Gracias á esta predilección y á la actividad constructora de su nieto Shah-Jehan, el emperador artista, Agra rivalizó en el siglo XVII con Delhi, y hasta la sobrepasó al ser erigido en sus alrededores el célebre monumento fúnebre llamado Taj-Maal.
Actualmente, el palacio-fortaleza de los Grandes Mogoles en Agra se conserva mejor que el de la antigua metrópoli del Imperio. Los ingleses no han instalado en él centros administrativos, como en la capital del virreinato, dejando á jardines y pabellones su melancolía de alcázares abandonados, algo ruinosos, pero sin aditamentos anacrónicos que los deshonren.
Las mezquitas y las calles de la ciudad conservan igualmente gran parte de la fisonomía que tuvieron hace tres siglos. Los vecinos de Agra viven más apartados de la influencia inglesa que los de Delhi. Fuera de la ciudad existe un barrio puramente británico, como ocurre en todas las metrópolis importantes de la India. Es el llamado «campamento», donde se aglomeran los cuarteles de la guarnición, los edificios ocupados por las autoridades y los hoteles.
Como la fortaleza-palacio de Agra fué olvidada por los ingleses, su exterior revela ruina y abandono, más que la de Delhi, pero al mismo tiempo evoca con mayor intensidad la época esplendorosa de los soberanos mogoles. Los fosos están llenos de agua verde. En su doble muralla rojiza, las almenas de forma ojival y los remates de los palacios muestran hondas roeduras del tiempo, pero no han sufrido ninguna profanación. Las fachadas, partidas por fajas horizontales de rojo tostado y amarillo sombrío, tienen como remates cúpulas blancas y doradas. Sobre cada almena hay un cuervo que grazna como si conversase con sus otros congéneres alineados sobre los aleros. En lo alto de las portadas se agitan familias de monos, que parecen dar la bienvenida al visitante con sus cabriolas y chillidos. Por las planicies enlosadas inmediatas á las puertas corretean ardillas ó saltan confiadamente bandas de pequeños pájaros buscando briznas para los nidos que fabricaron en lo alto de las murallas. Ninguno de ellos huye ante el paso del hombre. Se dejan agarrar inocentemente, como si su instinto defensivo ignorase la maldad humana. El respeto de los indostánicos para todos los seres vivientes ha acabado por suprimir, en el curso de los siglos, la alarma natural de los animales.
Tiene la fortaleza de Agra una Mezquita Perla, más famosa que la de Delhi, la Moti Masjid, levantada por Shah-Jehan. El nombre de este Gran Mogol suena inevitablemente en todos los lugares interesantes de Agra. Él mandó construir los mejores salones del palacio, las mezquitas y tumbas más ostentosas de los alrededores, y sobre todo, el Taj-Maal. Hasta el trono del Pavo Real, empezado siglos antes, en tiempos de Tamorlán, recibió de él su forma definitiva. Pasó la existencia construyendo, llevando á la realidad todos sus ensueños de déspota sentimental y poético. Al principio disipó alegremente las riquezas atesoradas por los Grandes Mogoles; en los últimos años de su vida, su hijo y sus cortesanos se sublevaron contra él, asustados de tanta prodigalidad.
La Mezquita Perla de Agra no asombra como la Gran Mezquita de Delhi á causa de sus enormes proporciones. Es bella por su simplicidad y la armonía de sus diversas partes; toda ella de mármol, pues Shah-Jehan no empleó otra materia en sus obras. Sólo tiene tres muros, y el frente principal está abierto, apoyándose su techumbre en las pilastras de los arcos, múltiplemente trebolados. Estas pilastras son de una sola pieza, y resulta difícil explicarse cómo pudieron ser extraídas de las canteras masas tan enormes y de tan armónicas formas, sin una grieta, sin una muesca reveladora del colosal trabajo que les dió vida, y las trajo hasta aquí.
Frente al espacio abierto de la Mezquita Perla se extiende un gran patio, que tiene una pila de abluciones en el centro. Como el edificio fué construído con su fachada al Oriente, en el momento que lo visitamos proyecta el sol matinal sobre su pavimento blanquísimo las fajas de sombra algo oblicuas de sus pilastras y sus arcos lobulados. Después vamos avanzando de salón en salón por el palacio de Shah-Jehan. No hay aquí azulejos ni alicatados de alabastro, como en otros monumentos musulmanes. Todo es mármol, siempre mármol. Los Grandes Mogoles no admitieron otro material constructivo.
El signo de Salomón se repite en las portadas, como si fuese el sello de la dinastía mogola. Sólo un patio de estilo indostánico está pintado de rojo. El resto del palacio es blanco, con vegetaciones de mármoles policromos y metales. En algunos sitios vemos huellas de flores de joyería, como las de Delhi, que también fueron robadas.
Influenciado Shah-Jehan por la lejana arquitectura de Occidente, construyó algunos de sus pabellones con dos pisos. La fama de su corte atrajo á varios artistas vagabundos de Europa, arquitectos y pintores, entre ellos un renegado, Agustín de Burdeos, que trabajó en este edificio y tal vez en el Taj-Maal. Los pisos altos tienen balconajes de piedra. El ala del palacio dedicada á las mujeres guarda aún intactas sus galerías superiores, dando sobre un gran patio cuadrado. Todos los joyeros de la India venían en determinados días á exponer sus tesoros sobre el suelo de este patio, y las esposas y favoritas del Gran Mogol, asomadas á los ventanales, examinaban de lejos sus alhajas, designando las que eran de su agrado para que las adquiriese el emperador.
Los baños conservan su techo de bronce. Las paredes de mármol están vaciadas, brillando láminas de cristal á través de los complicados dibujos de su blonda pétrea. Caminamos por la primera sección de unos subterráneos, cuyas escaleras bajan hasta el río. Estas galerías de escape servían á los déspotas magnificentes para vivir algunas horas en humilde incógnito, bajando disfrazados á la inmediata ciudad; pero hace muchos años que fueron cegadas por el desplome de sus bóvedas.