Eran «la segunda hornada» de exploradores, los que habían de contornear el mundo recién descubierto, a través del naufragio y la muerte. Embarcábanse años después los de «la tercera hornada», los conquistadores de reinos y fundadores de ciudades, que, mal avenidos con la paz del triunfo, acababan por pelearse entre ellos sañudamente en una guerra de banderías estúpida y feroz.
Los reyes vivían vueltos de espaldas a estas tierras de misterio, cuyas riquezas tan decantadas sólo fueron una realidad algunos años más tarde. Preocupados con sus guerras y negocios de Europa, miraban indiferentes este éxodo y abrían la mano liberalmente a toda demanda de nuevas conquistas y permisos de navegación.
—Un autor de aquella época—dijo Maltrana—escribió un libro titulado Los seis aventureros de España, y cómo el uno va a las Indias, y el otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro está preso, y el otro anda entre pleitos, y el otro entra en religión. Y cómo en España no hay más gente destas seis personas sobredichas... Así era: no había más. Éste era el estado a que podían aspirar los que tenían voluntad y coraje. Las Indias representaban, según Cervantes, «el refugio y el amparo de todos los desesperados de España»; y como la desesperación era el estado natural de los españoles de entonces, de aquí que el libro debió tener una segunda parte, verídica y lógica, relatando cómo el aventurero de Indias se quedaba allá para siempre; y los aventureros de Italia y Flandes, aburridos de un heroísmo pobre y sin gloria, acababan por irse al Nuevo Mundo; y el preso hacía lo mismo al salir de la cárcel; y el pleiteante seguía idéntico camino, viéndose sin otra subsistencia que la sopa boba; y hasta el fraile acababa sus días en un monasterio colonial adoctrinando vírgenes cobrizas y cuidando los naranjos recién traídos de la Península...
—En esta fuga hacia las tierras nuevas—dijo Ojeda—, ¿quién podrá conocer jamás la cifra exacta de los que salieron y no llegaron? ¡Cuántas catástrofes ignoradas!... Algunos autores extranjeros afirman que en tres siglos le costó a España treinta millones de hombres la colonización del Nuevo Mundo. Seguramente exageran; pero hay que pensar que esa magna colonización desde la mitad de los actuales Estados Unidos al paso de Magallanes la acometió ella sola con sus propios recursos. Hoy, el americano ha cambiado mucho de su tipo original. ¡La mezcla que esto supone! ¡El enorme envío de virilidad que fue necesario para aclarar la sangre india de su cobre nativo!...
Durante el primer siglo de la conquista, embarcábanse los aventureros en los primeros buques que encontraban disponibles, vasos antiguos apenas recompuestos y guiados por cualquier piloto costero que se prestaba a dirigir la expedición. Las administraciones de entonces no conocían la estadística. Además, eran frecuentes los viajes clandestinos, sin papeles. Nadie se preocupaba de la seguridad de los viajes ajenos: cada uno que velase por sí mismo. Se confiaba en Dios y no se tenía miedo a nada.
Una expedición al mando de un viejo capitán de Indias salía de Cádiz para la isla de las Perlas, en las costas de Venezuela. El día era bonancible, el mar liso y tranquilo; pero el galeón estaba tan desencuadernado y podrido, que apenas navegó una hora se fue a pique instantáneamente a la vista de la ciudad, ahogándose todos sus tripulantes.
—Esta catástrofe—dilo Maltrana—metió algún ruido, porque entre los aventureros iba el hijo único de Lope de Vega, mozo poeta deseoso de seguir una de las seis carreras de los hidalgos de entonces. Pero ocurrían con mucha frecuencia estos naufragios por imprevisión o por audacia, sin que de ellos quedase noticia alguna... ¡Si este mar pudiese contarnos todos los dramas ignorados del descubrimiento!
El doctor Zurita asintió gravemente. Mucho le había costado a España su gran empresa de Ultramar. Tal vez su decadencia provenía de esto.
—Así es—contestó Ojeda—. Unos atribuyen esa decadencia a las guerras europeas; pero las naciones que peleaban con nosotros experimentaron iguales pérdidas, y no por esto decayeron... Otros echan la culpa al exceso de religiosidad, que nos metió en empresas absurdas. Tal vez sea esto cierto, pero en parte nada más. Naciones hubo entonces tan fanáticas como la nuestra, y sin embargo no se vieron en peligro de muerte... La causa principal de nuestra decadencia, o más bien dicho, de nuestra anemia, debe buscarse en la colonización de las Indias. Un organismo sana de las heridas que recibe, por tremendas que sean. Lo peligroso, lo mortal, es un desangre que dura años, que dura siglos: un flujo inatajable con el que se escapa la vida...
Fernando describió a la vieja España como una de esas madres prolíficas en exceso que marchan sobre sus piernas un tanto vacilantes, entre sus hijos, grandotes, robustos, sonrientes con la confianza de la salud. Sufren todas las enfermedades y no tienen ninguna: su única dolencia cierta es la debilidad, la anemia, la escasez de una vida que han ido repartiendo y malgastando generosamente. Cada hijo se ha llevado un jirón de su existencia.