—En los tiempos coloniales, cuando la vieja España nos tenía como niños en la escuela, y aun mucho después, en la época de nuestras revueltas, dos y dos jamás fueron cuatro. No había quien sumase, quien pusiese los dos números uno sobre el otro. Nos vestíamos con tejidos domésticos; matábamos los animales para aprovechar únicamente el cuero y el sebo, dejando la carne a los caranchos; cultivábamos la tierra para las necesidades de casa nada más... Después vinieron los buenos tiempos de la exportación y de la inmigración, y dos y dos tampoco fueron cuatro. Se valorizó todo de un modo loco, y dos y dos fueron ocho, dos y dos son doce, y a lo mejor se levanta uno de la cama, y sin más trabajo que haber estado durmiendo se encuentra al despertar con que dos y dos hacen veintidós... ¡Qué país, mi amigo!
Maltrana le escuchaba enarcando las cejas con sincero asombro, como si esta paradoja del doctor le librase el gran secreto del país adonde él iba.
Comprendido; lo importante era tener dos sumandos, por simples que fuesen: dos y dos. El país se encargaba después de hacer la adición con arreglo a su aritmética maravillosa.
—Pero esa aritmética tiene a veces sus fracasos—continuó el doctor, acentuando su sonrisa—. La del viejo mundo, tímida y rutinaria, es inconmovible. Dos y dos siempre son cuatro, ni más ni menos. Allá, en nuestra tierra, cada diez años tiembla todo, sin que acierte nadie a descubrir el por qué del cataclismo. Años de sequía y malas cosechas... Algunas veces, ni esto. Guerras que se desarrollan al otro lado del planeta, en países que no conocemos ni nos importan un poroto; restricción de crédito, falta de dinero, Bancos a los que dan «corrida», como dicen allá, y que ven sus puertas llenas de gente que retira sus depósitos; propietarios que desean vender y no encuentra a quién; capitalistas extranjeros que no quieren hipotecar... y entonces, dos y dos son uno... dos y dos son nada... y el que no tiene aguante para esperar que la aritmética recobre su antigua originalidad, queda reventado para toda la siega.
Maltrana continuó la paradoja del doctor con una objeción. Día llegaría en que dos y dos fuesen eternamente cuatro en aquel país: cuando sus campos quedasen divididos en pequeñas fracciones, los desiertos estuvieran ocupados por una población densa, y se elevasen las aguas hasta las tierras resquebrajadas ahora de sed junto a ríos enormes como brazos de mar.
—Así será—dijo el doctor—. Dos y dos serán cuatro en la Argentina alguna vez... Indudablemente, dentro de siglos. Pero entonces—añadió con tristeza—nadie irá a ella; porque para encontrarse con la misma aritmética del país natal, con la novedad de que dos y dos sólo hacen cuatro, no hay hombre que sienta deseos de moverse de su casa.
VII
—Sí; dice usted bien. El poder demoníaco de la música, que influye en nuestra suerte, como en otros tiempos influían los astros... El Maestro habla de él al recordar en sus Memorias los años de iniciación... Afina nuestra sensibilidad, para que suframos más intensamente las heridas de la existencia.
Mina Eichelberger, la mujer del director de orquesta, murmuraba estas palabras con el mentón apoyado en el pecho y la mirada fija en Fernando, de pie junto a ella.
Hablaban en la cubierta de los botes, bajo la sombra movediza de un toldo de lona que dejaba avanzar una faja de sol o la repelía, siguiendo el balanceo del buque, largo, suave, apenas perceptible.