Ahora ya no hay cocodrilos en el Nilo Bajo. Llegaron á tener en la antigüedad hasta seis metros de longitud; pero la navegación á vapor y los diques del riego moderno los han hecho huir, como ya dije, más allá de la primera catarata. Quedan algunos en Nubia, mas únicamente se les ve en abundancia arriba de la sexta catarata, ó sea á partir de Kartum.

Después de la aparición del ack, los egipcios antiguos seguían atentamente los diversos fenómenos de la crecida: el empuje de las aguas verdes arrastrando la vegetación corrupta de los lagos pantanosos vecinos al Nilo Blanco, la presencia de las aguas «rojas» teñidas por el barro de los torrentes etiópicos; y cuando la corriente empezaba á humedecer las crestas de los diques llegaba el momento más solemne. Grupos de fellahs cortaban los baluartes de tierra que habían servido de compuertas impidiendo hasta el instante oportuno la entrada del agua fangosa en los canales de riego. Los sacerdotes alzaban sus brazos, quedando en hierática postura, para gritar: «Salud, ¡oh Nilo! tú que vienes á dar su vida al Egipto.»

Bailaba la gente lanzando gritos de alegría. Al cortar los malecones de tierra se dejaba un pedazo de dicha compuerta en medio del canal, para que la corriente lo royese, derrumbándolo á los pocos momentos entre aplausos de la muchedumbre. A este mojón de barro lo apodaban «la novia», y según opinión de Reclús, dicho simbolismo obedecía á la idea popular de que todo don de los dioses debe ser compensado por una inmolación. También arrojaban una muñeca en el agua fangosa, tal vez como recuerdo de víctimas verdaderas que habían sacrificado muchos siglos antes para que el divino Nilo no les retirase sus favores.

En la actualidad no se recibe con fiestas religiosas la llegada de la inundación, pero todavía representa el suceso más interesante del año y provoca un regocijo popular. Apenas crece el río, hombres, niños, búfalos y caballos se meten en el agua refrescante y chapotean junto á las orillas horas enteras. Las olas arrastran grandes bancos de peces, y las aves silvestres, así como las de corral, forman bandas sobre la corriente para pescarlos con sus picos. Debo añadir que cuando la tierra, seca y ardorosa durante cuatro meses, empieza á humedecerse con el crecimiento de las aguas, da vida á enjambres infinitos de insectos que sólo los egipcios pueden resistir y justifican la antigua leyenda de las plagas.

El año egipcio figura dividido por los diversos niveles del curso nilótico, que tanto influyó igualmente en la historia del país. Egipto sólo tiene tres estaciones de cuatro meses: la de siembras y crecimiento de las plantas, entre Noviembre y Febrero; la de las cosechas, de Marzo á Junio, y la de inundación, de Junio á Noviembre. El nivel de la crecida fluctúa entre siete y ocho metros, pero tal diferencia, que parece poco importante, determina la abundancia ó el hambre. Si pasa de ocho metros en El Cairo, resulta excesiva y perjudicial; si llega á menos de siete, es insuficiente y la cosecha queda comprometida ó se pierde.

Para evitar tal peligro, se abandonó el sistema de sumersión que usaban los antiguos, dejando confiado el éxito agrícola del año al azar de un nivel mayor ó menor de la corriente inundadora. Ahora el riego se regulariza con ayuda de diques guardadores de poderosas reservas acuáticas, y por medio de canales que las reparten según las necesidades de los campos.

Mohamed-Alí, el déspota progresivo que tantas cosas quiso hacer rápidamente para la civilización de su país, empezó la construcción en el delta de la gran barrera del Nilo, dique que abarca los dos brazos de su desembocadura y eleva el agua, distribuyéndola. Ha influído más en la riqueza de Egipto la barrera de Assuan, que veremos mañana, dique de mil novecientos metros de longitud, con ciento ochenta compuertas que sirven para distribuir las aguas del Nilo de Nubia por el que venimos navegando. Esta reserva se acumula en el antiguo valle de Filaé, convertido en lago durante los meses de sequía.

Como ocurre en todas las obras enormes de la industria moderna, el lago de Filaé es culpable de varios atentados contra el arte, y mantiene además sumergidos algunos pueblos que sus vecinos tuvieron que abandonar. Pero justo es añadir que al mismo tiempo que perpetró estos «crímenes» ha realizado el milagro de doblar ó triplicar la riqueza del país.

Acumulando las aguas del Nilo nubio en su gigantesco recipiente para que no vayan á perderse en el mar, puede distribuirlas con metódica oportunidad á todo el valle bajo del Nilo egipcio durante los meses en que es más pobre su caudal. Gracias á este dique, miles y miles de agricultores pueden cultivar todo el año y en vez de una cosecha dan sus campos dos y tres. En verano, muchas tierras, antes tostadas y estériles, se cubren ahora de cultivos ricos, como la caña de azúcar y el algodón, y en otoño dan el sorgo, alimento del pueblo, que sólo necesita setenta ú ochenta días para madurar.

Se muestran orgullosos los ingleses de esta obra gigantesca realizada bajo su inspiración, mas no por eso debe olvidarse al Nilo, gran benefactor del país. Su agua resultará siempre la creadora del Egipto, sean cuales sean los progresos que realice el hombre en su economía y distribución.