Ojeda se imaginaba las consecuencias del viaje. La esposa del hombre ilustre renovaba el mobiliario y el vestuario de la familia; los dos cónyuges adquirían una casita de campo para que los niños se criasen mejor; todos en el hogar prorrumpían en elogios a la Argentina, y los amigos y hasta las más lejanas relaciones fijaban su atención en este país maravilloso, donde no hay más que agacharse para encontrar plata. Los compañeros del ilustre maestro se mordían los labios de envidia, y cuando en los azares de la existencia encontraban a alguien venido de la Argentina, aunque fuese un necio, lo adulaban y lo acosaban, dando a entender que ellos también irían allá... a la más ligera invitación. El conferencista considera como un deber escribir un libro que demuestre su agradecimiento, un libro concebido a través de gratos recuerdos, y que resulta ampuloso y glorificador como una oda de encargo oficial. Y cuando algún malhumorado ruge contra la lejana República, dando a entender que las cosas son en ella muy distintas de como las imagina el optimismo, el grande hombre salta indignado en defensa de un país cuyo nombre mencionan siempre con veneración su mujer y sus hijos.

—Yo que creía—interrumpió Isidro—que estos conferencistas eran unos amables burlones, que después de explotar la credulidad americana se reían de ella...

—Tal vez hayan pensado así algunos; pero al final los explotados son ellos, pues por impulso propio hacen al volver a sus tierras una propaganda que de ser obra del gobierno costaría millones. ¡Quién sabe cuánta parte tienen ellos en la fama reciente y mundial del país adonde vamos! Bien puede ser que alguno haya hecho surgir en nosotros la primera idea inicial de este viaje con una lectura que ya no recordamos...

Isidro, que al mismo tiempo que escuchaba a su amigo seguía con los ojos el curso de los paseantes, le tocó en un codo, interrumpiendo sus palabras.

—Mire usted a la sin par Nélida. Acaba de subir a la cubierta, y ya van saliendo del fumadero sus adoradores... ¡Saludo a la pasajera más hermosa de todo el buque!

Nélida dilató los frescos labios, contestando con su sonrisa felina a la genuflexión versallesca de Isidro. Luego pasó ante «el banco de los pingüinos» irguiendo su aventajada estatura, desafiando con su mirada cándida el enojo de las imponentes señoras. Las más fingieron no verla, para no responder a su saludo. Algunas contestaron «Buen día, niña» con voz triste y ojos de conmiseración, como si fuese una enferma cuyo fin consideraban próximo.

—Esa Nélida es de una audacia estupenda—dijo Maltrana—. Sabe que todas las señoras hablan de ella con escándalo, y las saluda como en los primeros días, cuando la creían una muchacha juiciosa. Los desprecios y los bufidos resbalan sobre su persona sin molestarla.

Habló Isidro de la indignación de las matronas, que consideraban como un tormento viajar con sus hijas teniendo que sufrir la compañía de Nélida.

—Prohíben a las niñas que la saluden, cuando en los primeros días de navegación era la más agasajada por todas ellas... Pero las niñas fingen obedecer, y la buscan en secreto, lejos de las mamás. ¡El encanto de rozar lo prohibido! ¡La mágica atracción del pecado!... Por las tardes, mientras las señoras dormitan, suben ellas con Nélida a la última cubierta para que las enseñe a bailar el tango... pero el tango tal como se baila en los cafés nocturnos de Berlín. Piensan como excusa que cuando bajen a tierra ya no la verán más, y que aquí en el buque todo resulta bien.

Siguió Nélida adelante, hasta llegar al extremo de babor, donde estaba sentada su madre, teniendo a un lado al hijo medio imbécil y al otro el venerable jefe de la familia, que balanceaba su cabeza de patriarca entornando los ojos, cual si acariciase mentalmente un negocio nuevo.