Considera el mahometismo indostánico pecado grave que los creyentes puedan tener hijos con mujeres que no sean de su religión y su tribu. Y para evitarlo, cuando vienen á Bombay para sus negocios, frecuentan estas calles, de las que nos alejamos nosotros con apresuramiento para no ver más.

También es Bombay, entre todas las ciudades indostánicas, la más abundante en encantadores de reptiles. Aquí se celebra la fiesta anual, ya descrita, en honor de Krisnah, el matador de la gran pitón, con el aparato de una gran solemnidad religiosa.

El viajero que llega de Europa, al desembarcar en Bombay encuentra al término de la escalinata de honor, construída para los virreyes, gran número de muchachos que le reciben enseñando con ambas manos toda su colección de najas cabezudas ó serpientes delgadas y verdes. Algunas veces las dejan en el suelo para que bajen de escalón en escalón al encuentro del recién llegado.

Mi amigo Laguardia, cónsul de España, que vive aquí varios años, me cuenta por qué tuvo que abandonar en los alrededores de Bombay una casa con hermoso jardín que había alquilado para los meses veraniegos. A los pocos días de estar en ella vió á uno de sus niños inmóvil en el jardín, mirando fijamente una especie de pequeño tronco erguido entre las flores. Era una cobra.

Agarró el cónsul á su hijo apresuradamente para meterlo en la casa, alarmado por tal compañía. Su servidumbre indígena no mostró la misma inquietud; antes bien, pareció extrañada de su asombro. Todos los domésticos de pies descalzos conocían á la naja como algo familiar, digno de respeto. Llevaba varios años viviendo en el jardín, como si fuese propiedad suya. Durante las noches invernales tal vez buscaba refugio en las habitaciones inferiores de la casa.

Como Laguardia les propuso que matasen á la serpiente, todos sonrieron con una expresión de lástima. La vida es sagrada, sea cual sea la forma que revista. Además, una naja tiene cierto prestigio divino. Por algo aparecen los dioses en las pinturas de los templos rodeados de ellas.

En vano aumentó mi amigo la futura recompensa. Ni por cincuenta rupias ni por mil puede un indostánico matar á una serpiente.

Buscó entonces á un musulmán, por ser todos ellos gentes de cuchillo, sin respeto á la vida ajena, sin miedo á la sangre: lo contrario de sus flojos compatriotas los brahmanistas. Pero el musulmán, al enterarse de lo que pretendían de él, movió la cabeza negativamente.

Teniéndose por hombre de coraje como el que más, no vacilaba en declarar su miedo. Las najas viven siempre en parejas, y si mataba á ésta estaba seguro de que su compañera le acecharía años y años hasta encontrar ocasión de vengarse, mordiéndole. Todos los hombres que él había conocido matadores de tales reptiles acababan por morir á su vez envenenados por uno de ellos. En vano le explicó mi amigo que esto no era extraordinario, pues quien repite una operación peligrosa termina por ser víctima de ella. Además, él le pedía que matase una naja, una nada más.

—No puedo—insistió el musulmán—. Si mato la que usted ha visto, la otra que no ha visto se vengará matándome á mí.