—Quería verte sin que tú me vieras—murmuró con voz quejumbrosa—.Verte una vez más. Me he escapado del Real... No podía vivir pensando que aún estabas aquí. Y ahora, ¡adiós!... No; besos, no. ¡Adiós!
El cochero, obedeciendo sin duda a una orden anterior, dio un latigazo al caballo, y Fernando tuvo que apartarse. Una rueda pasó junto a sus pies. Al borrarse instantáneamente la visión blanca, columbró la agitación de un pañuelo y creyó oír un gemido.
Los andenes de la estación estaban desiertos, lóbregos. Sólo brillaban las estrellas rojas de unos cuantos faroles, astros perdidos en las tinieblas, bajo el enorme caparazón de hierro de la techumbre. En la vía central una locomotora y un vagón, que, aislados, parecían un juguete.
Fernando vio que sólo iba a tener por compañeros de viaje a los individuos de una familia. ¡Pero qué familia!... Llenaba casi todos los compartimientos del vagón, y en torno de ella y de una montaña de equipajes agitábanse más de doce servidores: porteros de hotel, camareros movilizados, mozos de carga, automovilistas.
Sintióse contento de esta vecindad: empezaba a estar entre los suyos. Aquella familia necesariamente debía ser argentina; una de esas familias que ocupa todo el piso de un gran hotel, llena un vagón entero, alquila el costado de un buque, y estrechamente unida se desplaza de un hemisferio a otro sin abandonar otra cosa que los muebles. El jefe de la tribu daba órdenes y propinas; la señora, alta, carnuda, majestuosa, con el talle algo deformado por la maternidad, leía la guía de ferrocarriles a través de sus lentes de oro. Cerca de ella tres jóvenes elegantes, las hijas, y dos igualmente adornadas, pero de mayor edad: las cuñadas del señor. Un poco más lejos la suegra, venerable matrona vestida de negro, de aire aseñorado y resuelto, que cuidaba de las niñas más pequeñas. Luego los hijos varones, que eran muchos, y a Ojeda le producían el efecto visual de una tubería de órgano cuando por casualidad se colocaban en fila, de mayor a menor. El más grande con la cara afeitada, fumando, y un aire resuelto de hombre que lo sabe todo y nada le queda por ver. Pensó Fernando al examinarle que tal vez llevaba en sus maletas algunas fotografías de bellezas profesionales de París con dedicatorias de pasión: «À mon cher coco de Buenos Aires». Los hermanos pequeños exhibían regocijados varias panderetas adquiridas recientemente, con suertes de toreo pintadas en el parche, y algunas banderillas ensangrentadas procedentes de la corrida de la tarde.
Después venía el personal auxiliar de la familia: un ayuda de cámara andaluz, que lanzaba un che a cada dos palabras para que no le confundiesen con los de la tierra; una institutriz británica, roja y malhumorada; una doncella gallega, con vestido negro y cuello y puños masculinos; otra de pelo cerdoso, achocolatada de tez, los ojos achinados, oblicuos. Y la familia entera con un aspecto de audacia tranquila, de inmutable atrevimiento; robustos, duros y grandes por la alimentación carnívora desde el momento del destete; mirándolo todo con descaro, llamándose a gritos, introduciéndose por las puertas en irrupción arrolladora, como si todo fuese suyo.
Se consideró Ojeda empequeñecido por el número y el esplendor de sus compañeros de viaje. ¡El dinero que costaría mover esta tribu, acostumbrada a vivir siempre en un cuadro de abundancia y comodidades! ¡Lo que tendría detrás de él aquel caballero puesto de chaqué y sombrero de media copa, jefe de la caravana, al que los sirvientes llamaban «doctor»!... ¡A lo que se presta el trigo! ¡Lo que puede dar el vientre de las vacas!...
Pero una confianza repentina se apoderó de él pensando en los ascendientes de esta gente lujosa, toda ella uniformada con arreglo a las últimas novedades de París. Los abuelos, o quién sabe si los padres, habían salido, como él, camino de las tierras nuevas, en busca de fortuna. Como él no, indudablemente peor: en un buque de vela, llevando bajo el brazo los zapatos para prolongar su uso, aceptando los ranchos de a bordo como un regalo desconocido... Tal vez llegaba él un poco tarde, pero raro sería que no le hubiesen dejado alguna migaja. Y mirando a la banda feliz, cual si una simpatía de oculto parentesco le uniese de pronto a todos ellos, murmuró alegremente, con la primera alegría que había experimentado en mucho tiempo: «Allá vamos todos, queridos amigos».
El recuerdo de la noche pasada en el tren, noche de insomnio en compañía de la imagen de Teri envuelta en su capa blanca, con las plumas ondulantes sobre el peinado y dos astros en las orejas, le hizo recordar que tenía ante él una carta sin concluir; y otra vez concentrando su mirada, se vio en el jardín de invierno del trasatlántico.
Estaba solo. No quedaba en el salón ninguna de las extranjeras rubicundas que hacían labores y hojeaban revistas. Los músicos habían desaparecido. El silencio nocturno sólo era cortado por leves crujidos de la madera y el balanceo de los objetos.