—Se equivoca usted, señor Ojeda. Yo soy un indigno pecador en muchas cosas... menos en ésa. Tengo mis defectos, como todos los hombres, pero lo que usted cree... ¡nunca! Yo no pienso jamás en esas niñerías. ¡Yo soy muy hombre!

Golpeábase el pecho con arrogancia al hacer esta viril declaración, y Ojeda admiraba la incoherencia del pobre sacerdote, que repetía con orgullo su calidad de masculino como prueba de virtud.

—Soy muy hombre, don Fernando, y por eso me deja indiferente ese pecado tonto en el que usted piensa y que sólo proporciona escándalos y quebraderos de cabeza... Otros pecados, no digo que no...

Una sonrisa de malicia infantil arrugó sus mejillas morenas, en las que se marcaba la mancha azul de la recia barba. Quedaron al descubierto sus dientes apretados, deslumbradores, que denunciaban una gran fuerza triturante. Contemplando su ávido brillo, creyó Ojeda en la pureza de aquel hombre. La voluptuosidad había contraído en él todos sus tentáculos, para replegarse sórdidamente en el paladar y el estómago.

Maltrana le había hablado algunas veces del apetito insaciable de don José, de la prontitud con que acudía al comedor apenas sonaba la trompeta, de la profusión con que recolectaban sus manos emparedados y galletas en las bandejas a la hora del té, del entusiasmo con que elogiaba la abundancia nutritiva a bordo del Goethe. Su capacidad de alimentación sólo era comparable, según Isidro, a la de un náufrago que se salva o a la de un habitante de ciudad sitiada que se rinde después de varios años. Cuarenta generaciones de jornaleros hambrientos comían por su boca.

En aquel mismo instante, mirando Ojeda hacia el paseo de babor, vio a Isidro que acababa de abandonar su conversación con las señoras y venía hacia él. Pero se detuvo ante la familia de Nélida. El padre, sin moverse de su asiento, hablaba con Martorell, el poeta bancario, y Maltrana, después de escucharles unos segundos, se inmiscuyó en la conversación.

—Yo necesito, para abrirme paso, una señora que me proteja—continuó don José—. Pero eso no es fácil; en nuestro mundo hay modas, como en todos los mundos, y vanidades y categorías. Yo soy un pobre cura que sólo sabe cumplir como buen trabajador.

—Debía usted imitar—dijo Ojeda—a ese abate francés que tanto entusiasma a las señoras.

—¡Cállese, señor!—protestó el cura—. Yo no sirvo para titiritero. Los españoles no sabemos hacer comedias: tenemos más seriedad... ¡Yo soy muy hombre!

Y resumía su indignación con un fiero golpe en el pecho, afirmando varias veces que era muy hombre.