Todo el jardín hace pensar en el amor. Siento extrañeza al ver que hombres y mujeres discurren por los caminos de mármol mansamente, sin enlazarse sus talles con los brazos, sin cambiar besos. Influenciados por la belleza mágica de la noche, se mueven con pasos lentos y quedos, como si estuviesen en la habitación de un enfermo; hablan en voz baja sin que alguien se lo haya ordenado, y sus conversaciones, compuestas de susurros, se cortan con largos silencios.
Una música celeste, que evoca el recuerdo de las armonías planetarias de los pitagóricos, va llenando el jardín. Es el aria acuática del río central al deslizarse, arrugando en su fondo de mármol la cara redonda de la luna; es el coro de los arroyos laterales, que contestan riendo en las entrañas de la noche, ocultos entre árboles que tienen su base intensamente negra y su cúspide charolada de blanco por la lluvia de luz láctea.
Esta melodía líquida, pueril é infinita, que nada dice y lo dice todo, como la voz de la mujer amada, nos adormece y nos impulsa á buscar un banco, imponiéndonos silencio y reposo. Un perfume excitante y múltiple impregna personas y objetos: olor de agua corriente, de carne limpia, de rosas, de arrayanes, de pimienta. Pasan ante nuestros ojos fragmentos de gasa transparente y negra, con silencioso aleteo. Son vampiros que parecen embriagados por el licor de la luna y abandonan sus refugios lóbregos. Cuando se alejan, vuelvo á fijar la mirada en la inmensa mole blanca que llena el fondo. Me subyuga con una atracción semejante á la del fuego del hogar en las noches invernales.
Los que transcurren aún por las avenidas de mármol parecen seres irreales. Sus pasos carecen de eco. Sus bocas no tienen voz. La noche resbala sobre nuestros cuerpos sus húmedas caricias. Sentimos en las ropas y en la epidermis el beso untuoso y nacarado de una luna que no conocíamos: la luna de la India. Creemos flotar en una atmósfera más densa que la de nuestro planeta. Y la música del agua continúa sonando con una adormecedora monotonía que provoca en los oídos engañosos caprichos. Unas veces aumenta, como un crescendo orquestal; otras cae y se adelgaza, siendo una romanza de violas de amor que se aleja... se aleja.
Inolvidable noche del Taj-Maal... ¡Y no pondré otra noche mis pies en estos senderos de mármol!... Me alejo mañana, para no volver nunca.
Nuevos viajeros vendrán detrás de mí, y cuando yo no sea más que un poco de tierra en la inmensa tierra, seguirán llegando otros y otros. Los enamorados pasan, y el amor no muere nunca. Mientras los humanos se busquen, queriendo dar un ambiente poético á la expansión de sus afinidades electivas, no le faltarán visitantes á este místico monumento de la más eterna de las pasiones.
Soñaré toda mi vida al otro lado del mundo con el palacio blanco y sus jardines donde canta el agua bajo la luna... Y esta noche, que parece de otra existencia y no quisiera ver terminada nunca, sólo será un pobre recuerdo.
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LAS TORRES DEL SILENCIO
Los parsis y su mitra charolada.—El fuego sagrado.—Los magos de Zaratustra y sus purificaciones.—El jardín de la muerte.—Entierros sin tierra.—Los buitres devoradores.—Desfile de hombres blancos.—La isla de Elefanta y sus templos subterráneos.—Monumentos construídos con la piqueta en Ellora.—Las tribus perforadoras de montañas.
En las calles principales de Bombay, en los salones de los hoteles, en los cafés donde se reúnen comerciantes y en las puertas de los Bancos, se ven con frecuencia unos hombres pálidos, de tez amarillenta, levita blanca y una pequeña mitra forrada de hule, cuya parte delantera es más alta que la opuesta. Son los parsis, que practican la más antigua de las religiones existentes, últimos devotos del mazdeísmo, fieles á las enseñanzas y ritos de los magos y del fabuloso Zaratustra, llamado Zoroastro por un error de los traductores griegos.