»—¡Salud a ti, Sigfrido, lumbrera victoriosa! ¡Salud, vida triunfante!

»Ellos no lloran, Teri, y se muestran grandes y serenos en su despedida, no porque son hijos de dioses, sino porque tienen una confianza de niños, una fe ingenua y sana en la eternidad de su amor. Seamos como ellos; enjuguemos nuestra lágrimas y miremos de frente las sombras del porvenir sin miedo alguno, con la certeza de que hemos de ser más poderosos que el destino. Digamos igualmente: «Alejados el uno del otro, ¿quién nos separará?... Separados el uno del otro, ¿quién podrá alejarnos?». Allí dónde yo me halle, estaremos los dos; porque los dos no somos más que uno, y dónde tú te encuentres, mi alma irá contigo. ¡Salud, oh Teri, resplandeciente estrella! ¡Salud, radiante amor!...

Cuando hubo cerrado la carta, salió del jardín de invierno con paso algo inseguro por lo movedizo del suelo. Abrió una puerta de gran espesor, semejante a un portón de muralla, y tuvo que llevarse una mano a la gorra al mismo tiempo que le envolvía una tromba glacial. Se vio en uno de los paseos del buque. A un lado, paredes blancas y charoladas reflejando la luz de los faros eléctricos del techo, y sillones abandonados en larga fila; al lado opuesto, una barandilla forrada de lona, ostentando entre columna y columna, como adorno decorativo, unos rollos salvavidas de color rojo con el nombre del buque pintado en blanco: Goethe. Más allá de la baranda, el misterio: una intensa negrura que devoraba el resplandor eléctrico, no dejándole avanzar más que algunas pulgadas en sus entrañas sombrías; espumarajos fosforescentes, rumor sordo de fuerzas invisibles que avisaban su presencia con choques y rebullimientos.

Ojeda vio venir hacia él con paso vacilante a un hombre vestido de smoking que le saludó desde lejos.

—¡Cómo se mueve el amigo Goethe! Ni que acabase de beber en la taberna de Auerbach con los alegres compadres de su poema.

Era Maltrana, que se había preparado para la comida, satisfecho de esta ordenanza suntuaria del buque, de gran novedad para él. Confesaba a Fernando que tenía hambre y se había vestido con anticipación, creyendo adelantar de este modo la llamada al comedor. El aire del mar—según él—convertía su estómago en una jaula de fieras.

—Esta noche va a bailar un poco el vapor, pero al amanecer fondearemos en Tenerife. Fíjese en mí, noble amigo: creo que para un hombre que se embarca por vez primera, no lo hago del todo mal.

De espaldas al mar, abarcaba en una mirada de satisfacción la nítida brillantez del buque, la limpieza del suelo, la prodigalidad del alumbrado, los fragmentos de salón que se veían a través de las ventanas.

—Qué vida, ¿eh, amigo Ojeda?... La comida a sus horas, a toque de trompeta; la mesa puesta cuatro veces al día; un ejército de camareros y doncellas, la mayor parte de los cuales me entienden con dificultad, lo que es una ventaja para prolongar la conversación y conocerse mejor. Cada uno revestido con sus mejores ropas, como si el smoking fuese la casulla del culto del estómago; cerveza fresca como el hielo, música gratis a cada instante, y una adorable sociedad: una sociedad condenada a vivir junta, así se enfade o esté alegre, a mostrarse cada uno con su verdadera fisonomía, pues no hay comediante que sostenga sus fingimientos en una representación tan larga y continua... Y nadie puede huir; y nadie está obligado a pensar ni a hacer nada; y todos nos ofrecemos en espectáculo tales como somos. Comer bien y... lo otro, si es que se presenta una buena ocasión; he aquí el programa... ¡Lástima que nuestra vida no haya sido así siempre!... ¡lástima que no lo sea cuando lleguemos a la otra acera de esta calle azul!

II