—Tal vez en tierra me sea más fácil abrirme paso. Yo no soy cura a la moda, pero soy cura español, y esto algo debe valer entre gentes que son de nuestra sangre, hablan nuestra lengua y profesan el catolicismo porque España fue la primera en descubrir sus tierras. Ahí está la buena señora doña Zobeida, ese ángel de bondad; para ella no hay más sacerdote a bordo que yo: el obispo y el abate, como si fuesen zapateros. ¡Ojalá se resolviese lo de su pleito y cambiase de fortuna! Ciertamente que no me olvidaría... Además, en aquella tierra, según dicen, el exceso de dinero y la abundancia de negocios malean a los sacerdotes. Unos se dedican a la cría de caballos o de bueyes, otros prestan dinero a los feligreses sobre las cosechas. Pero yo llego a trabajar sólo en lo mío, para cumplir como bueno, y me contento con poco. Mi felicidad sería un curato en esos campos donde la carne va tirada, según dicen, y el pan lo mismo. Mi madre no puede venir, porque le tiene miedo al mar; pero traeré a mi hermana, que es guisandera fina, y malo será que no coloque a mi cuñado y dé carrera a los sobrinos... ¡Señor, que así sea!
Quedó indeciso y silencioso, como si agitasen su cerebro nuevas e inesperadas ideas.
—Líbreme el Altísimo de un engaño—dijo—; pero yo pienso, don Fernando, que nosotros en América somos algo. Tal vez no sabemos tanto o somos menos atrevidos que ese parlanchín de las barbas, pero somos más serios, más sencillos. Nuestro catolicismo es para América más... ¿cómo me explicaré?... más...
—Más clásico—interrumpió Ojeda, para sacar al cura de su apuro.
—Eso es—dijo don José tras una vacilación, como si pesase la palabra no comprendiéndola bien—. Más clásico, más con arreglo al país, y por esto las personas buenas y sencillas que no se curan de modas deben recibirnos mejor a nosotros que a esos sacerdotes extranjeros que parecen gente de teatro.
Permanecieron los dos en silencio, y Ojeda volvió a tener la misma visión del día anterior... «¡Buenos Aires!» También este nombre mundial había titilado un instante, como parpadeo de mística lámpara, en la penumbra de la sacristía, evocando la ilusión de una mesa abundante, una mesa de hartura, y en torno de ella una familia robusta y saludable, segura del porvenir, rodeando al sacerdote rico... Y allá iban todos, siguiendo el revoloteo de la esperanza, hacia un mundo de fértiles soledades faltas de hombres, llevando como precio de su entrada fuerzas, iniciativas y apetitos: unos sus brazos, otros su inteligencia, otros el ávido capital ansioso de copular con la tierra y reproducirse hasta lo infinito... y hasta aquel pobre cura llevaba su misa, su catolicismo español, más serio, más... clásico.
La llegada de Maltrana interrumpió estas meditaciones.
—¿Qué dice don Pepe?...
Y acompañó el familiar saludo con una suave palmada en el abdomen del clérigo. Éste se inclinó sonriendo. «¡Qué don Isidro tan alegre y simpático!... Era imposible enfadarse con él...»
Al ver juntos a los dos amigos, el cura pareció contraerse en su humildad.