Nos cruzamos fuera del jardín con la fúnebre procesión. Carece de aspecto terrorífico, á causa tal vez de que el color negro no existe en ella. Todos van vestidos de blanco, y el mortuorio cortejo, visto á cierta distancia, parece un desfile de cocineros. Los portadores del cadáver visten igualmente de blanco, y blanca es también la parihuela que llevan en hombros. Detrás marchan de dos en dos parientes y amigos, manteniéndose unida cada pareja por un pañuelo que va de mano á mano como símbolo de alianza... Y nada más. Ningún emblema que recuerde á la muerte. Resulta difícil imaginarse que algunos metros más arriba, al final del paredón rojizo, sobre cuyo borde asoman árboles y flores, cientos de pajarracos voraces, hinchados de carne humana, empiezan á despertar avisados por su instinto del próximo banquete.

Los del cortejo fúnebre verán los buitres unos momentos solamente, alejándose luego; pero todos, siguiendo un turno fatal, volverán algún día, como el que ocupa ahora la camilla blanca. Su destino religioso es desaparecer en los estómagos de estos pajarracos, que devoran familias enteras, el abuelo, el padre, el hijo, y mueren á su vez, dando vida á otras aves para que consuman los parsis que irán naciendo.

Me cuentan que ciertos mazdeístas jóvenes, cruelmente obsesionados por esta práctica mortuoria, han creado un partido que pide la cremación de los cadáveres como la realizan los indos; pero los más ricos é influyentes de su raza siguen fieles á las tradiciones de una religión que les hizo abandonar hace siglos la tierra madre, arrostrando peligros y dolores, y se niegan enérgicamente á dicha reforma.

Toda religión que transige se expone á morir. Por eso las Torres del Silencio seguirán existiendo, y sus gordos y repugnantes pensionistas no corren peligro por ahora de que una modificación de las costumbres les prive de su pasto.

En la rada de Bombay visitamos á Elefanta, la isla de los templos tallados en la roca. Hay que subir una ruda escalera para llegar al famoso subterráneo sagrado, vasta sala de granito sostenida por columnas macizas labradas en la misma piedra. Una luz suave se desliza por los agujeros de la montaña á través de la arboleda exterior.

Los muros están cincelados con la profusión del arte induísta, repitiéndose los motivos indefinidamente. Aparte de estos relieves, quedan casi intactas varias esculturas religiosas: un Siva gigantesco, con tiara monumental, teniendo apoyada en su pecho á Parvati, la más dulce de sus esposas; la triple figura de la Trimurti, Brahma creador, Visnú clemente, Siva destructor, y en el lugar más sombrío la figura de Ganesa, el dios de la Sabiduría, con cara y trompa de elefante, al que rodean varios grupos de mujeres.

Otro templo más pequeño, cuya entrada tiene un cortinaje natural de lianas, está flanqueado por dos leones de piedra en hierático reposo. Dentro de él varias estatuas mutiladas guardan una expresión de vida intensa.

Para explicar los guías esta rotura de imágenes, dicen que fué obra de los portugueses acuartelados en la pequeña isla de Elefanta, cuando fundaron á Bombay, por considerarla punto de mejor defensa que la tierra firme. Tal vez sea verdad que la pasión religiosa aconsejó á soldados ignorantes esta mutilación de ídolos, pero más verosímil parece que el tiempo y la desagregación natural de la roca han causado muchos de los actuales desperfectos.

Lo más asombroso en los templos de Elefanta es el colosal esfuerzo realizado por la arquitectura indostánica troglodita. En la época fabulosa de la India, prefirieron los constructores perforar los edificios á levantarlos, convirtiendo las montañas en templos.

Elefanta y Ellora representan las dos obras más admirables de esta arquitectura realizada á golpes de piqueta. El templo de Ellora en el Nizam fué en su origen una sucesión de celdas abiertas por un pueblo de eremitas en el seno de la montaña. Estas células rocosas acabaron por ornarse con adornos escultóricos. Al sucederse las generaciones de faquires incansables, el excavador se convirtió en estatuario.