—Mire usted, Fernando. La alemana, la mujer del director de orquesta, que se aprovecha de que no hay gente en el salón. Cerca de ella está su niño... ¿Qué toca? ¿Wagner?... No; eso lo conozco; es de Schubert: El rey de los álamos. Vea cómo mueve la boca. Canta, pero no la oímos bien... No; no se acerque: la vamos a espantar como el otro día... Bueno; que le vaya a usted bien: mucha suerte.

Esto último lo dijo al ver que Ojeda, repentinamente, como si obedeciese a una decisión anterior, se separaba de él. Desapareció por la puerta de babor que daba entrada a los salones. Maltrana le vio pasar por entre las mesas del jardín de invierno, ocupadas por unos cuantos pasajeros dormitantes. Luego entró en el salón y fue a sentarse cerca del piano, junto al pequeñuelo cabezudo, que contemplaba los grabados de un gran volumen con aire reflexivo de persona mayor, arrullado por la música de su madre. Ésta, al notar la presencia de un hombre que la escuchaba fijos los ojos en ella, hizo un gesto de sorpresa y contrariedad, se respingó, como si fuese a abandonar el piano, pero con súbita resolución continuó en su asiento. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa de busto antiguo.

—¡Qué Ojeda!—murmuró Isidro mirando por los cristales—. Veremos en qué viene a parar toda esta música.

Sintióse sin fuerzas para seguir paseando por la cubierta. El calor había dispersado a las gentes. Todos gozaban la frescura de la siesta, ligeros de ropa, en el interior de sus camarotes o en los encontrados huracanes de los ventiladores del fumadero.

El buque cabeceaba perezosamente, con largos intervalos de calma, sobre las extensas ondulaciones de un mar denso, centellante, enrojecido como metal en fusión. Ni el más leve soplo agitaba las lonas de la cubierta, tendidas de las barandas hasta el techo como un tabique rígido, obscuro y ardiente.

Maltrana se dejó caer en uno de los varios sillones que ostentaban el rótulo de «Doctor Zurita y familia», y allí quedó en agradable sopor, sin saber ciertamente si estaba dormido o despierto. Oía sonar el piano lejos, muy lejos, como una musiquilla de liliputienses. «Ahora es Wagner—pensaba—; eso lo conozco: Parsifal, "El encanto del Viernes Santo"... Ahora es Schubert: el "Quinteto de la Trucha". ¡Cosa graciosa!... Ahora... ahora...» Y no pudo reconocer nada más, porque dejó de oír la música.

Se hundía, se hundía en un agujero negro, acompañado por la melodía tenue, que se iba adelgazando lo mismo que un hilo cada vez más tirante, hasta romperse y ser devorada por el silencio.

De pronto volvió a la vida al sentir una mano en un hombro. Abrió los ojos, y vio al doctor Zurita de pie ante él, con un puro en la boca sonriéndole.

—Levántese, amigo y tome uno de hoja. Hoy no ha venido usted por el tributo.

Le ofreció su estuche inagotable lleno de cigarros habanos. Eran las tres. El doctor había dormido su corta siesta habitual, y encontrándose solo, deseaba charlar con Isidro. Éste se puso de pie para encender el cigarro, y su vista buscó a través de las ventanas del salón. Había enmudecido el piano, pero la alemana continuaba en la banqueta, revolviendo las hojas de las partituras y escuchando a Fernando, que, acodado en la tapa del instrumento, la hablaba de cerca. La amistad estaba hecha gracias a la música, complaciente mediadora que no necesita de presentaciones.