Después de vagar media hora frente á los otros establecimientos que reflejan sus luces en el Nilo, vuelvo á situarme junto á un escaparate de la tienda de los marfiles. Veo á través de los vidrios cómo el comerciante da explicaciones á otros viajeros. Luego les muestra el árabe en cuclillas, ante el aparato aserratorio, con el mismo colmillo en la mano. Y cuando los curiosos se acercan, ¡paf!, vuelve á caer la redondela.
Juraría que es la misma, ligeramente pegada para el simulacro de aserramiento... Hay que economizar el colmillo.
XVII
TEBAS, LA DE LAS CIEN PUERTAS
El papiro y el loto.—Memfis y Tebas.—Los faraones del Alto Egipto.—Tebas, la de los cien pilones.—Falta de edificios civiles en las ruinas egipcias.—Cómo vivía el pueblo.—La lluvia, más temible que un temblor de tierra.—Decadencia de Tebas originada por sus reyes.—Cortejos esplendorosos de los faraones.—Alianza estrecha de los monarcas y los sacerdotes.—El palo, batuta directora de la vida egipcia.—Los hijos actuales de los «fellahs».—La admirable columnata de Karnak.—Cómo eran los templos egipcios.—La soledad de Tebas durante largos siglos.—Eremitas cristianos de la Tebaida.—Las tentaciones de San Antonio.—Ruinas de Tebas animadas por el diablo.—Nuevos siglos de soledad.—Los soldados de la República aplauden la más asombrosa de las decoraciones.
Abro el balcón de mi dormitorio y, aunque la hora es muy temprana, penetra un chorro de sol cegador, en el que aletean numerosas moscas. Al sacudir la torpeza del sueño me doy cuenta de que vivo en la antigua Tebas, capital donde se concentraron las mayores grandezas históricas de Egipto. Estas riberas del Nilo son las clásicas, las que empezaron á describir poetas y viajeros hace dos mil años.
El esplendor de la luz resulta aquí una riqueza y un tormento. Como han dicho algunos, el sol de Egipto no es radioso, es rutilante, y el suelo parece devorado por los fuegos del día. No carecen de árboles las riberas nilóticas, y sin embargo es difícil encontrar en ellas un poco de sombra. Sus pequeñas arboledas se componen de acacias que dan la llamada goma arábiga, de tamariscos, cuyo débil follaje ha sido cantado por los poetas árabes, y sobre todo de palmeras, hermosas visualmente pero de sombra mediocre.
Dos ciudades se reparten la milenaria historia de Egipto: Memfis, en el Nilo Bajo, cerca del Cairo actual, y Tebas, metrópoli del llamado Nilo Alto, en tiempos que la influencia egipcia no iba más allá de la primera catarata. Los faraones usaban dos coronas, para representar su autoridad sobre los dos Egiptos.
En todos los documentos y en las inscripciones lapidarias, dos plantas del Nilo simbolizaban jeroglíficamente las dos secciones del Imperio faraónico: el papiro y el loto. El papiro, planta característica del Bajo Egipto, lo cultivaban los agricultores del delta á causa de su valor industrial. Daba su médula nutritiva para alimento de la familia; sus hojas ligeras y flexibles las empleaban los cesteros, y sobre todo era buscado por su epidermis, con la que se fabricaba una especie de cartón que sirvió de papel á los antiguos. El loto, símbolo del Alto Egipto, ó sea de Tebas, se cubría de flores blancas, azules ó encarnadas, siendo comestible su semilla, llamada por los extranjeros «haba de Egipto».
Hoy apenas se encuentran en todo el curso del Nilo estas dos plantas que sirvieron de emblemas nacionales. El cultivo moderno ha hecho suceder una nueva flora á la antigua, que ya no es más que un recuerdo histórico.
Contemplo desde mi balcón el muelle inmediato, un poco más lejos el Nilo brillante bajo el sol matinal, enfrente la ribera izquierda con sus campos verdes de cereales, y en el fondo las montañas desnudas y rojizas del desierto Líbico. A mis espaldas, más allá del hotel y las construcciones cercanas, existen igualmente una faja de campos nilóticos y las montañas secas y rojizas del otro desierto, que es el Arábigo.