La música sonaba, como todos los días, a las puertas del comedor; la lista de platos era la ordinaria; el salón no tenía adornos, y sin embargo las gentes se miraban con aire interrogante. Flotaba en el ambiente una promesa misteriosa: seguramente iba a ocurrir algo. Y la presunción de un suceso desconocido alegraba las miradas y provocaba las sonrisas. Hombres y mujeres parecían haber retrocedido a la infancia en esta vida de aislamiento y monotonía azul.

A los postres, las damas saltaron nerviosamente en sus sillas, ahogando un grito de susto; muchos hombres se estremecieron, con la nerviosidad que despierta un estrépito inesperado. Sonó junto a una ventana del comedor un rugido de fiera rabiosa, un baladro amplificado por el tubo de una bocina. A continuación, el tableteo de varios rayos imitados con choques de latas y las sinuosidades de un trueno repiqueteado sobre el parche del bombo.

Todos los ojos se volvieron hacia la entrada del comedor. Alguien iba a llegar. Y en el marco de una puerta apareció un espantable y grotesco personaje, un mascarón negro y rojo. Su avance entre las mesas fue acompañado de grandes risotadas y movimientos de repulsión de las señoras, que evitaban su contacto.

Vestía una túnica negra, una especie de sotana con ancha faja de algas verdes, de la que pendían numerosos pescados crudos y sanguinolentos, procedentes de la cocina. Otro círculo de algas coronaba su peluca bermeja, y entre esta peluca y las barbazas de inflamado color ensanchábase el rostro rubicundo, carrilludo, granujiento, una cara de borracho perseverante y bondadoso como las que se ven en las muestras de las cervecerías. Apoyábase al andar en un tridente que tenía varias sardinas ensartadas. Colgaban sobre su pecho dos botellas de vino unidas en forma de gemelos, y al detenerse entre mesa y mesa, echaba mano a este grotesco instrumento, y con los ojos puestos en los golletes exploraba el comedor, como si buscase a alguien.

—¡Capitán!... ¿Dónde está el capitán?—preguntaba con voz ronca.

Despojábase de los pescados de su cintura para repartirlos en las mesas, y las mujeres chillaban al sentir en sus manos la frialdad blanducha y viscosa de estos presentes.

Así avanzó por todo el comedor, seguido de la risa inacabable de los buenos germanos, que encontraban este espectáculo de una gracia irresistible. Y su hilaridad ganó a los demás, dispuestos de antemano a alegrarse con todo lo que alterase la vida uniforme de a bordo.

En fuerza de pasar entre las mesas y mirar con su aparato óptico, dio con la que ocupaba el comandante del buque, y apoyándose en el tridente, empezó un discurso en alemán, con voz ruda y autoritaria:

—Yo soy Tritón, y me envía mi señor Neptuno...

Los alemanes acogieron con estallidos de regocijo las palabras del mascarón, repitiéndolas traducidas a los vecinos que no podían entenderlas.