El faquir viene hacia mí y empieza á hablarme, sin que pueda entenderle. Todos los indígenas del corro me miran ahora con interés, como si fuese yo un compañero del encantador. Finge éste que se arranca un pelo de su barba y lo coloca sobre mi solapa izquierda. Luego aprieta sobre el mismo lugar donde puso el pelo imaginario una especie de pañuelo, trapucho algo obscuro, sobre el que han pasado varios años de suciedad.

Aprieta el harapo contra mi pecho, como si restañase un chorro de sangre. Es sin duda para que no se escape el pelo maravilloso. De pronto separa el trapo, da un paso atrás, lanza un grito...

Me doy cuenta de que una cosa pesada cae á lo largo de mi cuerpo, desde el pecho á los pies: ¡chap!... Algo ha golpeado el asfalto, con la gravitación elástica de los objetos duros y húmedos... Inmediatamente surge del suelo una cobra extraordinariamente gruesa, levantándose cuanto le es posible sobre el extremo de su cola, con el cuello cartilaginoso hinchado y temblón, lanzando bufidos por su hocico triangular, furiosa á causa de su caída y de los trabajos abusivos á que la somete su amo.

El pelo de barba puesto sobre mi pecho se ha convertido en una naja enorme, por el poder mágico del faquir. Nadie ha podido ver el escamoteo. ¿Dónde guardaba la serpiente?... ¿En la cintura?... ¿en el turbante?...

Esto me lo pregunto ahora, pues al ver la cobra irguiéndose junto á mis pies, con el hocico agresivo al nivel de mis rodillas, sólo pienso en dar un salto atrás, y casi derribo con mis espaldas á los curiosos que avanzaban su cabeza poco antes por encima de mis hombros para ver mejor.

No me detengo en dicha retirada hasta quedar á respetable distancia del reptil salido de mi pecho. Muchos indígenas ríen, pero debo añadir que son los del otro lado del corro. Los que están á mis espaldas saltan tanto ó más que yo para alejarse de un encantador que se permite tales confianzas con su público.

II
EL PADRE GANGES

Cómo se duerme en los vagones-camas de la India.—Aparición del Ganges.—La sagrada ciudad de Benarés.—La orilla derecha y la orilla izquierda del río santo.—Buda y su «Sermón bajo el árbol».—La fiesta primaveral del «Sivarat».—Navegación por el Ganges.—El baño de los peregrinos.—Los palacios de Benarés.—Olas de flores y cadáveres flotantes ó quemados.—El templo caído en piezas.—Las honras fúnebres del santo bracmán.—Un tenor mahometano canta las glorias del padre Ganges.

Pasamos una mala noche en el tren. La dirección de los ferrocarriles indostánicos se ha preocupado minuciosamente del bienestar de los viajeros. Cuatro de éstos ocupan en los trenes expresos un compartimento amplio, casi un salón. Los vidrios de las ventanas son obscuros como los anteojos que se usan para amortiguar la luz solar, y á través de ellos parece suavizarse el paisaje en las ardientes horas meridianas. Un cuarto con ducha y otros aparatos higiénicos completan la habitación rodante.

Cada uno de dichos salones tiene un criado especial, indostánico de cara cobriza, boca azulada y muda, pies descalzos, larga levita blanca, abultado turbante. Este servidor se oculta horas enteras, como si hubiese abandonado el tren, y aparece de pronto, lo mismo que un fantasma surgido de las ruedas.