saludos de profundo respeto cuando entran en los palacios góticos donde están las sucursales de los primeros Bancos de la tierra.
Bombay ha sufrido hondas crisis comerciales, lo mismo que las metrópolis de la América del Norte y del Sur, crecidas de convulsión en convulsión, arruinándose estrepitosamente, para ser más ricas años después.
Cuando los Estados Unidos se vieron amenazados de muerte á causa de la guerra civil entre las provincias del Norte y del Sur, quedó Europa sin uno de los elementos más necesarios para su vida industrial: el algodón. Comprendieron los indostánicos la importancia de este momento, dedicándose con enérgica actividad á producir un artículo tan necesario para el alimento de las manufacturas de Inglaterra, y el depósito de todos los algodones del país fué Bombay, creando tal monopolio en poco tiempo fortunas prodigiosas. Además, los indígenas, arrastrados por la locura de especulación que mostraban los blancos, desenterraron sus tesoros, guardados improductivamente durante siglos, y Bombay se mostró desbordante de dinero.
El algodón no fué al fin más que un pretexto para especulaciones quiméricas. Todos los días se fundaba una Sociedad por acciones con capitales extravagantes. Más de setenta Bancos fueron establecidos en pocos meses. Bombay se dedicó en masa á comprar y vender acciones, siendo éstas muchas veces simples pedazos de papel sin fundamento alguno en la realidad. Hasta las damas indostánicas y europeas, al pasear por la orilla del puerto, hablaban acaloradamente en sus carruajes de las fluctuaciones de la Bolsa. Domésticos y obreros llevaban sus ahorros á los especuladores para que los hiciesen prosperar.
Fué en los años 1864 y 1865 el período culminante de esta locura. Todos contaban con que la guerra de Secesión de los Estados Unidos duraría indefinidamente; y cuando el Norte dió fin á esta lucha venciendo al Sur, todos los Bancos nuevos de Bombay quebraron al mismo tiempo, siendo general la ruina. Desde entonces, la ciudad ha ido reponiéndose, llegando finalmente á ser la metrópoli comercial de la India gracias á procedimientos más sensatos y prudentes.