Cerca del hotel vamos pasando entre dos filas de presos negros, vestidos de gris, con una cadena del pie á la cintura, que acarrean á hombros grandes vasijas de agua. Un miliciano de rostro simiesco, carabina corta y mitra negra de persa con el sello de Salomón basta para vigilar esta doble hilera de veinticinco ó treinta presidiarios. En la puerta del hotel algunos marineros árabes nos ofrecen hermosos peces de color de plata, casi tan grandes como sus congéneres de brillo fosfórico que han corrido dos noches junto á la proa de nuestro vapor.
Visitamos con rápida curiosidad las calles de Port Sudán habitadas por los indígenas. Como el terreno debe costar muy poco, estas calles merecen por su anchura el título de plazas estiradas. De un edificio á otro puede soplar el viento libremente, arremolinando la arena del suelo. Muchas casas parecen de piedra, pero vistas de cerca, sus bloques resultan de coral. Todas son con soportales y la mayor parte están ocupadas por cafés.
No se comprende cómo tienen dinero para pagar sus clientes de sucio alquicel, careciendo este país de campos y rebaños. Deben vivir todos ellos del tráfico del puerto ó del comercio de las caravanas. Algunas puertas empavesadas con trapos de abigarrados colorines revelan la existencia de bazares indígenas. Las mujeres usan mantos rojos, y á pesar de ser musulmanas, llevan el rostro descubierto, con joyas bárbaras de cobre en la frente, las orejas y la nariz.
Después de vagar por las tres ó cuatro calles de la pequeña ciudad, nos encontramos en el campo. Arena por todos lados, el desierto con algunos grupos de plantas espinosas. Los camellos, hundidos en dichos matorrales, rumian trabajosamente, con el cuello muy estirado. Blanquean sobre el suelo huesos esparcidos, costillares curvos como aros de tonel, todo lo que resta del esqueleto de una de estas bestias.
Cambia un poco el paisaje al alejarnos de Port Sudán. Los ingleses tuvieron que construir la población en esta llanura arenosa para aprovechar un puerto natural. En las costas del mar Rojo abundan los arrecifes coralinos, son frecuentes los naufragios cuando se navega cerca de la orilla, y la existencia de un buen puerto resulta inapreciable.
Vemos desde el tren cauces de ríos completamente secos y muy anchos. Sólo deben estar llenos unas cuantas horas durante el año, cuando llueve en las montañas de Abisinia y el agua que no recoge el Nilo Azul corre hacia el mar por caminos supletorios. Estos cauces tienen una arena más fina, más próxima á la contextura de la tierra vegetal. A trechos surgen de sus entrañas plantas de un verde más claro y jugoso que el polvoriento de los matorrales.
Junto á esta vegetación extraordinaria y tentadoramente comestible descubrimos unos venados de formas esbeltas, ligeros en sus movimientos, con patitas largas sutiles como agujas, que, al galopar, tienen la vertiginosa actividad de un volante ó una rueda de maquinaria. Son las primeras gacelas que encontramos en este país donde tanto abundan.
Pasa el tren ante varias aldeas rodeadas de árboles. En todas se adivina la presencia invisible de algún exiguo curso de agua. Hay rectángulos de verdura, pequeños campos de plantas comestibles, junto á chozas de techo cónico, que me recuerdan los ranchos de algunos países de la América del Sur.
En las estaciones donde hacemos alto para que la locomotora tome agua, apreciamos de cerca el aspecto de los sudaneses. Hombres y muchachos ostentan un puñal corvo atravesado en la cintura y un garrote de madera blanca en su diestra. La especialidad de estas gentes es que, varones, mujeres y niños, llevan todos la cara surcada de tajos en forma de letras misteriosas ó de jeroglíficos. Sus padres les hicieron estas heridas en su infancia. Son las marcas de la tribu, del pueblo, de la tradición familiar. Un sudanés se consideraría abandonado sin esta historia escrita en su rostro para siempre.
Visten túnica blanca, que ondea detrás de ellos con el aire que levanta su marcha, y ciertos jóvenes de porte audaz, satisfechos de su persona, indudablemente los elegantes del país, llevan colgando sobre el cogote una melena dividida en numerosos tirabuzones.