Las maravillas de los faquires son generalmente falsas. Ninguno de ellos se ha atrevido á repetirlas ante comisiones preparadas para una vigilancia severa. Sus prodigios son únicamente para los del país y para ciertos extranjeros inclinados á admirarles. Los hay, no obstante, que saben ejecutar algunas cosas extraordinarias, más del dominio de la prestidigitación que del milagro.
En lo único que los faquires santos resultan admirables es en austeridades y privaciones. Hay djoghi que ha estado doce años de pie, sin sentarse ni acostarse. Otros permanecieron igual número de años con los brazos unidos sobre la cabeza. Sus uñas, después de este tiempo, eran tan largas que acabaron por atravesar como estiletes la carne de sus manos.
El juglar indio es el que asombra al viajero muchas veces con juegos inexplicables. Mientras los faquires contemplativos permanecen invisibles en un lugar desierto, otros van de ciudad en ciudad como vagabundos místicos. Se imponen grandes privaciones, viven en los muladares con el perro y el chacal, desean la muerte como una liberación, hacen suertes de prestidigitador para que los devotos crean en ellos, pero no realizan los milagros que suponen muchos occidentales, por afición á lo maravilloso.
Los mercaderes ambulantes extienden sobre la terraza del hotel tapices, velos, armas, joyas indígenas, figurillas de dioses y reproducciones en mármol del Taj-Maal, flanqueado por sus cuatro minaretes y con una luz eléctrica en su interior.
Estos comerciantes de Agra, cuando venden un objeto y el viajero desea llevárselo empaquetado, muestran azoramiento y piden auxilio á sus colegas. Ninguno tiene papel para envolver, ni cuerda para atar, ni la más leve idea de que existe en el mundo el arte del embalaje, tan amado por los japoneses. Al fin, cuando después de correr varios de ellos hacia la ciudad regresan con periódicos viejos é hilos usados, discuten todos en asamblea gremial cómo deben ser envueltos los objetos. La importancia del asunto atrae á los vecinos de las casas próximas; los que están al pie de la terraza abandonan sus monos, sus pájaros, sus serpientes, para exponer amigablemente su opinión; alguno de los faquires se une al grupo, por curiosidad, sin decir palabra, como si despreciase los afanes de unas gentes que sólo se preocupan de ganar dinero, y al fin, el embalaje del pequeño Taj-Maal acaba por hacerse de una manera torpe, que le prepara irremisiblemente para ser roto y desmenuzado apenas emprenda el viaje.
Cierra la noche. Terminada la comida en el hotel, ruedan nuestros automóviles por los caminos de las afueras de Agra. No sabemos por qué causa hay en ellos más polvo al llegar la noche que durante el día. Una neblina roja empaña los focos eléctricos del ensanche de la ciudad.
Después no tenemos más luz que la de la luna, y los caminos parecen más frescos y claros. El Taj-Maal está á varios kilómetros de Agra, y por ambos lados de la ruta desfilan hileras de personajes blancos, que aún parecen más blancos bajo el selenítico resplandor. Dejamos atrás algunas carrozas indostánicas ocupadas por mujeres. Ha circulado la noticia de que esta noche van á correr las aguas del Taj-Maal, y son muchos los que acuden de Agra para presenciar el espectáculo.
Descendemos de nuestro vehículo en la plaza de claustros rojos, frente á la primera portada del mausoleo. Una muchedumbre silenciosa se introduce por ella con el mismo recogimiento que si penetrase en una catedral. Al otro lado de la gigantesca arcada se nos muestra esplendoroso el jardín, y en último término, el monumento del amor, con una blancura más irreal, más extraordinaria que la de las horas diurnas.
Es una construcción de otro planeta. La luna parece chorrear lluvia luminosa por su cúpula y sus paredes. Imposible concebir que este palacio de ensueño sea un panteón. Luego, al pensar en la historia de los dos muertos que lo ocupan, se admite sin esfuerzo alguno la presencia de sus cadáveres.
Fueron dos enamorados, y la noche ofrece una decoración de amor, algo amanerada por exceso de belleza, algo banal en fuerza de ser repetida; pero también se repiten la primavera y las cosas más hermosas de nuestra existencia, ofreciéndonos embriagadora novedad mientras no llega la vejez.