«Los marinos imaginativos del mar Rojo—dice Elíseo Reclús—es casi seguro que navegaron hasta el golfo Pérsico y las costas de la India, creándose de este modo, en el curso de los siglos, una enorme ola de fábulas griegas, egipcias, asirias, iranias é indostánicas, que rodó por el inmenso espacio comprendido entre el desierto de Sahara y el desierto de Goby, entre el Brahmaputra y el Guadalquivir, enriqueciéndose incesantemente la facilidad inventiva de cada narrador, hasta que al fin tomó forma concreta bajo la pluma de los escribas árabes, formando la maravillosa colección de Las mil y una noches en la Arabia mulsumana, el Javidan Khirad en la Persia y el Pantcha Tantra en la India.»

Como todos los grandes trasatlánticos siguen longitudinalmente su navegación por el mar Rojo, la entrada del Franconia en Port Sudán causa una verdadera emoción en los habitantes de dicho puerto. Pocas veces han visto un buque de tan considerable tonelaje.

Port Sudán tiene unos treinta años de existencia, habiendo sido creado como punto de partida del ferrocarril estratégico que va á Kartum. Al penetrar en su plaza acuática vemos un pequeño vapor italiano que hace escala antes de llegar á la vecina Eritrea, colonia de Italia.

Nuestro paquebote, por un alarde maniobrero de su capitán, en vez de anclar en el centro del puerto, ya que sólo debe permanecer aquí un par de horas, consigue situarse pegado al muelle, lo que aumenta el asombro de las gentes del país. Parece más pequeño este nuevo puerto cuando la muralla de metal con sus filas de ventanos redondos queda junto al malecón, como si continuase el suelo.

Casi todos los pasajeros siguen el viaje hasta Port Tewfik, en el canal de Suez, ansiosos de ver Egipto. Sólo unos cuantos descendemos aquí para internarnos en Sudán hasta la confluencia del Nilo Blanco y el Nilo Azul, atravesar luego el desierto de Nubia, salvando la línea de obstáculos fluviales que existe entre la sexta catarata y la segunda, y bajar el célebre río entre dicha catarata y la primera. De este modo llegaremos á Assuan, último límite para la mayoría de los visitantes de Egipto que suben el Nilo desde El Cairo, avanzando de Norte á Sur.

Abandonamos el Franconia en el mar Rojo, pero volveremos á encontrarlo en el puerto mediterráneo de Alejandría. Vamos ligeros de equipaje. Hemos de viajar en tren especial por el ferrocarril sudanés que construyó el gobierno británico y en vapores nilóticos del gobierno de Kartum, atravesando tres antiguas nacionalidades, el Sudán, la Nubia y el Egipto, este último en toda su longitud, desde su extrema frontera de Wady-Halfa, en el desierto nubio, hasta el delta.

Al pisar el muelle caemos en un mundo nuevo. Los cambios geográficos y étnicos son más bruscos en los viajes por mar que en los terrestres, donde el observador puede habituarse por gradaciones á las diferencias de personas, edificios y paisajes, entre una nación y otra. Más allá de los barracones del puerto veo arena, arena por todas partes, arena hasta la línea del horizonte: el desierto tal como aparece en los cuadros, con raros grupos de palmeras macilentas. El calor es ardiente, punza la piel apenas nos alejamos de la tibia humedad del mar.

Hace siete días los indígenas que nos rodeaban eran indostánicos sonrientes, tímidos, bien educados. Ahora nos vemos entre negros atléticos, de jeta bestial, con los miembros de ébano surcados por rayas profundas, cicatrices de bárbaras heridas. Llevan faldellines de fibras colorinescas y á modo de bastón se apoyan en una jabalina que puede servir de lanza.

Otros son beduínos de astroso albornoz, con una cuerda de pelo de camello atada á las sienes y la barba tan larga que parece un adorno postizo adherido al enjuto y picudo rostro. Estos musulmanes de tez pálida ó rojiza recuerdan los personajes de ciertas láminas en las ediciones románticas de la Sagrada Escritura. Todos ellos van horriblemente sucios y son al mismo tiempo bellamente majestuosos.

Algunos milicianos del país encargados de la policía del puerto llevan al cinto una bayoneta de cubo, reveladora de la antigüedad del fusil que dejaron en su cuartel. El uniforme de estos guerreros negros al servicio del gobernador del Sudán es de color kaki, como el de cualquier soldado inglés. Lo más original es su tocado, un turbante azul obscuro en forma de pan de azúcar, llevando delante, á guisa de escarapela, el sello dorado de Salomón.