Los hombres evocaban las tragedias feroces de la profundidad, cuando el escualo hambriento, no encontrando en la superficie más que bandas de peces voladores, descendía y descendía miles de metros, en busca de los calamares enormes que agitan en la sombra la vegetación de sus tentáculos. El tiburón, agobiado por la asfixia de la profundidad, había de efectuar su cacería con rapidez. Batallaba el diente con la ventosa, el coletazo demoledor con el tentáculo que ahoga, la boca que desgarra con la boca que sorbe. Y en esta batalla invisible que se desarrollaba abajo, a varios kilómetros de distancia vertical, en la penumbra de unas aguas obscuras, entenebrecidas aún más por las nubes de tinta que exuda el pulpo, unas veces queda el tiburón prisionero de la red viscosa y ávida; otras sube vencedor, con el coriáceo pellejo hinchado por la succión de las ventosas, y a la luz de las estrellas, dejándose flotar en las ondulaciones de la superficie, devoraba los restos de la presa arrancada del abismo.
Esta evocación hacía recordar a muchos el lugar donde estaban. Aquel hotel lujoso, con su música, sus tropas de sirvientes y sus salones, no era más que una caja flotante y bien acondicionada, debajo de la cual seguía latiendo la vida feroz y ciega, ignorante de la justicia y de la misericordia, lo mismo que en los primeros días del planeta. Avanzaban los humanos comiendo, bailando, requebrándose de amor por lugares del globo donde aún subsistían las formas crueles y ciegas de la bestialidad prehistórica. Vivían lo mismo que en tierra, sin acordarse de que marchaban sobre una columna acuática y movible de seis mil metros de altura, de la cual era el buque a modo de un capitel.
La Roca de San Pablo fue quedando a la popa del trasatlántico. El islote estéril recibió el título de antipático de boca de las señoras, que dejaron de mirarlo, falto ya de interés. Visto sin los gemelos, parecía algo repugnante que flotaba sobre las aguas: los residuos digestivos de un leviatán; un montón de deyecciones del fabuloso pájaro Roc.
Deshiciéronse los grupos para esparcirse por el paseo, y en este desbande general, Ojeda y Maltrana se encontraron frente a frente.
Isidro fijó sus ojos con maliciosa expresión en la cara de su amigo.
—¿Qué tal la noche?...
Fernando hizo un gesto de indiferencia. Muy bien.
—Le veo a usted pálido—añadió aquél—, algo ojeroso. Cualquiera diría que ha tenido usted malos sueños... o que ha estado la noche entera sin dormir.
—¡Cuando le digo que la he pasado muy bien!...
Y Maltrana, ante el tono de impaciencia de su amigo, no quiso insistir más.