El emperador ó Negus de Abisinia se titula «rey de los reyes» por considerarse heredero directo de Salomón. Mi amigo el eminente escritor francés Hugues Le Roux pasó varios años de su juventud al lado de Menelik, victorioso emperador de Abisinia, y gracias á tal intimidad pudo conocer las tradiciones de su dinastía, guardadas siempre en absoluto secreto.

Los abisinios no llaman Balkis á la reina de Saba, nombre usado por judíos y árabes, que adoptaron finalmente los pueblos de Europa. El nombre abisinio de la célebre reina es Makeda, y las crónicas imperiales cuentan que al volver á Saba tuvo un hijo de Salomón, llamado Baina-Lekhem, «el hijo del sabio». Cuando este príncipe de Etiopía llegó á los veinte años quiso conocer á su padre, y se encaminó á Jerusalén, llevando como identificación de su persona una sortija usada por su madre, recuerdo de amor que le había entregado el rey de Judea en el momento de su partida.

No necesitó Salomón examinar el anillo para reconocer á su hijo. Al ver entrar á éste en su palacio se levantó del trono, tendiéndole los brazos, y dijo á su corte:

—He aquí mi padre, el rey David, tal como era en su juventud. Ha resucitado entre los muertos para venir á visitarme.

Durante algunos meses se sucedieron grandes fiestas en Jerusalén, y el sabio monarca fué concediendo á su hijo toda clase de honores.

Mas en esto, un ángel se apareció en sueños varias noches al hijo de Makeda y á los principales etíopes de su séquito, ordenándoles que penetrasen en el Templo para robar las Tablas de la Ley, guardadas en el Arca Santa, y se las llevasen á su país. Así lo hicieron; y cuando Baina-Lekhem volvió al lado de su madre con dicho objeto divino, los sabeos lo aclamaron llamándole «rey David», nombre que usó el resto de su vida.

De este modo pasaron las Tablas de la Ley á ser guardadas por los emperadores de Abisinia descendientes de la reina de Saba, pero las ocultan y no quieren que sea conocida la existencia de tan valioso depósito, por miedo á que las roben los judíos.

Son los griegos los primeros autores que mencionan el País de los Aromas, pero llegaron á Egipto y conocieron el mar Rojo cuando ya habían terminado las dinastías faraónicas y el dominio del Nilo estaba en manos de los emperadores persas. Herodoto consagra á la deliciosa «tierra de los perfumes» una de sus Historias, afirmando que «esparce un olor divino». El país de Saba era abundante en gomas de rara virtud, como la mirra, el incienso y otras cuyo nombre no se ha podido identificar con los productos actuales. Además daba el kat, hierba que se emplea como el café y embriaga lo mismo que el hachich.

Herodoto escuchó en Egipto todas las leyendas que los navegantes fenicios habían inventado sobre el País de los Aromas para asombro de sus oyentes, y que á su vez los mercaderes gustaban de difundir, con objeto de aumentar el precio de los productos de esta tierra lejana y que nuevos rivales no vinieran á abaratar su negocio. Pequeñas serpientes de cuerpo pintarrajeado y con alas volaban en densas nubes alrededor de los árboles del incienso. Murciélagos feroces de grito estridente y uñas ponzoñosas defendían las plantaciones de canela. Pájaros gigantescos arrebataban á los hombres hasta las nubes, dejándolos caer como pasto dentro de sus nidos fabricados con varitas de cinamomo.

Venir al País de los Aromas era empresa temeraria. Una pintura egipcia representa el viaje de la flota del faraón al oloroso reino de Punt, viéndose en sus diversas escenas cómo las tripulaciones trasladan á las naves árboles de incienso metidos en cestas para replantarlos en su patria.