Puede ser considerada esta llanura como un museo arqueológico. Todos los estilos se encuentran confundidos, desde los primeros ensayos de construcción intentados por las tribus errantes, hasta los mayores refinamientos de la arquitectura brahmanista y musulmana.
Pasamos un día y dos noches en el tren, de Bombay á Delhi. Acabamos por acostumbrarnos á la vida en esta alcoba rodante. Sus ventanillas tienen vidrieras ahumadas, que dulcifican la luz cegadora del sol, pero durante la noche los tejidos vegetales que hacen oficio de cortinas dejan pasar, al mismo tiempo que el aire, resplandores de focos luminosos, cuando hacemos alto en las estaciones.
Gritan y cantan los musulmanes en los andenes. Muchos tienden una alfombrita, se sientan en ella con las piernas cruzadas, y así permanecen inmóviles, horas y horas, esperando el paso de un tren, para contemplar silenciosamente á los viajeros, sin pedirles nada.
Cuando nuestro vagón vuelve á rodar, como la noche es de luna, vemos sin movernos del lecho toda la campiña de color lácteo, con sombras macizas que parecen de ébano. Por los caminos inmediatos á las poblaciones circulan como fantasmas filas de hombres que llevan casaquines y turbantes blancos.
Al día siguiente, poco después de amanecer, los indostánicos que vienen en el tren descienden en las estaciones para cumplir los actos rituales de su religión. Se purifican los induístas en el primer arroyo que encuentran, sin más vestiduras que un trapo blanco sobre las caderas, llevando en su diestra el vaso de bronce. Los musulmanes se despojan del turbante y hacen sus abluciones, seguidas de una oración gesticuladora, frente al sol.
Toda la fauna de la India parece acompañarnos durante las horas matinales. Vemos en las arboledas tropas de monos colilargos, que saltan entre las ramas ó se deslizan tronco abajo con una curiosidad infantil para ver de más cerca el paso del tren. En cambio, jabalíes, ciervos y gamos huyen de la vía, en ciega carrera que troncha ramas y derriba cuanto encuentra. Los chacales galopan como perros junto á los rieles, pretendiendo seguir nuestro rápido deslizamiento.
Esta animación se paraliza en las horas meridianas. Los campos parecen desiertos. Hombres y bestias se mantienen pegados á la sombra de los árboles. Sólo hay vida en la atmósfera. Nubes de mariposas blancas y amarillas se balancean ebrias de calor.
Nuestro tren va ascendiendo. No es visible esta subida, pero se nota en la dulzura de la atmósfera, menos asfixiante que en Bombay á orillas del mar, y en el aspecto de la vegetación, más ordenada, más trabajada y útil. Los campos hábilmente cultivados nos hacen pensar en la antigüedad de esta agricultura indostánica, madre de la de Europa. Indos y chinos nos dieron gran parte de los productos que sirven para nuestra alimentación.
Pasamos por las capitales de varios principados, cuyos rajás, aunque feudatarios de Inglaterra, mantienen el mismo boato de sus tiempos de independencia. En la estación de Gwalior vemos de lejos el castillo de su soberano, vasta fortaleza que ocupa toda la cúspide de una montaña, con muros pintados de rojo sangre y torres cuyas cúpulas están cubiertas de tejas multicolores. Como vamos á Delhi y Agra, donde existen las famosas fortalezas-palacios del Gran Mogol, no consideramos necesaria la visita á la de Gwalior, abandonada hace muchos años. Sería importante en otro país, pero aquí parece disminuída por sus vecinas.
Podemos apreciar desde el tren, al aproximarnos á Delhi, en el amanecer del segundo día, toda su majestad ruinosa. Surgen á lo lejos varias mesetas cubiertas de torres y muros atravesados por arcadas triunfales. En el interior de dichos recintos se alzan palacios, cúpulas, minaretes, todo abandonado... Es el viejo Delhi.