Durante mi primera noche en el Gran Hotel, situado frente al más céntrico de los jardines de Calcuta, fué interrumpido mi sueño muchas veces por el continuo ladrar de numerosos perros vagabundos. Era un ladrido nuevo para mí, que me hizo suponer la existencia de una raza de perros indostánicos completamente desconocida fuera del país. A la mañana siguiente, mis amigos calcutanos rieron cuando les pedí explicaciones sobre estos animales de incansable aullido.

Los chacales se introducen por la noche en la ciudad, para buscar su alimento en los montones de basura, disputándose luego las presas. Un joven comerciante español, residente hace años en Calcuta, vino algunas veces á conversar conmigo hasta pasada la media noche, y siempre encontró al marcharse, en las inmediaciones del hotel, alguno de estos chacales urbanos, lo que no representa para los que conocen el país una vecindad inquietante. Los trasnochadores de Calcuta tropiezan frecuentemente con estos perros salvajes, que gruñen de sorpresa ante el europeo y acaban por huir. Saben que el blanco no siente por ellos el respeto del indostánico y puede agredirles aunque se muestren algo domesticados por sus frecuentes visitas á la ciudad.

De día otras bestias dificultan el tránsito en las calles populares. Son los toros y vacas sagrados, que viven á expensas del vecindario y nadie puede molestar.

Los habitantes de una calle poseen uno ó varios de dichos animales, viendo con cierta vanidad cómo se pasean lentamente por sus dominios. Son gordos, lustrosos, se mueven con una torpeza majestuosa, y parecen animados de maligna inteligencia para hacer sentir á las personas su calidad de animales santos. Doblando sus patas para descansar, se atraviesan en la acera y no dejan sitio al transeunte, obligándolo á descender al arroyo. Otras veces quedan inmóviles en medio de la calle, y automóviles y carretas detienen su marcha hasta que la bestia sagrada, casi siempre de pelaje blanco y cuernos breves, se decide á apartarse, convencida por los gritos cariñosos y los razonamientos de sus adoradores.

Nadie se atreve á empujar á dichos animales. Estando en Calcuta, leí la sentencia contra un chófer culpable de haber golpeado con su vehículo á una de estas bestias inmovilizada insolentemente en medio de la calle. El juez municipal, indostánico de casta superior, afirmó en sus conclusiones que el toro posee un derecho absoluto de transitar por las calles igual al del hombre, siendo su vida tan importante como la de éste, por todo lo cual impuso al chófer varios días de cárcel.

Al mismo tiempo que los indostánicos mantienen á las bestias sagradas de su barrio opíparamente, á costa de la propia alimentación, rodeándolas de cuidados divinos, los demás toros que no han sido consagrados pasan por las calles sucios de fango y de boñiga, con la cornamenta astillada, los costillares angulosos por su flacura, tirando de carretas excesivamente cargadas, cuyas ruedas de disco sólido chirrían sobre un adoquinado desigual.

La inverosímil sentencia del juez indostánico y los exagerados honores á los toros y vacas de Siva empiezan á comprenderse al poco tiempo de vivir en Calcuta. Palacios y paseos á la inglesa parecen esfumarse, perder su realidad, al mismo tiempo que nuestra observación hace nuevos descubrimientos en la masa indígena que circula por avenidas y callejuelas.

Entre soldados británicos de calzones cortos y casco blanco, entre funcionarios coloniales con elegancia de gentleman y opulentos mestizos que dan el brazo á damas de su familia vestidas á la moda de Europa, pasan faquires andrajosos, de una delgadez esquelética, la cara pintada de blanco lívido, lo mismo que Pierrot. Sus máscaras son un amasijo de ceniza y excremento de vaca sagrada.

En las horas próximas al mediodía, los más de los transeuntes indostánicos sostienen en la palma de su diestra un vaso de bronce lleno de agua. Es el líquido necesario para las purificaciones, y lo llevan á sus hogares á través de las avenidas modernas, sorteando el encuentro con tranvías y automóviles, fingiendo no verlos, lo mismo que si cumpliesen un rito sagrado en la soledad de las selvas. Deben evitar todo roce con los transeuntes, para que conserve su pureza el agua recogida en el río sagrado. Si un indígena de casta inferior ó un blanco toca al pasar su vaso de barro ó de vidrio, es preciso que lo rompan inmediatamente. Cuando la vasija es de metal, basta con lavarla repetidas veces para su completa purificación, yendo en busca de agua nueva al brazo del Ganges.

La chiquillería juega desnuda en medio de las calles populares. Es frecuente oir una música que tiene por base los truenos del bombo y el choque metálico de los címbalos. Detrás de ella desfilan los sacerdotes induístas como figurantes de ópera, una punta del manto blanco echada sobre el hombro izquierdo, la negra cabellera bien peinada y lustrosa de aceite de clavel. Los niños corren hacia la procesión y forman una escolta de cuerpecitos sin tapujos en torno á los sagrados personajes.