—En todos los viajes es lo mismo, mon cher. Así como nos acercamos al Ecuador, los hombres se ponen locos y hay que sacudírselos como moscas. Y yo, ¡por nada del mundo!... ¡Aunque me ofrezcan mil! ¡aunque me ofrezcan dos mil! Aquí todo se sabe, y aunque no se supiese, es lo mismo. Después, cuando llegamos a Buenos Aires, se dan importancia por las bondades que una ha podido tener en el buque con ellos, y lo cuentan, y es inútil que se traigan buenas toilettes de París y que una mujer se presente bien. Se pierde importancia, se desvaloriza, como dicen allá, y los amigos que esperan con interés vuelven de pronto la espalda... ¡La novedad! ¡El ser de uno nada más, para que pueda darse importancia y sus amigos le tengan envidia! Usted no sabe lo que en América se paga esto, mon cher. Vale tanto como un vestido chic y mucho más que la hermosura... No; aquí, en el buque, nada. Lo repito: aunque me diesen dos mil; aunque me diesen tres mil...
Admiraba Maltrana la facilidad con que esta joven repetía entre muecas de desprecio las cifras de miles y miles, ella que, semanas antes, en su pisito de la Avenida de Ternes llevaría indudablemente la cuenta del gasto diario con el esmero de una mujer ordenada, aunque de mala vida, que desea hacer ahorros para la vejez. Era la influencia del medio, la marcha hacia el país de la esperanza, que trastornaba diariamente en todos los cerebros las tímidas y estrechas apreciaciones del viejo mundo.
En el buque se hablaba a todas horas de cientos de miles de pesos, de campos de leguas y leguas, de terrenos cuyo valor podía centuplicarse en un sólo día. El franco y los céntimos trabajosamente ahorrados quedaban atrás de la popa, se perdían en el horizonte como algo vergonzoso que convenía olvidar. Eran el ensueño y la miseria de una humanidad anterior que afortunadamente no volvería a existir.
—Hay que ser prudente—repitió Marcela—; piense usted en el negocio y no pierda el tiempo en amores. Los que nacemos pobres no debemos permitirnos estas tonterías. Ya se ratraperá usted cuando sea viejo y rico. Entonces se dará el gusto de arruinarse por alguna muchacha que pueda ser su nieta... Y si ahora tiene usted verdadera necesidad de amor, no pierda el tiempo con nosotras: busque entre las personas «bien» que vienen en el buque. Ninguna de nosotras se atrevería a demostrarse como esa señorita alta, del pelo cortado. Al final del viaje va a resultar que somos las más juiciosas de a bordo.
Era notable la ponderación de esta muchacha que administraba su sexo con el mismo tino de un comerciante que sabe ofrecer o retirar el género a tiempo para mantener su valor.
—La cosecha es magnífica—dijo Isidro aquella mañana, apoyándose en un hombro de Manzanares—. No se preocupe, mademoiselle. Todas en el buque dicen lo mismo. Los Bancos no restringirán los créditos, todo el que pida dinero lo tendrá; y marcharán los negocios, y se vivirá bien, «en el mejor de los mundos»... Pero aunque un accidente inesperado diese al traste con esa cosecha que tanto le interesa, usted no debe afligirse. Aquí tiene a monsieur Manzanares, hombre generoso, que, según parece, está enamorado de usted y se dará por contento si puede hacer su felicidad.
—El señor—dijo Marcela sonriendo—ya sabe que en el buque no acepto nada.
—Bueno; pues será en tierra. Y de seguro que está deseando llegar a Buenos Aires cuanto antes, para poner a sus pies todas las blondas y puntillas de su establecimiento.
Manzanares, con el rostro verdoso y una sonrisa feroz, tartajeaba su protesta.
—¡Pero a usted quién le mete!... ¡Usted qué sabe!