Dentro de un mausoleo vasto como un palacio vemos la tumba de cierto Gran Mogol que exigió ser enterrado bajo la bóveda del cielo. Para cumplir su voluntad, la sala carece de techo, mientras los muros guardan trazas de pinturas ostentosas. Otro mausoleo contiene los restos de una hija de emperador que pidió «dormir su último sueño bajo la tierra común, de la que surge la hierba en primavera». Los padres de la poética princesa, para no contrariarla y respetar al mismo tiempo su rango después de la muerte, colocaron en la parte superior del sepulcro una jardinera de mármol, en la que crecen hierbas y flores. Más allá encontramos la tumba del poeta Kushru, siempre cubierta de guirnaldas frescas. Este tributo lo renuevan fielmente las generaciones que vienen repitiendo sus versos hace mil años. En cambio, muchos sarcófagos de emperadores se muestran en completo abandono y las salas mortuorias sólo de tarde en tarde son holladas por los viajeros, sirviendo de refugio á buitres y lechuzas.

En las cercanías del minarete de Kutab existe un templo de pilastras cuadradas que parecen hechas con dados superpuestos. Sus cuatro superficies han sido cubiertas de innumerables figurillas y lianas entrecruzadas, con la profusa minuciosidad de los escultores indostánicos. Frente á este templo se levanta una columna de hierro que tiene ocho metros de altura y otros siete hundidos en el suelo. Esta aguja de quince metros fué erigida en el año 317 de nuestra era, cuando gran parte de Europa no sabía trabajar el hierro y las naciones más adelantadas eran incapaces de fundir una pieza tan enorme.

La inscripción grabada en ella dice que la erigió el rey Dhaba, adorador de Visnú, para conmemorar una de sus victorias. En torno hay siempre grupos de musulmanes que ignoran el verdadero significado de tan original monumento. Según ellos, todo el que se coloca con la espalda apoyada en la columna y, echando los brazos atrás, llega á juntar las manos abarcando su redondez, tiene derecho á que la suerte le conceda un don valioso.

Los que profesan la religión induísta atribuyen una leyenda á dicha columna, haciéndola llegar á las entrañas más recónditas de la tierra. Su verdadero autor es, según ellos, el rey Anang-Pal, que quiso purificarse de sus faltas y librar al mundo del pecado.

Siguiendo los consejos de un santo bracmán, encargó á varios gigantes fundidores la construcción de este clavo larguísimo para hundirlo en la tierra hasta atravesar con su punta á la serpiente Sechnaga, que soporta al mundo sobre su lomo.

Algunos escépticos se negaron á creer en la esclavitud del monstruo, y el rey, para convencerles, ordenó que extrajeran el colosal punzón, viéndose su extremo enrojecido por una gran mancha de sangre.

Volvió el clavo á perforar la tierra, pero la bestia, ya escarmentada, había huído para que no la cautivasen otra vez. Este fracaso anunció la próxima ruina de la dinastía de Anang. Y la serpiente, libre del barrote puntiagudo que la tuvo sujeta en las entradas de nuestro globo, continúa su obra maléfica, corriendo el mundo para esparcir el pecado.

IX
EL TAJ-MAAL

Shah-Jehan, el Gran Mogol de las obras maravillosas.—Riquezas del palacio de Agra.—El místico monumento del amor.—Historia de Shah-Jehan y su esposa Arjumand Banu.—Romántico final del emperador artista.—Una montaña blanca de mármol sobre la tumba de dos enamorados.—El Jardín del Taj-Maal visto de día.—La ruinosa ciudad de Sikandra y el subterráneo de Akbar «el Victorioso».—Prestidigitadores, mercaderes y faquires ante la terraza del hotel.—El Taj-Maal bajo la lluvia láctea de la luna.—Voces acuáticas en la noche.—Y este prodigio se repetirá para otros en el curso de los siglos... y yo no lo veré más.

De los descendientes de Tamorlán, el más famoso fué Akbar, conquistador de gran parte de la India. Nunca se vió tan poderosa y respetada la dinastía de los Grandes Mogoles como bajo su reinado, y la residencia favorita de Akbar «el Victorioso» fué Agra.