—Y figúrense ustedes—continuó Ojeda—lo que representa para España haber dado a luz cerca de una veintena de cachorros que están al otro lado del mar viviendo por cuenta propia, unos adelantados y cultos, otros impulsivos y montaraces, pero todos de su sangre y su apellido y con las ilusiones de la juventud.

Maltrana asintió a estas palabras, pero añadiendo una opinión suya. El mal de España había sido no descansar hasta la vejez.

—Nuestro país es por su historia algo semejante a una olla que hierve siglos y siglos sin que nadie la aparte del fuego para que se enfríe su contenido. Los grandes pueblos de Europa, después del hervor fundente durante el cual se mezclaron sus razas y se borraron sus antagonismos, pudieron descansar en la paz. Este reposo les ha servido para solidificarse, engrandecerse y adquirir nuevas fuerzas. España no; España no conoció el descanso. Durante siete siglos hierve con el burbujeo de las luchas de raza y los antagonismos religiosos. Al fin se verifica de cualquier modo la fusión de los diversos ingredientes. Ya está hecha la mixtura nacional, tal vez de mala manera, pero ya está hecha. Hay que retirar la vasija del fuego para que se cristalice el contenido y sea algo más que líquido y vapores.

Pero en este momento crítico, España descubría las Indias y por alianzas monárquicas se encontraba dueña de media Europa. Y en vez de descansar, volvía a hervir con un fuego mayor, se hinchaba con un burbujeo loco, absurdo, el más extraordinario, atrevido e insolente que consigna la Historia. Una nación relativamente pequeña, mal situada en un extremo del mundo viejo, y que además pretendía unificarse expulsando a los españoles hebreos y musulmanes por ser de distinta religión, emprendía al mismo tiempo la empresa de colonizar medio globo y de mantener bajo su autoridad lejanas naciones europeas que no eran de su idioma ni de su raza.

Y el líquido, hinchado por el fuego, adquiría fantásticas proporciones, pareciendo mucho más grande de lo que realmente fue; esparcíase en oleadas fuera de la vasija, para perderse sin utilidad alguna, hasta que acabó por apagar la lumbre. Y cuando la olla descansaba al fin, enfriándose, sólo tenía en su interior leves residuos. Lo mejor se había escapado en vapores gloriosos o quedaba esparcido por el mundo en manchas, en pequeños terrones, sin formar una masa homogénea.

—¡Ay, si hubiésemos descansado a tiempo como otros pueblos!—dijo Maltrana—. ¡Si hubiese transcurrido un siglo o dos entre la constitución nacional y nuestras grandes empresas!... Pero estiramos la pierna más allá de la sábana, que era corta. Nunca se ha visto un despilfarro de vida y de energías más glorioso e inútil.

El doctor Zurita protestó de esto último.

—Inútil no. En lo que se refiere a las empresas de Europa, indudablemente... Pero queda la América, todas las repúblicas que hablan español, y que más allá de sus diferencias de constitución nacional son iguales por su alma y sus costumbres.

Ojeda asintió. El loco despilfarro de la energía española únicamente había sido reproductivo en las Indias. Viajando por diversas repúblicas del Nuevo Mundo en sus tiempos de diplomático, había apreciado la grandeza histórica de España mejor que con la lectura de los libros apologéticos.

En un país americano de clima frío, donde crecían lo mismo que en Europa el pino y el abeto y las montañas estaban coronadas de nieve, salía al encuentro del viajero el idioma castellano, y con él las viejas casas de escudos coloniales en el portón y los entonados señores de solemnes maneras semejantes a los hidalgos antiguos. Hasta el presidente de la República llevaba un apellido rancio y sonoro, igual al de los galanes de capa y espada de las comedias de Calderón. Luego, al saltar a otro país de cocoteros y bosques enmarañados, con ríos como mares, llanuras de infernal ardor, volcanes de cima humeante y lagos suspendidos entre cordilleras vecinas a las nubes, volvía a encontrar vestido de blanco, con el sombrero de paja en la mano, el mismo hidalgo cortés y ceremonioso; la dama de breve pie y ojos andaluces, discreta, juguetona y devota como una tapada de Lope; el antiguo convento colonial con sus torres encaperuzadas de azulejos que desgranan el campaneo de las horas en las tardes ardorosas o las noches lunares sobre calles de rejas ventrudas impregnadas de perfume de naranjo y de jazmín. Y otro presidente le recibía en audiencia, ostentando un apellido de vieja cepa, y era idéntico a los demás en su porte caballeresco y sus hazañas de caudillo voluntarioso y corajudo.