Empezamos á navegar entre templos sumergidos que sólo muestran sobre el agua un tercio de sus columnatas y las robustas cornisas de piedra. Nuestra lancha está sobre una isla que no vemos, la de Filaé ó Filé.
Antes de construirse el gran dique de Assuan, esta isla quedaba siempre por encima del nivel de las inundaciones. Ahora desaparece durante algunos meses todos los años y los templos que la cubren se convierten en un archipiélago de islotes arquitectónicos. En el Egipto milenario, donde la antigüedad de los monumentos asciende hasta á ochenta siglos, los templos de Filaé pueden llamarse modernos. El más antiguo es de 350 años antes de nuestra era, cuando gobernaba Nectanebo II, último rey indígena de Egipto. Los otros, de asperón blanco, que aún conservan muros con imágenes y capiteles policromos, fueron erigidos por los Ptolomeos y diversos emperadores romanos, ganosos de imitar el arte egipcio para hacerse simpáticos á las gentes del país.
No tienen la majestad robusta de los edificios de Tebas y Memfis; en cambio, parecen más ligeros y agradables á la vista. Son monumentos decadentes creados por la imitación; tienen el atractivo de las obras inspiradas por la moda.
Causa cierta angustia ver sumidos en el agua estos templos á la gloria de Isis, que fueron convertidos después en iglesias por el cristianismo bizantino y en mezquitas por los vencedores musulmanes; pero como todos ellos son de piedra y han resistido el peso de los siglos, afirman los ingleses y los egipcios interesados en el embalsamiento de Filaé que la inmersión anual no puede acelerar su ruina. ¡Así sea!
Desembarcamos en un pequeño muelle de barro junto á la estación de Assuan. Vemos á lo lejos grandes hoteles europeos. En los andenes nos cruzamos con los últimos invernantes que empiezan á retirarse hacia El Cairo á causa del calor.
Ha empezado ya la mala época en la parte alta del valle del Nilo, y pasadas unas semanas se iniciará igualmente la fuga de los que viven en El Cairo.
Muchos visitantes de Egipto, cuando llegan á Assuan, se imaginan estar en lo más remoto del Nilo habitable. Más allá es para ellos el África tenebrosa, el misterioso Kartum, la confluencia de los dos Nilos, etc. Nosotros, en cambio, al llegar á Assuan creemos estar ya en Europa... Históricamente nos consideramos en nuestra casa después de haber vivido entre japoneses, chinos é indostánicos, pueblos que jamás tuvieron relación alguna con la vida mediterránea. Los egipcios fueron maestros en muchas cosas de griegos y romanos, y resultan algo así como remotísimos abuelos de la gran familia latina.
Además, ayuda á esta ilusión lo que vamos viendo en torno á nosotros. Los criados llevan zapatos; en los hoteles hay domésticos franceses é italianos; en todo comedor se encuentra un maître d'hôtel que ha trabajado en la Costa Azul. Después de nuestro largo viaje apreciamos como una excursión insignificante bajar el resto del Nilo, hasta Alejandría, y cruzar el Mediterráneo.
Nos parecen máscaras incomprensibles los hombres del país con sus luengas camisas, las mujeres arrastrando la cola del vestido, tapadas con su antifaz negro y colgante, y ciertos europeos de indumento exótico. Ya podemos decir que hemos terminado nuestro viaje.
Lo único que nos hace dudar de ello es la abundancia de moscas. A partir del mes de Febrero, esta plaga de Egipto resulta indescriptible. El egipcio no parece enterarse de ella. Como la conoce desde que nació, se resigna.