—No señor; hablábamos de cosas serias, de cosas de allá. La señorita deseaba conocer mi opinión sobre la próxima cosecha.
¡Ah, la cosecha!... Maltrana sonrió al recordar que la próxima cosecha en la República Argentina era el principal motivo de conversación para una gran parte de los que iban en el buque, y un pretexto de continua consulta para aquella francesa rubia, que figuraba en el registro del buque como viajante en modas y sombreros, profesión que hacía torcer el gesto a muchos maliciosamente.
También a él le había hecho la misma consulta mademoiselle Marcela la primera vez que se había aproximado a su sillón, atraído por la novedad de su habla castellana incrustada de palabras francesas e italianismos del léxico popular de Buenos Aires.
Era este viaje el quinto que emprendía a las riberas del Plata, y mostraba una pericia de navegadora trasatlántica en su amabilidad con el personal del buque que mejor podía servirla, en la reserva discreta con que se mantenía aparte de los pasajeros de una clase social superior—especialmente de las señoras, modo seguro de evitarse desprecios y malas palabras—, y en su acierto al escoger su lugar en la cubierta, colocando el mismo sillón de junco, las almohadas y las mantas que le habían acompañado en anteriores viajes. «Yo voy a Buenos Aires casi todos los años—había dicho al curioso Maltrana para cortar sus preguntas insidiosas—. Es mi negocio; viajo por una gran casa de sombreros.» Maltrana, malicioso e incrédulo, pensaba que la hermosa viajera comercial no debía llevar con ella otras muestras que los propios sombreros, un poco fatigados. Para economizar su uso, defendía los postizos de su cabeza rubia con una variedad de gasas de colores adquiridas en los montones de los grandes almacenes de París. Al saber que Isidro iba como ella a la Argentina, le había preguntado por la próxima cosecha, creyéndolo un propietario de aquel país.
Después, con las frecuentes conversaciones, se había establecido entre ellos cierta intimidad. ¡El dinero! ¡Lo que costaba de ganar y lo necesario que era para la vida!... Y la «bella sombrerera», como la llamaba Isidro socarronamente, entornaba los ojos hablando de los sacrificios que impone el negocio; de lo triste que era abandonar su pisito de la Avenida de Ternes, donde todo estaba en orden y a punto para las necesidades de la vida, con el cuidado de una mujer que sabe dar valor a los pequeños objetos y colocarlos en su sitio. Hablaba con ternura infantil de Chifón, un gato obeso y lustroso, y de dos canarios que había confiado a la portera. Otras veces recordaba melancólicamente al «buen amigo» que vagaría por el bulevar esperando su regreso, un joven verdaderamente chic, aunque pobre, con el que estaba en relaciones hacía algunos años. ¡Y las amigas! ¡Y los teatros! ¡Y había que abandonarlo todo por... el negocio! «La vida es triste, decididamente triste.»
Cuando Isidro, que no podía aproximarse a una hembra deseable sin iniciar un intento de posesión, creyó de su deber mostrarse amoroso de Marcela, ésta acogió sus palabras con cierta severidad... ¡Un hombre que iba al Nuevo Mundo en busca de fortuna pensar en fruslerías amorosas que podían quitarle el tiempo necesario para los negocios! La vida es seria, y hay que aprovechar la juventud para asegurarse un porvenir. Luego, cuando se cuenta con el apoyo de los ahorros, puede uno permitirse alguna locura... ¿No sufría ella igualmente por culpa del negocio, teniendo que hacer sus viajes a América siempre que las amigas de allá le escribían que la cosecha era buena y el dinero iba a circular en abundancia?... En todos los puertos llenaba tarjetas postales con frases de intenso amor aprendidas en las comedias. No podía leer seguidamente unas cuantas páginas de aquel volumen amarillo de tres francos cincuenta, pues se escapaba de su brazo caído o quedaba olvidado sobre el sillón. Pensaba en el «buen amigo», el hombre chic y sin recursos, que dejaba por algún tiempo. Se había hecho retratar numerosas veces por un camarero de a bordo que explotaba la instantánea, y estas hojas de papel saldrían camino de París en la primera escala que hiciese el buque, representándola de pie y mirando el mar con aspecto melancólico, o tendida en el sillón con el rostro apoyado en una mano y ojos «de ensueño», haciendo crochet, leyendo... pero siempre pensando en él.
—Yo tengo mi beguin—continuaba ella, en su lenguaje políglota—. Pero hay que ser seria, ¿no? y pensar en la plata para los viejos días. ¡Si fuese una a hacer caso de todos los que dicen ser enamorados! Macanas, che, créame a mí... Además, usted es pobre, y yo no comprendo a un hombre pobre; no tiene significación para mí; no sé qué pueda ser eso. Conozco a muchos que no tienen un sous y resultan simpáticos; pero los trato como camaradas nada más. Gastón, mi amigo, se arruinó, y aunque ahora está en la puré, volverá a tener plata cuando mueran sus tías... No ponga esa cara de cabotin enamorado; no me conmoverá niente. Soy vieja para creer en eso. ¡A me con la pigolita!...
Y para amostrar su incredulidad de negocianta de amor sorda a todos los gestos, palabras y juramentos de los parroquianos, repetía con delectación la frase criolla, final obligado de todos sus discursos: «¡A mí con la piolita!».
No era Maltrana el único que se había aproximado queriendo perturbar con diabólicas propuestas su tranquilidad de argonauta reflexiva y prudente, aquel quietismo monacal de plácidas digestiones y largas siestas, que era para ella el encanto más grande de las travesías oceánicas. Sus ojos de un azul claro, su cabellera rubia cenicienta, su carne blanca, jugosa y de ligeros tonos amarillos semejante a la fresca pulpa de un melón, parecían valorizarse con nuevos encantos así como transcurrían los días. A cada singladura los paseantes desfilaban con más lentitud ante su sillón, echando miradas de través. Aumentaba el número de los señores graves que permanecían de pie cerca de ella contemplando el mar con aire pensativo, mientras de sus labios fingidamente inmóviles dejaban caer proposiciones con acompañamiento de cifras.
Marcela ya no hablaba con Isidro de la gran casa de París que le había confiado su representación. Parecía olvidada de los sombreros, pero seguía aplicando a su verdadera industria una meticulosa prudencia comercial. ¡Los hombres!... Los unificaba en su pensamiento, viéndolos con idéntica contracción de espasmo lúgubre y el mismo ronquido de agonía, eternos gestos con los que terminaba para ella indefectiblemente toda intimidad. Creía de buena fe, con un escepticismo de profesional fatigada, que todos habían venido al mundo sólo para esto y eran incapaces de experimentar otros deseos.