Quedó Maltrana pensativo, y dijo luego a Fernando:
—Creo que usted y yo podíamos dedicarnos a eso de las conferencias. Según parece, gusta mucho en América y proporciona dinero. ¡Qué países tan interesantes! ¡Pagar por oír discursos!... ¡Tantos que hablan gratuitamente en nuestra tierra, y aun así no encuentran las más de las veces quién los escuche!
Recordó Ojeda su vida en Buenos Aires años antes y las conferencias a que había asistido. Los pueblos jóvenes sienten el mismo afán de los escolares aplicados y curiosos, que, luego de oír las lecciones de los maestros, desean conocer las interioridades de su vida. No les bastaban los libros y las obras de arte enviados por el viejo mundo; querían ver de cerca la personalidad física de sus autores.
—Y todos los años, amigo Isidro, llegan a Buenos Aires hombres ilustres con el pretexto de dar conferencias, pero en realidad para satisfacer la curiosidad de los argentinos y para orgullo de las numerosas colonias europeas, que al exhibir y festejar al compatriota célebre, parecen decir: «No todos somos unos ignorantes que aramos la tierra o vendemos detrás de un mostrador. Bueno es que estos criollos se enteren de que en nuestro país hay "doctores" mejores que los suyos...» Y las gentes, al saber que ha llegado el autor de un libro que leyeron hace tiempo por casualidad, o el personaje político cuyo nombre encuentran todas las mañanas en el periódico, se dicen: «Vamos a ver de qué casta es ese pájaro». Gastan unos pesos para encerrarse en un teatro, de cinco a siete, y arrullados por la voz del conferencista comparan su rostro con los retratos publicados, se fijan en el corte de su levita (convenciéndose una vez más de que en la Argentina visten las gentes mejor que en Europa), y hasta cuentan las veces que bebe agua. Además, se dan el gusto de ponerlo en caricatura y le atribuyen anécdotas en las que aparece asombrado al enterarse de que en América ya nadie gasta plumas. Porque allá, las gentes tienen empeño en que los europeos se los imaginen como indios emplumados, para poder reírse después, con un gozo infantil, de la gran ignorancia de los del viejo mundo.
Cesó de hablar Ojeda, sonriendo como si le regocijasen interiormente sus recuerdos, y luego continuó:
—Las señoras que por curiosidad llenan los palcos, desaparecen a la tercera conferencia, y hacen bien, porque se aburren a morir. Ellas sólo gustan de los conferencistas que recitan versos... Pero quedan los intelectuales del país, los «doctores», que asisten con una hostilidad manifiesta, y al entrar se dicen unos a otros: «Vamos a ver qué nos cuenta ese señor». Luego, a la salida, protestan a coro. «No ha dicho nada nuevo; no hemos aprendido nada, absolutamente nada...» ¡Como si el encontrar algo nuevo fuese cosa de todos los días! ¡Como si un hombre que encontrase algo nuevo en su país fuese a decir a sus compatriotas: «Tengan ustedes paciencia, aguarden un poquito. Voy a tomar el trasatlántico para contar a los señores de América mi descubrimiento, y en seguida vuelvo...»! ¡Como si con los medios de comunicación de nuestra época y lo difundido que está el libro, fuese posible ir a parte alguna con una idea reciente sin que al momento salten treinta o cuarenta diciendo: «Eso ya lo sabía yo...»!
—Entonces—interrumpió Maltrana—, en esos viajes de los conferencistas la llegada es siempre más gloriosa que el regreso.
—Ciertamente. Cuando nuestro buque fondee en Buenos Aires, verá usted banderas, oirá músicas y aclamaciones. Luego, satisfecha la curiosidad sobreviene la indiferencia, y los héroes de un día se reembarcan sin otro acompañamiento que media docena de amigos que quedan allá como cónsules de su renombre y encargados de sus negocios. Los únicos que no olvidan son los «doctores», que para convencerse de su propia superioridad, repiten: «No ha dicho nada nuevo. Lo sabíamos todo...». Y esto ocurre porque nadie en la vida expone la verdad corajudamente; porque el conferencista debía decir el primer día a su público: «Todos ustedes, que viven batallando por el dinero, deben figurarse por qué he hecho yo esta larga travesía, viniendo a una tierra que no tiene el Partenón, ni las Pirámides, ni la Alhambra. No sería correcto colocar mi sombrero en mitad de una acera, diciendo: "Yo soy Fulano de Tal, que he venido a verles. Echen algo para que me lleve un buen recuerdo de este país de riquezas". Por eso prefiero exhibirme en un teatro y justificar la generosidad del público con dos horas de aburrimiento y vulgaridades...». En el fondo, esto y nada más es una serie de conferencias. Un pretexto para que el país se muestre generoso con la celebridad que lo visita.
—Ya veo claro—dijo Maltrana—. Una especie de premio Nobel que la Argentina se permite el lujo de regalar a alguien que es conocido por algo, siempre que se tome el trabajo de ir a pedirlo en persona... Con la diferencia de que este premio Nobel es por cotización popular.
—Exacto. Y no crea usted que el país pierde nada con ello. Para su gloria mundial, jamás dinero tan bien gastado como los cinco pesos que cuesta oír una conferencia. El conferencista, al llegar a u país, olvida con la distancia los arañazos de los remotos «doctores» y sólo ve el cheque que guarda en la cartera. Una cantidad de poca importancia para allá; pero que traducida a dinero de Europa representa cincuenta mil o cien mil francos: el producto de media docena de libros, el sueldo de ocho años de cátedra ganado en un par de meses.