Neptuno, al ver desde sus profundidades que un buque iba a pasar la línea ecuatorial, entrando en el otro hemisferio, enviaba a su emisario Tritón para que los pasajeros que efectuaban por primera vez la travesía le rindiesen pleito homenaje sometiéndose a la ceremonia del bautizo. El discurso iba acompañado de alusiones al mareo de los viajeros, al tributo que sus estómagos trastornados rendían al inmenso azul, para mejor alimento de los peces; y cada chiste que el marinero disfrazado iba soltando, como una lección aprendida de memoria, lo saludaba el público con carcajadas iguales a las de una escuela en libertad.

El capitán debía entregar la lista de todos los pasajeros que no habían sido bautizados. Al día siguiente subiría Neptuno con su corte para la gran ceremonia, y mientras tanto, dos representantes de la fuerza armada del dios iban a quedar en el buque para que ninguno de los neófitos pudiese huir.

Se llevó el emisario una mano al pecho en busca de un pito marinero, lo hizo sonar, e inmediatamente entraron en el comedor dos gendarmes alemanes de ridícula traza, con el casco abollado y pequeño para sus cabezas enormes, levitas angostas, pantalones cortos y un sable herrumbroso batiéndoles el flanco. La gente, al verles aparecer, rio con más espontaneidad que en la entrada de Tritón. Sus caretas de corto perfil y bigotes de cepillo les daban aspecto de dogos enfurruñados y una lejana semejanza con Bismarck.

Entregó el capitán a Tritón un sobre sellado que contenía la lista de los candidatos al bautizo, bebieron juntos una copa de champán, y luego, seguido de los gendarmes, se retiró el enviado neptunesco, otra vez con acompañamiento de temblor de latas y estrépitos de bombo.

Muchos pasajeros abandonaron el comedor apresuradamente. Había que ver la partida del emisario, su vuelta a los dominios oceánicos para dar cuenta al dios de la comisión realizada.

Amontonóse la gente en las bordas del paseo. El Océano estaba iluminado con fantásticos reflejos: era blanco, después verde, y al final rojo. De la cubierta de los botes goteaba sobre el mar el ígneo azufre de las luces de bengala. Las ondulaciones atlánticas tomaban bajo este resplandor de incendio que rodeaba al buque el aspecto denso del metal en ebullición. Más allá de esta zona de luz temblorosa, que coloreaba grotescamente los rostros y hacía palpitar los ojos con desordenadas vibraciones, extendíase la noche tropical, solemne, tranquila, con sus aguas obscuras pobladas de caracoleantes fosforescencias y su cielo límpido, en el que asomaban sonrientes un gran número de astros nuevos rodando en el misterio.

Sonó en el mar el ruido de un chapuzón, y una luz balanceante comenzó a apartarse del buque. Era Tritón que se marchaba. Un berrido a proa y a popa de los emigrantes, que sólo de lejos participaban de la fiesta, saludó la fingida retirada del personaje submarino. «¡Adiós, borracho! ¡Expresiones a Neptuno!...» La boya, con su farol, salió del espacio iluminado por las bengalas. Su luz se hizo cada vez más diminuta, absorbida por el misterio negruzco del Océano. Parecía huir a impulsos de oculto motor; escondíase en las largas curvas de las olas y brillaba luego en las cimas, como una estrella caída, para resbalar de nuevo hasta el fondo de otro valle. La gente se cansó de seguirla con los ojos, y fue esparciéndose por el paseo y el jardín de invierno, donde aguardaba el café humeando en las tazas.

Ojeda entabló conversación con míster Lowe antes de volver a su mesa, ocupada ya por Maltrana. El atlético mocetón, al despojarse por la noche de las chaquetas rayadas y gloriosas, no podía menos de adornar la solapa de su smoking con botones y banderitas de los clubs deportivos. Al ver a Fernando, rio con expresión maliciosa, mostrando su aguda dentadura, abundante en áureos rellenos.

—¡Qué señora Mrs. Power!... Hoy la hemos tenido a nuestra mesa; y ¿sabe lo que ha dicho?... Está enferma la pobre: el calor, la soledad, los nervios... Le ha preguntado a mi señora si podría prestarle su marido por un rato. Un favor entre amigas... Parece que no puede esperar más.

Revelaba con su risa la orgullosa satisfacción que le causaba solamente la posibilidad de que una dama como Mrs. Power pudiese ver en su persona un remedio.