Maltrana la interrogaba con la mirada y el gesto. ¿Y qué tenía que hacer él en este asunto?...
—Lo que yo quiero, señor, es que usted le hable al doctor Zurita, ya que es su amigo y los veo siempre juntos. A mí me da vergüenza acercarme a él sin conocerlo. Creo que ha sido mandón en Buenos Aires. Además, es doctor, y usted ya sabe lo que eso representa. Un doctor manda mucha fuerza, y más si es doctor porteño, pues ahora ellos se lo guisan y se lo comen todo, sin dejar nada para los demás, según decía mi finado... Si es tan amable que quiere oírme, yo le explicaré mi pleito, y a él de seguro le bastará una palabrita a los que mandan para que todo se arregle «sobre el tambor», como decimos allá. Se ve que es un buen caballero, cristiano y serio, como mi doctor. Me han buscado muchas personas de Buenos Aires para encargarse del asunto: hombres de negocios, gente que me daba miedo, y he dicho siempre que no. Mi finado les tenía horror a las «aves negras».
Calló un momento doña Zobeida, como si vacilase, pero luego añadió con timidez:
—Aquí mismo, en el barco, hay un señor que no sé cómo ha sabido lo de mi pleito, y según me dicen, quiere hablarme... Es el papá de esa niña que llaman Nélida, la que siempre anda revuelta con los muchachos. A mí no me gusta hablar de nadie, cada uno que se arregle con Dios; pero, francamente, señor: ¡esa niña que parece una cómica, y fuma, y no respeta a su madre! ¡Y ese padre que no la reta y se ríe de sus travesuras!... Que viva cada uno a su gusto, pero yo no quiero tratos con gringos de tal clase. Prefiero a los míos; y desde que sé que el tal señor desea hablarme del negocio, tengo más ganas de pedir al doctor Zurita que me dé su consejo.
—Lo verá usted, doña Zobeida. Yo me encargo de la prestación.
Sonrió la vieja dama con una alegría infantil, mostrándose aún más locuaz y comunicativa.
—El negocio hubiese llegado a término hace tiempo si mi finado tío viviese. Le habría bastado con enviar una carta a nuestros parientes de España. Pero ocurre lo que ocurre porque el rey de allá no está enterado. Usted, señor, que sabe tanto y que allá en su tierra es doctor indudablemente, o ese otro caballero que va con usted, tan buen mozo, tan distinguido y serio, y que también será doctor, cuando vean al rey díganle lo que nos pasa a los Vargas del Solar, los herederos del alférez. Usted verá al rey seguramente. Los doctores tienen siempre gran metimiento con los que gobiernan: en mi país, todos los amigos del Presidente son doctores... Mi pleito se resolvería «sobre tablas», como quien dice, sólo con que el rey enviase una esquelita al gobierno de Buenos Aires, o mejor aún, al gobernador de Salta, diciendo: «¿Qué es esto, señores? Lo dado, dado está, y entre caballeros no está bien faltar a la palabra. Entreguen ustedes a los descendientes del alférez Vargas lo que mis abuelos tuvieron a bien darle, y no se hable más del asunto». Y tengo la certeza de que así lo escribiría el buen rey si alguien le hablase y le enseñase nuestros papeles.
—Se le hablará—dijo Maltrana con acento de resolución, sin el más leve asomo de risa—. Se enterará de todo el buen rey, y escribirá la carta tan pronto como yo lo vea.
Y como si temiese el contagio risueño de los ojos de Conchita, la cual fruncía los labios para conservar su gravedad, Isidro se despidió de doña Zobeida, repitiendo la promesa de presentarla al doctor después del almuerzo.
Al ir hacia proa, vio apoyados en la barandilla a Ojeda y Mrs. Power, mirando el mar, con los codos y los flancos en apretado contacto. La brisa retorcía como espirales de fuego algunos rizos de la norteamericana que se escapaban de un sombrerillo de tela de oro.