También es la ciudad de las grandes epidemias. ¿Quién no ha oído hablar de las mortandades que el cólera y la peste bubónica causaron en las muchedumbres de Bombay?... Los relatos de algunos viajeros estremecen, á pesar de su laconismo, cuando describen las noches de Bombay en plena epidemia, con un cielo rojo de aurora boreal. Este resplandor de sangre en el horizonte era el reflejo de numerosas hogueras que iban consumiendo los cadáveres de los apestados.

En el momento que lo visitamos no está amenazado por ninguna de estas calamidades, pero viendo los barrios donde vive el pueblo se adivina lo que puede ser aquí una epidemia.

Las calles más importantes, cercanas á la orilla del mar, tienen un aspecto monumental, superior al de Calcuta. Los Bancos han construído palacios á la americana ó imitando el gótico negruzco de Londres. Potentados indos y parsis legaron á la ciudad cuantiosas sumas para la construcción de escuelas y hospitales. En algunas plazas hay estatuas de benefactores públicos vestidos á lo indostánico.

Son visibles en este Bombay europeo la limpieza y el orden. Hasta causa extrañeza encontrar en sus amplias aceras gentes medio desnudas. También se ven mujeres indígenas, con manto rojo de virgen y pulseras de metal, subiendo ladrillos ó espuertas de yeso por los andamios de los edificios en construcción. Pero estos detalles, que recuerdan el carácter indo de la ciudad, parecen borrarse con la gran afluencia de gentes europeas ó vestidas á la europea que circulan por sus avenidas modernas.

Es en los barrios populares donde se nota, más que en Calcuta, el amontonamiento y el hervidero de la vida oriental. Tal vez se debe esto á que en Bombay son muchos los musulmanes, y con su individualidad violenta y sus costumbres más depravadas que las de los indos extreman la fisonomía asiática de la ciudad.

Hay un barrio de bazares sórdidos, con tiendecitas que ofrecen los más heteróclitos objetos, al que llaman «Mercado de los ladrones», por ser procedentes de robos las más de las cosas que se venden en él. En otros barrios de igual aspecto, los transeuntes habituales llevan oculto en la faja un puñal corvo, y abundan peleas y muertes.

Las musulmanas, con el rostro más tapado que en ninguna ciudad de Oriente, disimulan su cuerpo bajo tantas envolturas, que en vez de seres humanos parecen fardos de ropa marchando solos. La celosa pasión del indo mahometano ha impuesto sus exigencias á los cocheros de alquiler. Todos guardan en su carruaje una pieza de tela colorinesca, y cuando llevan damas mahometanas, á pesar de que éstas continúan ocultas bajo sus múltiples vestimentas y mantos, colocan dicha cortina entre el pescante y el borde de la capota, convirtiendo de este modo su vehículo en harén ambulativo.

Esta ciudad, con tantos palacios principescos, Bancos poderosos, bazares influyentes en los mercados del resto de la tierra, escuelas creadas por la munificencia privada y misiones sostenidas por las diversas agrupaciones del cristianismo, es al mismo tiempo un puerto de mar, el primero de la India, y contiene las barriadas viciosas de todos los grandes puertos, extremadas aquí por las singularidades de la vida oriental.

Visitamos de noche algunas calles únicamente frecuentadas por los que vienen de las provincias del interior y la marinería extranjera ó indostánica. Vemos casas de japonesas y chinas, con músicas discordantes y guirnaldas de farolillos. Entramos en varias salas de concierto, llenas de mujeres pintarrajeadas y con mesas de juego. Luego nos asomamos á un antro mal alumbrado, que es un burdel del país. Las mujeres viven en jaulas, en verdaderas jaulas de fiera, con gruesos barrotes y una cerradura, cuya llave recibe el cliente después de haber pagado al dueño del cubil. Tal encierro lo juzgan necesario para que las pobres indostánicas no huyan, volviendo á su país, de donde tal vez las trajeron con engaño. Dentro de la jaula sólo existe un tapiz deshilachado, y los acoplamientos se realizan sobre el duro suelo: una cópula de fieras, en armonía con los barrotes del jaulón.

Vemos en otras calles hembras musulmanas, pero con el rostro descubierto, lo que resulta inexplicable. Estas mujeres se muestran libremente en las puertas de sus casas, ó pasean ante ellas con movimientos exagerados de feminidad. Tienen la voz un poco ronca. A algunas de ellas se les nota á través del colorete de sus mejillas la sombra azulada de una barba algo fuerte. Al fin nos enteramos de que son hombres, jóvenes musulmanes vestidos de mujer, que sólo reciben la visita de sus correligionarios.