Todas son más extensas que altas. El muro exterior asciende sólo unos metros, y no tiene más abertura que la de su puerta única, que es pequeña, y está situada muy por encima del nivel del suelo, casi en la mitad de su altura, llegándose á ella por una rampa.
Examinamos su interior en el modelo construído para el futuro monarca inglés. Son iguales á un circo. El lugar del graderío lo ocupan tres fajas de nichos horizontales, semejantes á los alvéolos de un panal, y estos tres peldaños de sepulcros descienden como un embudo hasta el centro de la torre, donde se abre un pozo.
El círculo más alto, que por su posición resulta el más extenso, tiene los alvéolos mayores. En ellos se depositan los cadáveres de los hombres. El segundo círculo es para las mujeres, y el tercero, junto al foso, ó sea el más reducido y de oquedades más pequeñas, se destina á los niños.
Después de las ceremonias religiosas en el templo del fuego, junto á la entrada del jardín, el cadáver es despojado de sus ropas, y la familia y los amigos se despiden de él, confiándolo á los portadores especiales de la necrópolis parsi. Éstos, que son cuatro, se lo llevan por los senderos floridos.
Tiemblan las copas de los árboles; suena la atmósfera como una tela inmensa sacudida violentamente; nubes obscuras surgen de las frondosidades; un batir de alas doblega los grupos de arbustos. Toda la ciudad de los buitres ha despertado y sigue á los cuatro conductores vestidos de blanco y á su parihuela cubierta con un sudario de igual color que oculta el cadáver. La ruda muchedumbre alada se balancea en el aire, dudando entre las varias torres, hasta que la marcha de los sepultureros les indica dónde será el lugar de su banquete.
Se ennegrece la torre elegida bajo el tropel de pajarracos que pliegan sus alas cayendo sobre el borde del muro. Los cuatro hombres blancos penetran en el circo del silencio, depositan el cuerpo en uno de los huecos del triple graderío y se retiran, cerrando la puerta.
Apenas suena la hoja de madera ajustándose otra vez al quicio, toda la horda voladora de picos de hierro alineada en el filo de la torre se deja caer en su interior para suprimir el cadáver, haciéndolo pasar por sus estómagos.
Uno de los empleados del jardín de la muerte nos cuenta cómo estos colaboradores feroces sólo necesitan tres cuartos de hora para dejar un esqueleto completamente mondo. Lo primero que atacan son los ojos. Se baten entre ellos por conseguir esta presa preciosa. Luego, su mejor suerte es abrir un desgarrón en el abdomen, metiendo la cabeza por el final del costillaje.
Penetran en las torres todas las mañanas los portadores de cadáveres para barrer los huesos escuetos y amarillos, arrojándolos en el pozo central. La humedad y el sol de la India ayudan poderosamente á la desaparición de los residuos calcáreos, disgregándolos de tal modo, que transcurren muchos años sin que suba gran cosa el nivel de este depósito de osamentas.
El sacerdote de sonrisa untuosa nos invita de pronto á abandonar el jardín cuanto antes. Han venido á avisarle que un cortejo fúnebre sube por la cuesta de la avenida inmediata. Los que no pertenecen á la religión parsi deben alejarse.