Cuando aún no existía el pueblo fenicio y ningún hombre había osado navegar sobre las aguas del Mediterráneo, gran número de mercaderes, terrestres y marítimos, traficaban siguiendo las tres líneas de dicho triángulo. Tal vez los primeros trueques comerciales é intelectuales de la protohistoria humana se realizaron en este «trípode» geográfico.

El país de los hymiaritas producía las materias más preciosas de aquella época, las que representaban el mayor de los lujos, el incienso, otras gomas olorosas, y las especias que miles de años después hubo que buscar en Asia. La altura de las cordilleras y sus frecuentes brumas favorecieron dicho cultivo. Además, la industria humana creó pantanos para el riego, cuyos restos milenarios se encuentran aún en las montañas de Arabia.

Dichas obras se arruinaron con el tiempo, y nuevas generaciones, decadentes y faltas de libertad, carecieron de energía para rehacerlas. Esto, unido á un cambio de las condiciones climatéricas, borró la remota civilización de los hymiaritas, convirtiéndose las antiguas plantaciones en arenales y montañas escuetas. Todavía en Abisinia y en las altas planicies de la Arabia Feliz subsiste un recuerdo de la antigua prosperidad con la abundancia de ganadería y campos cultivables, pero los terrenos profundos y ardientes entre estos dos macizos situados á orillas del mar Rojo no recuerdan en nada el famoso País de los Aromas.

Hace siglos que las dos riberas de este mar cayeron en un período de extrema regresión. Ya no producían aromas ni especias, y los comerciantes, al buscar tales productos en la India, preferían traerlos por medio de caravanas á través del istmo de Suez, transporte más rápido, no obstante sus dilaciones y peligros, que el marítimo. Los navegantes del mar Rojo no osaban en los tiempos primitivos apartarse de las costas, anclando todas las noches, y un viaje á la India costaba dos ó tres años. Sólo bajo la última dinastía faraónica descubrió uno de estos navegantes la periodicidad de los vientos monzones, que soplan durante seis meses en una dirección y seis meses en la opuesta, pudiendo lanzarse los buques á las travesías en alta mar, seguros de su llegada á la India y su regreso.

Actualmente, á pesar de hallarse tan próximas las dos costas del mar Rojo, sólo los barcos musulmanes realizan un tráfico insignificante entre los puertos moribundos de la orilla asiática y la orilla africana. Todo el movimiento de este mar es longitudinal desde Suez á Perim, y los miles de buques que pasan por año no se preocupan de las montañas de ambas riberas, que probablemente sirvieron de solar á la primera civilización conocida. Tal vez de la costa asiática que se extiende hasta el golfo Pérsico y de la africana que va hasta el cabo Guardafuí—llamado en otra época cabo de los Aromas—partieron agricultores hymiaritas para colonizar de Sur á Norte las riberas del Nilo hasta su desembocadura en el Mediterráneo.

Poco se sabe de su pasado, pero muchos suponen que además de agricultores fueron mineros, explotando hace miles de años las famosas minas de oro del territorio de Sofala, cuyos productos buscó doce ó quince siglos después el rey Salomón. No se conocen las ciudades que seguramente existieron del lado de la Arabia Feliz y en los montes africanos donde nace el Nilo Azul. Lo más antiguo que se ha descubierto de esta civilización desaparecida es la existencia de Hammurabi, conquistador y legislador surgido del pueblo hymiarita, y dicha existencia la conocen los arqueólogos por los textos cuneiformes de varias piedras tumulares encontradas en el país. Este caudillo del mar Rojo, avanzando por las orillas del golfo Pérsico, se enseñoreó de toda la Mesopotamia y acabó siendo dueño de Babilonia. La riqueza y el comercio de su país hicieron posible tal conquista.

Diez ú once siglos después de él menciona la leyenda á la fastuosa reina de Saba. Sin duda, se llamó Saba la capital floreciente de los hymiaritas, proporcionando á éstos su segundo título de sabeos. Todavía son llamados sabeos los adoradores de los astros que atribuyen al cielo una influencia planetaria sobre el destino de personas y ciudades. Esta astrología sabea fué una ciencia que los comerciantes hymiaritas ó de Saba esparcieron en la antigüedad «de factoría en factoría, de oasis en oasis, de pueblo en pueblo, contribuyendo á dar un carácter casi sacerdotal á una nación de la Arabia Feliz poco conocida». El mundo de entonces admitió con facilidad que una alta potencia mágica debía corresponder lógicamente á la riqueza y los excelentes géneros vendidos por los hombres del mar Rojo.

La esplendorosa Balkis, nombre oriental de la reina de Saba, nació en dicho país, á un lado ó á otro del mar Rojo, pues la nación sabea ocupaba ambas costas. Como es sabido, Balkis visitó á Salomón atraída por su renombre y le «expuso varios problemas difíciles», como dice la Biblia, que el inteligente sultán del pueblo judío resolvió con facilidad.

Después de premiarle con el regalo de su cuerpo, volvió la reina de Saba á su tierra, dejándole un presente de «ciento veinte talentos de oro, gran abundancia de especias y no menos cantidad de piedras preciosas».

Esta visita de Balkis á Salomón ha sido recordada siempre en Arabia y Abisinia. Muchas familias creen descender del encuentro amoroso del rey de Judea con la reina del País de los Aromas, siendo la más principal de todas ellas la familia reinante en Abisinia.