Delhi fué el centro de la insurrección. Como los sublevados necesitaban un personaje tradicional para agrupar en torno á él su resistencia, escogieron al último Gran Mogol, pálida sombra de su dinastía, pobre fantasma histórico.

Desde muchos años antes había muerto. Su autoridad no llegaba más allá de los muros de Delhi. Cuando el general en jefe de las tropas inglesas de la Compañía le visitó por primera vez en 1824, y al entrar en el salón del trono tomó asiento tranquilamente frente á él, tratándolo como á un igual, el heredero de Timur no pudo contener su emoción, y lloró pidiendo una muerte inmediata, para no conocer más tal afrenta.

Aún guarda Delhi recuerdos de la terrible guerra de los cipayos. Las puertas de Cachemira y de Lahore tienen su granito rojo perforado por huellas profundas de bomba y viruelas de fusilería. Cerca de una de estas puertas existe una iglesia, donde los ingleses, sorprendidos por la insurrección, se refugiaron con sus mujeres é hijos, batiéndose desesperadamente. La estatua de un general británico perpetúa el glorioso tesón con que se defendió muchas semanas, aislado, sin esperanzas de auxilio, contra todo el país en plena revuelta.

Cometieron los cipayos con sus prisioneros las atrocidades de todas las muchedumbres primitivas, ansiosas de celebrar su libertad con venganzas. La disciplina de los ingleses y su método tenaz acabaron por vencer la resistencia de un ejército feroz y desorganizado. A su vez, los vencedores, para infundir el respeto del miedo, mostraron una crueldad fría en el castigo de los vencidos. Muchos insurrectos fueron amarrados á las bocas de los cañones británicos, ordenándose el disparo de éstos á continuación.

Cuando las tropas inglesas tomaron por asalto la ciudad, el pobre Gran Mogol, figurón decorativo que los rebeldes no habían consultado nunca, creyó necesario huir, y con el auxilio de varios domésticos se deslizó por esta ventana, yendo á refugiarse en uno de los mausoleos imperiales que tanto abundan cerca de Delhi. Los vencedores lo encontraron en su tumba-refugio, y el primer virrey de la India, que acababa de reemplazar á la famosa Compañía, lo despojó para siempre de su majestad tradicional, deportándolo á Birmania, donde se fué extinguiendo, enteramente olvidado.

Las numerosas ciudades muertas de las cuales es nieta la Delhi actual cubren toda la llanura de templos y mausoleos, cuya piedra ha roído el sol más que las lluvias. Resultaría interminable hablar de las ocho ó nueve ciudades indostánicas ó musulmanas que han venido sucediéndose en las riberas del Jumna. La más cercana históricamente, ó sea el antiguo Delhi, guarda aún las murallas de su fortaleza central, que es casi tan grande como el último palacio de los soberanos mogoles. De los profundos arcos de sus puertas cuelgan panales cónicos de avispas. Sus primitivos jardines y plazas de armas son ahora praderas naturales. Los muros, que aún conservan sus fajas rojas y blancas, tienen fuentes de azulejos que hace siglos olvidaron la frescura del agua. En los claustros de muchos palacios sin techo cuelgan hiedras y otras plantas trepadoras salidas de las murallas, con racimos de flores bermejas.

Kutab figura como la más famosa y monumental de las ciudades anteriores á Delhi. Hace más de dos mil años la fundaron monarcas de religión brahmanista, y en ella se establecieron los primeros conquistadores musulmanes. Su monumento más célebre es un minarete de cinco pisos altísimos y de longitud desigual, acanalado de la base á la cima, como un manojo de bambúes colosales, sin zócalo alguno y adelgazándose según se remonta. Este haz figurado de cañas parece sostenerse gracias á unos aros de piedra con inscripciones en relieve. Los balconajes de sus cinco mesetas se apoyan en ligeras consolas.

El minarete de Kutab, la más audaz de las torres existentes, fué levantado por uno de los primeros soberanos musulmanes de Delhi para celebrar el triunfo del Islam sobre el brahmanismo. Su escalera consta de varios centenares de peldaños, y desde su último balcón puede abarcarse la llanura, asiento de tantas ciudades, viéndose palacios, nuevos palacios, más palacios, y todos ellos son tumbas... siempre tumbas. Innumerables reyes se sucedieron en el mismo alcázar-fortaleza, sin modificarlo, ó agrandándolo cuando más con alguna construcción anexa. En cambio, cada uno de ellos necesitó construirse una tumba aparte, rivalizando en magnificencia con sus antecesores.

La hora meridiana está próxima, y desde lo alto del minarete rojo y acanalado parece que estas innumerables construcciones sean todas de cartón. La excesiva luz solar ha dejado inánimes palacios y jardines. Es en el atardecer cuando esta Naturaleza despierta, adquiriendo relieve y vida.

Al salir del minarete de Kutab pasamos bajo algunos pórticos aislados. El mármol, con la pátina del sol, tiene color de oro. Unas portadas ostentan inscripciones islámicas; en otras, más antiguas, la lengua empleada es el sánscrito, con figuras de dioses y hembras celestiales.