Ahora la barca nos lleva á ver los templos de Filaé. Su tripulación empieza un rito preparador del inevitable bacshis. Reman todos, exagerando su esfuerzo, mirándonos con fijeza para que nos demos cuenta exacta de la importancia de su trabajo. El que lleva el timón lanza un grito, y en seguida los remeros rompen á cantar.

Desde Assuan á las bocas del Nilo, todos los egipcios que hacen algún trabajo juntos deben cantar á coro. Dicha costumbre tal vez data de seis mil años. Ya he dicho que el fellah no puede extraer agua del Nilo sin entonar una canción, y también canta cuando se lo permiten los trabajos de la tierra. Hay pueblos en Europa, especialmente Italia y España, donde el campesino necesita cantar mientras trabaja, pero esto lo hace de un modo individual, y la particularidad del pueblo egipcio consiste en que necesita el canto ó la música para toda labor común.

Tal vez procede esto de la época en que se levantaron las Pirámides y otras obras semejantes, cuando las muchedumbres convocadas por el faraón subían masas enormes de roca por planos inclinados, obedeciendo sus impulsos al ritmo de un canto que excitaba y reglamentaba el esfuerzo de todos. En las obras de albañilería, en las navegaciones nilóticas, en todo acto de laboriosidad colectivo, cantan los trabajadores, y muchas veces da medida á la actividad de sus manos una flauta con acompañamiento de tamboril.

Nuestros remeros cantan, y de otras barcas que cruzan el lago á lo lejos y parecen navegar por el aire de un modo irreal, á causa de la claridad de las aguas que las sostienen, nos llegan nuevos cánticos como respuesta. Cada estrofa la inicia el muchacho bonito que va sentado en la proa, y los ocho remeros contestan con una música que carece de palabras y no es más que una onomatopeya melódica. Su árabe nubio suena con rimas perceptibles para nuestro oído, y el piloto se esfuerza por traducirnos lo que dicen los versos.

Es una canción en la que tal vez tiene más importancia la sonoridad de las palabras que el pensamiento poético expresado con ellas.

«Una bella muchacha ha bajado al jardín», gorjea el adolescente de la proa con su voz dulce de mujer.

Y todos los bogadores contestan en diversos tonos, armonizados por su instinto: «¡Oh!... ¡oh! ¡Oh!... ¡oh!»

Describe el pequeño cantor cómo la bella recoge flores, cómo piensa en su amante, etc., y los remeros nubios repiten su "¡oh!" con entusiasmo, temblándoles los párpados, cual si viesen á la hermosa doncella y la tuvieran al alcance de sus manazas, en este país donde las hembras cuestan muy caras y las que no son bestias de trabajo sólo se dejan ver de los hombres cubiertas con un dominó negro. Únicamente los ricos pueden gozar la sociedad de mujeres verdaderas, dignas de tal nombre por los cuidados de su cuerpo y los hermoseamientos del lujo.

La fealdad algo bestial de estos remeros, su rudeza de musulmanes pobres, contrasta con la rara hermosura del muchachito que inicia el cántico. Uno de los bogadores, el único viejo y barbudo, es sin duda su padre. El niño no trabaja. Tal vez á causa de su buen aspecto lo destinan á entrar como servidor en algún hotel elegante, emancipándose así de los duros trabajos que siempre pesaron sobre su familia.

Va vestido lujosamente, con alquicel blanco y chaleco rayado de colores. El padre es el bogavante, el primer remero junto á la proa, para tenerle más cerca. Se adivina que ni por un minuto lo deja solo, temiendo la inquietante sociedad con sus compañeros de trabajo. En los países orientales la madre no necesita preocuparse de sus hijas; las tienen seguras en su casa, haciendo vida de harén, y cuando salen llevan el rostro cubierto. Los padres sufren mayores inquietudes. Si van á trabajar, llevan al hijo á su lado, lo tienen siempre á la vista, y sólo cuando es hombre y perdió las gracias de la adolescencia se libran del tormento de una vigilancia recelosa.