Ojeda se decidió a escribir.
Ten fe en nuestro destino. No desesperes: tal vez nuestro amor necesitaba de esta prueba para fortalecerse. Lo importante es que me ames, pues si tú me amas, no hay potencia adversa en el mundo que pueda separarnos... ¿Te acuerdas de aquella tarde en el Real, cuando escuchamos juntos el primer acto de El ocaso de los dioses? Nuestras cabezas, casi unidas, parecían beber la música del mago, y con la música las palabras: palabras de poeta, de uno de los más grandes poetas de amor que han existido, grandiosas y fuertes, dignas de héroes. La walkyria, convertida en mujer, estremecida aún por la sorpresa de la iniciación carnal, se despide de Sigfrido, el héroe virgen que acaba igualmente de conocer el amor. El afán de aventuras, de nuevas empresas, le impulsa a correr el mundo. El hombre no debe permanecer en estéril contemplación a los pies de su amada eternamente. Debe hacer grandes cosas por ella; debe aprovechar la fe y la energía que vierte el amor en el vaso de su alma. Al separarse conocen, lo mismo que nosotros, las primeras amarguras del alejamiento, pero son inconmovibles como semidioses.
»—¡Oh si Brunilda fuese tu alma para acompañarte en tus correrías!—dice ella, ansiosa de seguirle.
»—Es siempre por ella que se inflama mi coraje—contesta el héroe.
»—Entonces, ¿serás tú Sigfrido y Brunilda juntos?
»—Allá dónde yo me halle, los dos estarán presentes.
»—¿La roca donde yo te aguardo quedará entonces desierta?
»—¡No! Porque no haciendo más que uno, allí dónde estés tú estaremos los dos.
»—¡Oh dioses augustos, seres sublimes, venid a saciar vuestras miradas en nosotros!... Alejados el uno del otro, ¿quién nos separará?... Separados el uno del otro, ¿quién podrá alejarnos?...
»—¡Salud a ti, Brunilda, resplandeciente estrella! ¡Salud, valiente amor!