En la parte opuesta vemos igualmente poblaciones con baluartes de aspecto ruinoso, grandes templos, torres desmochadas, arcos rotos... También es Delhi.

Continúa marchando el tren kilómetros y kilómetros. Pasan ante nosotros mezquitas semejantes á pueblos, campos cubiertos de escombros, mausoleos agrietados, fortalezas partidas y tapizadas de musgo, que sirven de aduares á muchedumbres haraposas, palacios sin puertas entre jardines que tienen la verde melancolía del abandono. Todo es Delhi... Pero aún no hemos llegado al Delhi moderno; nos falta mucho para entrar en él.

Como ya dije, no existe en el mundo ciudad alguna que muestre en tan vastas proporciones su grandeza muerta. Nada de esta grandeza tuvo relación con nuestra vida de Occidente. Los apasionamientos y los intereses de su historia fueron ajenos á los nuestros. La Europa no intervino en la primera época de los Grandes Mogoles. Sin embargo, cuando entramos en Delhi, un recuerdo español empieza á tomar forma en mi memoria.

El Imperio de los Grandes Mogoles fué la obra de los nietos de Tamorlán. Este guerrero «azote de Dios», espanto de su época, conquistó á Delhi en una de sus incursiones que hacían temblar al mundo oriental, y los únicos embajadores europeos que le visitaron para felicitarle por sus grandes victorias fueron los enviados del rey de Castilla.

Tamorlán es una corrupción de Timur-Lank, que significa en mogol «Cojo de hierro». Descendiente de Gengis-Khan, que un siglo antes había sido el espanto de Europa, reorganizó Timur otra vez á los mogoles como máquina de guerra, venciendo á todos los enemigos de su pueblo, no tolerando en Asia ningún soberano que pudiera discutir su autoridad, llevando la destrucción hasta Rusia y Polonia. En punto á horrores, ningún conquistador llegó jamás á superarle. Cuando los sitiados de una ciudad le enviaban miles de niños para inspirarle conmiseración, hacía cargar la caballería sobre ellos, hasta despedazarlos. Otra vez, cerca de Delhi, hizo degollar cien mil prisioneros porque le estorbaban. Dejó detrás de él torres de cráneos, empleando éstos como piedras, con una trabazón de argamasa, para que tan horribles monumentos durasen muchos siglos. Después de prolongar sus correrías sangrientas cinco años y hasta siete, el bárbaro conquistador regresaba á Samarcanda, donde había establecido su capital.

Su orgullo y sus conveniencias políticas le hicieron pasar por encima de los escrúpulos religiosos. Aunque musulmán, se puso de acuerdo con el emperador de Bizancio, que le halagaba y le temía, para combatir á sus correligionarios los turcos, haciendo sufrir al sultán Bayaceto una derrota famosa que retardó medio siglo la caída de Constantinopla.

Enrique III, rey de Castilla, se quiso procurar una influencia internacional poniéndose en contacto con los grandes monarcas de Asia, personajes casi fabulosos en aquella época, y algunos enteramente fantásticos. Para ello, envió embajadores á los países orientales, ordenándoles que visitasen: «las cortes del Preste Juan, señor de la India Oriental, del soldán de Babilonia, del Gran Turco Bayaceto y del gran Tamurbec, por común nombre llamado el Tamorlán».

Dos caballeros de su corte, Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos, arrostrando peligrosas aventuras de mar y tierra, llegaron hasta la corte errante de Tamorlán, precisamente cuando acababa el caudillo mogol de dar la gran batalla á Bayaceto, haciéndolo prisionero. El Gran Turco, vencido, fué encerrado en una jaula, sirviendo ésta de poyo al Tamorlán para montar á caballo.

Recibió el vencedor á los dos emisarios castellanos con verdadera curiosidad. El monarca español resultaba á sus ojos un soberano interesante por su lejanía, como él lo era para los pueblos occidentales. Deseoso de corresponder dignamente á la embajada de don Enrique, entregó á sus enviados una carta, varias joyas adquiridas en el saqueo del campamento turco y dos circasianas ó griegas pertenecientes al harén de Bayaceto.

Estas odaliscas fueron bautizadas en Castilla; una se llamó doña Angelina de Grecia y la otra doña María Gómez. En Sevilla, nobles señores anduvieron alborotados por ambas, escribiendo canciones amorosas en su honor. Doña Angelina de Grecia casó con un rico vecino de Segovia; doña María Gómez acabó por unirse con Payo Gómez de Sotomayor, y las dos dieron origen á una descendencia de guerreros, jurisconsultos y hombres de Iglesia.