—Su aspecto no es mejor que el mío—dijo Ojeda sonriendo—. De seguro que se acostó tarde... ¿A ver esa cara? Muy bien: no tiene usted señal de golpe. Esta fiesta le ha resultado mejor que la otra.

Maltrana se indignó. ¿Creía acaso que sus amigos eran unos bárbaros?... La pelea general del otro día había sido algo inesperado. Las gentes iban conociéndose mejor; el trato amansa a las fieras. Eran ya como hermanos y se perdonaban las injurias. Un insulto se olvidaba ante una nueva botella.

Y como Fernando, ganoso de que la conversación no recayese sobre él, insistió por conocer los detalles de la fiesta, Maltrana fue hablando con cierta reserva.

—Nada; una reunión culta, muy decente. Hasta tuvimos nuestras damas, lo más distinguido, lo más chic. Esta vez, las señoras de la opereta, solemnemente invitadas por mí en nombre de los amigos, se dignaron venir... Uno tiene su prestigio y sus éxitos, amigo Fernando; no todo ha de ser para los demás.

Para que no insistiese en esto último, le preguntó Ojeda si el mayordomo había tenido que intervenir, como la otra vez, para restablecer el orden.

—No—dijo Maltrana después de alguna vacilación—. Las cosas se desarrollaron en el fumadero en santa paz. Muchas botellas destapadas, mucho canto. Las damas encontraron duros los asientos y al final fumaban con la cabeza apoyada en un señor y los pies en otro... ¡Orden completo! El mayordomo se asomaba a la puerta para sonreír como un maestro satisfecho de sus chicos. Uno que hacía suertes de gimnasia con un sillón lo dejó caer sobre la cabeza de su compañero. Le limpiamos la sangre y luego se dieron la mano los dos. Total, nada. No fue con mala intención... Las damas, que no entendían palabra y sólo sabían beber y sonreír, se dignaban tomar el brazo de un amigo para dar un paseo misterioso y poético por la última cubierta o por los pasillos de los camarotes, volviendo algo después para aceptar nuevas invitaciones... Le digo que fue una fiesta honrada y distinguida.

Ojeda sonrió incrédulamente. Había oído hablar algo de muebles rotos y peleas con el mayordomo.

—Una insignificancia. Una humorada de mis amigos los norteamericanos... Pero el conflicto quedó arreglado inmediatamente.

Habían salido todos del fumadero atraídos por la luna, una luna enorme que cubría de plata viva el Atlántico y hacía correr por los costados del buque arroyos de leche luminosa. La honorable sociedad contemplaba el espectáculo con un sentimentalismo alcohólico que agolpó lágrimas en los ojos. Las damas apoyaban con desmayo poético sus cabezas rubias en el hombro más próximo. Una rompió a llorar con estertores histéricos. «La luna... la luna», murmuraba cada uno en su idioma. Y así estuvieron inmóviles largo tiempo, como si no la hubiesen visto nunca, hipnotizados por aquella cara de mofletes luminosos suspendida en el horizonte.

Un norteamericano arrojó una botella con dirección al astro. Había que dar de beber a la gran señora. E inmediatamente, como si esta locura fuese contagiosa, una lluvia de botellas vacías o sin destapar fue cayendo en el Océano. Pasaban ante el luminoso redondel como una nube de proyectiles negros. Al agotarse la provisión, los comisionistas musculosos y los pastores de las praderas cogieron las sillas y las mesas de la cubierta, y todo comenzó a pasar sobre la borda, cayendo en el agua con ruidoso chapoteo.