Los encantadores de Birmania se limitan á hacer bailar los reptiles al son de su gaita. En Calcuta, todo sapwalla lleva con él una mangosta, pequeño cuadrúpedo carnicero, especie de hurón, que se alimenta con reptiles y parece dispuesto en todo momento á pelear con las serpientes, por grandes que sean. Como la autoridad británica, respetuosa para todas las religiones de los indos, se muestra igualmente tolerante con sus diversiones tradicionales, pueden los serpenteros desembalar sobre la acera de asfalto de una avenida ó la arena suave de un jardín público el contenido de sus cestos, preparando el mencionado duelo. La serpiente envuelve rápidamente con sus anillos al pequeño cuadrúpedo, pero éste acaba por vencerla mordiendo su cabeza.

Otros sapwallas son prestidigitadores que emplean para sus juegos reptiles domesticados. Cada vez que me cruzo en la calle con uno de dichos juglares rehuyo su contacto. Van medio desnudos, pero nadie sabe qué puede ocultar su escasa ropa. Tal vez llevan, á estilo de faja debajo del corto taparrabos, ó arrollada en el interior de su turbante, una de sus najas favoritas.

Una mañana, al salir del Gran Hotel, encontramos bajo las arcadas de la avenida principal de Calcuta al más atrayente de los sapwallas. La gente de la ciudad lo mira con interés por ser extranjero. Pertenece á la raza blanca. Tiene bronceados por el sol los miembros que no tapan sus andrajos, pero más allá de los bordes de esta vestimenta astrosa se columbra la delicada palidez de su epidermis. Muestra la flacura, las barbas alborotadas y los ojos exaltados de un profeta. Hace recordar al áspero Juan, cuya cabeza pidió Salomé. Su turbante, sus calzones cortos y una especie de escapulario de tela que cubre su pecho tienen el color de las heces del vino.

Es alto, con la esbeltez descarnada de los árabes del desierto. Lleva un palo sobre un hombro, y de sus extremos penden dos sacos del mismo rojo obscuro de sus ropas. Es indudable que en el interior de dichas bolsas van dormidas ó se agitan agresivamente dos marañas de cables vivos, con la piel moteada y tricolor, la cabeza chata y venenosa.

El faquir rojizo guiña un ojo invitándonos á que le sigamos á una calle lateral, donde los transeuntes son menos numerosos, y sobre el asfalto de la acera, ante la puerta cerrada de una casa á estilo europeo, descarga sus dos sacos, los abre y empieza á extraer el «género». Serpientes, toda clase de serpientes: unas verdes, estrechas y largas, con la cabeza más pequeña que el cuerpo, reptiles de lagunas y arrozales; otras gruesas, cuadriculadas, multicolores, con dos círculos en forma de anteojos en la parte del dorso que corresponde á nuestro cogote, el cuello hinchado como una gorguera, y el hocico triangular saliendo de este capuchón para escupir fríos bufidos.

Vemos inmediatamente la diferencia característica entre la naja y las demás serpientes. Éstas apenas se levantan del suelo. Son «el animal maldito entre todos los animales, arrastrándose sobre el vientre y mordiendo el polvo», como dice el Génesis. La cobra de cuello hinchado se yergue con audacia, apoyando únicamente en el suelo el último tercio de su cuerpo cilíndrico, y mira al hombre frente á frente cuando éste se pone en cuclillas, lo que contribuye á la sugestión que parece ejercer sobre ella el encantador.

Indudablemente, á las más de las cobras les han arrancado los colmillos venenosos. Otras no han sufrido tal operación, pero evitan morder á sus amos después que éstos las ofrecieron muchas veces su diestra cubierta con placas de hierro, en las que se rompieron sus dientes. A pesar de esto, no es raro que los sapwallas mueran mordidos por sus pupilas.

Algo extraordinario debe ofrecer este juglar color de vino, pues inmediatamente acuden y forman círculo numerosos indígenas que parecen admirarle. Dos soldados indos se ponen en cuclillas junto á las serpientes para verlas de más cerca. Brillan sus ojos con un resplandor de chispa metálica, murmuran palabras en su idioma, parecen entusiasmados de encontrar en una calle de Calcuta á estas amigas que les recuerdan su país.

Mientras tanto, el faquir rojizo va desarrollando su espectáculo. La mangosta combate con una serpiente verde en mitad de la acera. Luego pelean dos reptiles. El director de los juegos saca y saca nuevos «artistas» de sus sacos, que parecen inagotables.

No sé por qué, ha fijado su atención en mí. Estoy en la primera fila del corro, y de buena gana retrocedería á segundo término, cediendo á otro mi lugar. En el interior del redondel, donde se mantiene solo el encantador, van y vienen reptiles, obedeciendo sus combinaciones, mientras otros se enrollan y quedan fijos, con la inmovilidad del cansancio. Cada vez que termina uno de sus juegos me habla, me saluda con su diestra, como si me lo dedicase. Presiento que tal predilección, que va acentuándose, acabará por proporcionarme algo desagradable. Aumenta mi deseo de retroceder modestamente; pero no me atrevo á hacerlo. Temo las risas de varias americanas que se hallan á mi lado.