El doctor quiso pasear, y Maltrana le siguió dando chupadas al cigarro de bravío perfume.

La proximidad de la línea equinoccial parecía alegrar a Zurita. Estaban cerca de su hemisferio, iban a entrar en él antes de dos días.

—Es, como quien dice, volver a casa, mi amigo. Yo soy muy americano y tengo unas ganas locas de ver mi cielo. ¡Cuántas noches, en Europa, me privé de mirarlo, porque no podía encontrar en él la Cruz del Sur!... Y mañana tal vez la contemplemos. Mi muchachada no comprende estas cosas del viejo.

Sentía impaciencia por llegar a su tierra, ver a los amigos, enterarse de la marcha de los negocios, pisar las calles de Buenos Aires. Las capitales de Europa eran dignas de su admiración, ¡pero Buenos Aires!...

—Pronto llegaremos, si Dios nos ayuda—continuó alegremente—. Allí se demostrará, galleguismo simpático, lo que usted vale y lo que lleva dentro. A ver si algún día llega a ser archimillonario y yo puedo contar con orgullo que hizo conmigo su primer viaje... Pero hay que trabajar, ¿sabe, che?... Nada de creer que allí se encuentra plata con sólo agacharse a tomarla. Se miente mucho. La gente va allá con la cabeza llena de exageraciones. Además, la plata no se hace en un mes ni en un año: hay que contar con el tiempo, que vale tanto como el trabajo; hay que dedicar a una empresa, sea ésta cual sea, la mayor parte de la vida.

Habían dado la vuelta entera al paseo, y el doctor se detuvo cerca de las ventanas del salón. Otra vez sonaba el piano. Isidro vio a su amigo de pie junto a la artista, con los ojos fijos en su nuca inclinada, esperando una indicación de su cabeza para volver las hojas de la partitura.

—Vea, Maltranita. Lo importante en nuestra tierra es comprar algo, poseer algo, ser propietario, y luego el país, que va siempre hacia adelante, se encarga de enriquecerlo a uno, siempre que tenga paciencia y serenidad. ¿Por qué cree usted que somos un pueblo aparte de los demás y vienen a fundirse con nosotros gentes de todo el mundo?...

El doctor hacía esta pregunta con una expresión de malicia bonachona en los ojos y la boca. Maltrana se apresuró a repetir todos los lugares comunes que había oído sobre la tierra argentina. La feracidad del suelo virgen, la falta de braceros, la facilidad de crédito para el trabajo...

—Yo he reflexionado mucho, mi amigo, sobre las cosas de mi patria, y creo que su poder de atracción consiste en que en ella no hay aritmética. ¿Se entera usted?... Más bien dicho, que su aritmética es distinta de la que se usa en los demás pueblos. En Europa y fuera de ella, dos y dos son cuatro siempre. ¿No es eso?... Pues en la Argentina jamás ha sido así.

Guardó silencio, como si se gozase en la estupefacción de Maltrana, y luego continuó, con una sonrisa doctoral: