—¡Bien empieza el día para éstos!...—murmuró Isidro—. Y la yanqui parece una niña con ese casquete gracioso de paje veneciano. ¡Qué pedazo de mujer!... Buenos días, señora.

Saludó sin detener el paso, con una reverencia que juzgaba graciosa, «la reverencia de peluca blanca y tacones rojos», según el la titulaba, y vio por un instante unos ojos irónicos y una boca bermeja que contestaban a su saludo.

—Otro que fuese inmodesto—siguió murmurando Maltrana—llegaría a tener sus pretensiones sobre esta señora. No puede verme sin reírse... Así empiezan, según opinión general, las grandes pasiones; y el amigo Ojeda, si no estuviese ciego, como todos los enamorados, debería mirarme con cuidado... Pero dejémonos de pompas y vanidades y atendamos a nuestros amigos. Allí viene uno... Buenos días, monsieur.

Se cruzó con el hombre «fúnebre y misterioso», su vecino de camarote, vestido de luto como siempre y con el rostro cuidadosamente afeitado. Apenas dobló su digna tiesura con una ligera inclinación de cabeza. Luego envolvió a Maltrana en una ojeada fugaz de sus pupilas azules y duras, y siguió adelante, contestando con voz seca: «Bonjour, monsieur».

Rio Isidro, mientras el otro se alejaba como ofendido por el saludo.

—El amigo Sherlock Holmes está enfadado. Se acuerda todavía de la broma de la otra noche. ¡Mal corazón!... ¡Como si todos estuviésemos obligados a vivir tristes y vestidos de luto, como él!... ¿Qué hará en este momento la princesa que guarda encerrada en el camarote?... ¡Y no haber descubierto yo todavía este misterio! ¡Qué vergüenza!

Cesó de pensar en el hombre negro y su incógnita cautiva al volver a la banda de estribor. Dos parejas permanecían inmóviles, en íntima conversación, entre los pasajeros que caminaban por este lado del buque siguiendo su marcha matinal. En último término, hacia la proa, Ojeda y Mrs. Power continuaban acodados en la barandilla. En el extremo opuesto, o sea cerca de Isidro, estaba de pie Manzanares al lado de un sillón de junco con almohadones bordados, en el que aparecía casi tendida una mujer rubia, con un brazo caído y un volumen en la mano. Los ojos del comerciante fijábanse con avidez en la nuca perfumada por las matinales abluciones y todas las blancuras inmediatas revelarlas por la entreabierta penumbra de la blusa. De aquí saltaba su mirada a las redondeces de las piernas, envueltas en calada seda, emergiendo entre el follaje sedoso de las faltas.

Maltrana se acercó a él como si hubiese olvidado la escena de poco antes.

—Aquí le quería pillar, calaverón, tenorio de la calle Alsina... De seguro que está usted declarando su amor a esta señorita, en estilo de factura.

Visiblemente irritado Manzanares por la burlona intervención, se apresuró, sin embargo, a contestar, temiendo que Isidro persistiese en sus bromas.