Huímos del templo de Kali y su cálido ambiente de matadero, para ir en busca del plácido Jardín Botánico, á orillas del río. Es célebre por sus avenidas de palmeras gigantescas y su bananio reproductor, árbol que vimos en los maravillosos jardines de Java.

Aquí, un solo bananio cubre cerca de un kilómetro cuadrado. Las ramas salidas del tronco primitivo buscaron el suelo, para convertirse á su vez en nuevos troncos, haciendo del árbol único todo un bosque. Contemplamos á distancia este gigante, que al mismo tiempo que invade el espacio verticalmente estira sus brazos con una expansión que parece sin límites, multiplicando sus apoyos en el suelo. Una fila de automóviles, al deslizarse ante sus troncos numerosos, resulta tan diminuta como un rosario de hormigas siguiendo los bordes de un arriate de jardín.

Todas las variedades de la flora tropical se aglomeran en torno á las plazas y avenidas de esta ciudad silenciosa de árboles. El suelo de aluvión aportado por el Ganges, en tiempos remotos, es elástico y esponjoso bajo el pie. El agua muerta de las lagunas, con su costra verde y sus hojas flotantes, del tamaño de escudos, inspira inquietud. Su profundidad misteriosa hace pensar en el caimán del río inmediato, bestia propensa á los cambios de refugio; en la boa redonda como un tronco, que no posee el arma fulminante del veneno, pero quiebra animales y hombres con el apretón de sus anillos, haciendo crujir costillas y vértebras.

Además, vivimos en Bengala, y sobre el suelo de este jardín limpio y bien cuidado marcó numerosas veces sus patas uñosas el famoso tigre que lleva el mismo nombre de la provincia. Aún podría volver. Las bocas del Ganges, con su espesa yungla, sólo están á una distancia relativamente breve, aumentada por las revueltas que traza el río antes de perderse en la bahía del Diamante. El veloz tigre de Bengala lograría salvar esta distancia en poco tiempo, pero la colonización inglesa ha tendido las múltiples barreras de sus fábricas de yute y sus poblaciones de obreros indígenas entre Calcuta y el mar. El tigre hay que buscarlo ahora en plena yungla ó en el interior de la India, donde los rajás favorecen su reproducción para las cacerías.

En cambio, las serpientes venenosas son cada vez más abundantes, ó sus víctimas aumentan en número, debido á su pasividad é imprevisión. Yo había leído que anualmente mueren en la India 20.000 personas á causa de las mordeduras de los reptiles. Cuando menciono dicha cifra, los conocedores del país hacen un gesto negativo. Eso era antes; ahora la mortalidad ha progresado, y se calcula que en los últimos años mataron las serpientes venenosas un promedio de 35.000 personas.

Por ir el indostánico siempre descalzo, es mordido fácilmente en sus extremidades cuando trabaja los campos encharcados que producen el arroz ó al caminar por senderos orlados de traidora vegetación. Además, el indígena puede matar á un hombre, pero teme hacer daño á los demás seres con vida, y la naja, ó sea la serpiente de anteojos, que los portugueses llamaron cobra de capello, le inspira un respeto tradicional. Antes que matarla, prefiere dejarse morder por ella y perecer si tal es su destino.

Los sapwallas, encantadores de serpientes, gozan de cierta consideración religiosa como sacerdotes degenerados de un culto que desapareció. En Bombay y otras provincias se celebra la Naja Pantchami, fiesta anual de las serpientes en honor del dios Krichna, matador de una enorme pitón que desolaba las orillas del rio Jumna.

Se reunen en la plaza más grande del pueblo ó de la ciudad varios cientos de sapwallas, cada uno con una cesta que contiene numerosas cobras. Los indos piadosos traen jarros de leche de búfala, líquido amado por estos reptiles, y cada vasija queda rodeada de un círculo de serpientes que con la cabeza sumergida beben y beben en absoluta inmovilidad. El sapwalla tira de las que están hartas, dejando sitio á las otras en ayunas; pero necesita una gran destreza para librarse del reptil desposeído, que se alza con la gorguera hinchada de furor y muerde cuanto encuentra á su alcance.

Esta fiesta dura un día y una noche. Dos mil ó tres mil cobras se hartan de leche hasta no poder moverse, y á la mañana siguiente los encantadores abandonan el pueblo, dejando caritativamente suelta en la yungla á toda su colección.

Abundan los sapwallas en las calles de Calcuta, siendo admirados por muchos de sus compatriotas que nacieron en países montañosos y helados, donde no existen serpientes.