Otros parásitos tienen los hoteles de Calcuta: los cuervos. He dicho repetidas veces que este volátil es el eterno habitante de todos los cielos de Asia, pero en Calcuta se ve más protegido y respetado que en las otras ciudades del viejo mundo. Su crocitar estridente resuena en patios y tejados desde la aurora á la puesta del sol. Todos los cuartos del hotel tienen ventanas enormes. Más que ventanas son vidrieras iguales á las de un estudio de pintor, y ante su muro transparente pasan y repasan las sombras de centenares de alas negras imitando el jugueteo de una banda de palomas.
Al instalarse el viajero, lo primero que le advierten es que no deje sobre las mesas su reloj, su anillo, los gemelos de su camisa y otros objetos brillantes. Los cuervos penetran en las habitaciones, lo mismo que la población doméstica acampada en los pasillos, y se llevan en el pico ó las garras todas las cosas metálicas, indistintamente. El lector pensará que contra este peligro hay el simple remedio de tener cerrada la vidriera, pero ignora que los indostánicos desean evitar molestias á todo animal, hasta á los más pequeños, y para que el cuervo no sufra el tormento de dar empujones inútiles á esta pared luminosa y dura, han tenido la previsión de dejar sin cristal uno de los cuadros superiores de la ventana. De este modo, el pajarraco que se nutre en los campos de animales muertos y otras inmundicias entra y sale en vuestro dormitorio graciosamente, lo mismo que un loro ó un ave del Paraíso.
Mientras estoy en el baño, sigo las evoluciones de cierto cuervo pardo, ágil, no muy grande, que pasea por mi habitación como en terreno propio. Deben haberse repartido equitativamente el disfrute de las piezas del hotel todas estas bestias poco atractivas que aletean en torno al patio ó descansan formando hileras sobre el filo de los tejados. El que monopoliza mi habitación se ha colocado en el rectángulo sin cristal, con las garras sobre el borde de madera, medio cuerpo hacia el exterior, para platicar con sus compañeros desafinadamente, mientras su mitad posterior eriza las plumas y deja caer rítmicamente dentro de mi cuarto las superfluidades hediondas de su digestión.
El indo que dormita en cuclillas al otro lado de la puerta se encargará de borrar este ultraje, gracias al sagrado respeto que le inspiran todos los seres vivientes. Estos servidores son incapaces de matar los parásitos albergados en la cama, y si encuentran debajo de ella un escorpión, una araña peluda ó una serpiente, se apartarán para abrirles paso, rogándoles que se vayan con palabras corteses. Todos somos hijos de Brahma, y nos debemos mutuo respeto.
Más de una vez se han llevado los cuervos sortijas y otras alhajas femeninas mientras sus dueñas estaban en el baño. Cuando ocurre esto, los criados más expertos del hotel celebran consejo; adivinan por la habitación qué cuervo puede haber realizado el robo y en qué árbol de la inmediata avenida acostumbra á refugiarse cuando se siente aburrido de su vida en los tejados. Y lo extraordinario es que casi siempre acaban estos adivinos descalzos y con turbante por encontrar el objeto robado en alguno de dichos escondrijos.
Resulta más visible aquí que en otras ciudades de la India el rudo contraste entre los adelantos de la colonización inglesa, superficiales y brillantes como una capa de barniz, y las tradiciones del pueblo indostánico, que llevan una existencia de miles de años. El virreinato británico, establecido en Calcuta hasta hace poco, llenó la capital bengalí de edificios oficiales y paseos á imitación de los de Inglaterra. Con motivo del jubileo de la reina Victoria fué construído el «Victoria Memorial», palacio de mármol blanco, á imitación del famoso Taj Maal de Agra, que parece de lejos una pequeña montaña de estearina flanqueada de arboledas. Todos los jardines tienen extensos prados de césped, como los de Londres, siendo difícil y costoso mantener su frescura en esta tierra solar. Los ingleses de Calcuta, olvidando las diferencias geográficas, se entregan en estos jardines á sus deportes nacionales, á las mismas horas que sus compatriotas de Europa, sin miedo á una insolación fulminante.
El lugar histórico más célebre de Calcuta es el llamado Black-Hole («Agujero Negro»). En 1756 un nabab de Bengala se sublevó contra los ingleses para librar á su país de la rapaz Compañía de las Indias (la «vieja dama de Londres», como la llamaban sus víctimas), consiguiendo apoderarse de Calcuta. Ciento cuarenta y siete defensores de la ciudad, al rendirse después de largo combate, quedaron encerrados por los vencedores en un pequeño subterráneo. Esto fué á las ocho de la noche y en verano. El calabozo de piedra tenía dos ventanillos nada más, con espesas rejas que sólo dejaban filtrar una cantidad mezquina de aire. A las dos horas de permanecer hacinados en dicha prisión, los ciento cuarenta y siete ingleses empezaron á pedir socorro. Todos sentían los tormentos de la asfixia y la sed. Se desnudaron para librarse del calor de este encierro tropical; bebieron el propio sudor para apagar su sed. Los que se dejaban caer en el suelo morían sofocados minutos después. Los más fuertes se abrieron paso para situarse junto á los ventanillos, disminuyendo con ello la escasa entrada de aire. Tan alta era la temperatura, que los cadáveres de los caídos entraban inmediatamente en putrefacción. Las cabezas aglomeradas en los respiraderos proferían insultos contra los centinelas indostánicos y sus jefes, con la esperanza de recibir un balazo que diese fin á sus angustias.
Toda la noche duró tal suplicio. Cuando al amanecer entraron en el «Agujero Negro» los oficiales del nabab, solamente vieron veintitrés prisioneros con vida de los ciento cuarenta y siete encerrados ocho horas antes, pereciendo á los pocos días la mayor parte de los supervivientes.
Al reconquistar Calcuta los ingleses, el Black-Hole fué demolido, y ahora en su antiguo solar se alza un edificio que conmemora este episodio horripilante.
En ciertos barrios, la forma de las calles, el indumento de los transeuntes, las fachadas de los edificios, nos hacen pensar que vivimos en una capital de provincia inglesa. Mas así que cierra la noche, la más grande de las ciudades de la India pierde su cáscara europea y la yungla vecina vuelve á invadirla hasta que resurge el sol.